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La torta, el bastón y el silencio. Por Oscar Rodríguez*

La torta, el bastón y el silencio

Por Oscar Rodríguez*

*Militante socialista. integrante de bibliotecas populares en lucha

Mientras el rico se lleva el banquete, al pobre le queda el plato vacío… y encima aplaude. La política de Milei no es eficiencia: es hambre, ajuste y represión. Y lo más grave: la complicidad del silencio.

La imagen es clara: un obrero con delantal frente a un plato vacío, y un empresario sonriente frente a una pata de cordero. Ambos votaron al mismo candidato. ¿Quién no entendió a qué clase pertenece?

Ese dibujo condensa todo lo que está pasando en la Argentina hoy.
El modelo económico del gobierno de Javier Milei no fue diseñado para que comamos todos. Fue pensado para que unos pocos coman mucho y los demás, nada. Y sin embargo, hay millones que aplauden su propio ajuste. ¿Por miedo? ¿Por desinformación? ¿Por odio inoculado? Da igual: la miseria no se justifica por convicción.

No hay neutralidad posible cuando un gobierno reprime jubilados. Oscar Rodríguez

Cada miércoles lo vemos con crudeza: los jubilados que protestan por su derecho a una vida digna son reprimidos con gases, palos y vallados. Son hombres y mujeres que trabajaron toda su vida. Gente que aportó, que crió familias, que construyó este país. Hoy los empujan al margen… y encima los callan.

¿Y dónde están los que deberían defenderlos?
¿Dónde está el pueblo?
¿Dónde están los dirigentes que no dicen ni una palabra cuando los abuelos caen al suelo?
Ese silencio es complicidad. Ese silencio también es violencia.

Esto es una guerra de clases, no una batalla cultural. Y en esa guerra, cada gesto, cada silencio y cada voto cuenta.

Porque el “déficit cero” es mucho más que una cifra: *es una ideología de ajuste despiadado, que convierte el hambre en virtud y la miseria en mérito. Se cortan medicamentos, subsidios, becas, obras, comida en comedores. Se cierran espacios culturales, se humilla a docentes, se vacía el CONICET. Se ataca todo lo que huela a derecho colectivo.

Y mientras tanto, los que concentran riquezas, recursos y poder —esos sí— siguen engordando. Privatizan el litio, extranjerizan las tierras, destruyen el ambiente, y llaman a eso «libertad».

Pero no es libertad: es saqueo.

Y el pueblo, en su inmensa mayoría, sigue sentado frente al plato vacío. Algunos siguen esperando. Otros aplauden sin saber que el banquete no es para ellos.
Y otros —los que protestan— son los que más sufren la represión.

Esto es una guerra de clases, no una batalla cultural.
Y en esa guerra, cada gesto, cada silencio y cada voto cuenta.

No hay neutralidad posible cuando un gobierno reprime jubilados.
No hay “madurez democrática” cuando se militariza la protesta.
No hay república cuando la única voz que se escucha es la del capital.

El pueblo argentino ya se equivocó otras veces.
Pero también aprendió a ponerse de pie.
Cuando eso suceda, cuando se caiga la venda, cuando el hambre deje de disfrazarse de sacrificio, serán los de abajo los que vuelvan a escribir la historia.

Porque como decía Scalabrini Ortiz:
«El subsuelo de la patria sublevado siempre vuelve.»

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