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El “equilibrio fiscal” que nos condena al hambre. Por Oscar Rodríguez

El “equilibrio fiscal” que nos condena al hambre

Por Oscar Rodríguez, bibliotecario popular

La última cadena nacional de Javier Milei es un ejemplo perfecto de cómo se puede disfrazar el ajuste salvaje con palabras técnicas y frases altisonantes. Habló de “equilibrio fiscal” como si fuera un dogma sagrado, pero omitió decir que ese equilibrio se está construyendo sobre el hambre del pueblo, mientras se blindan y multiplican los beneficios de los grandes grupos económicos. La austeridad no es para todos: es para los débiles. Los poderosos siguen cobrando en dólares, fugando capitales y recibiendo exenciones impositivas que ningún jubilado, ningún discapacitado, ningún trabajador verá jamás.

Milei defendió su veto a la reforma jubilatoria, la moratoria previsional y la emergencia en discapacidad alegando que “no hay plata”. Es una frase que parece lógica hasta que uno mira hacia dónde sí hay plata: pago puntual y en dólares de la deuda externa, beneficios fiscales a sectores exportadores, licitaciones millonarias para empresas amigas.
El mensaje implícito es brutal: no hay recursos para sostener a los viejos que trabajaron toda su vida, ni para personas con discapacidad que dependen del Estado para sobrevivir, pero sí para garantizar rentabilidad récord a un puñado de corporaciones. Se llama transferencia de recursos desde los más vulnerables hacia los más poderosos.

Prohibir la emisión monetaria y penalizar presupuestos con déficit suena responsable… hasta que se entiende que este plan se implementa recortando salud, educación, cultura y asistencia social, sin ponerle un solo límite a los grandes evasores, a las mineras que se llevan el litio casi gratis, o a los bancos que especulan con la deuda del Estado.
El equilibrio fiscal real se logra gravando la riqueza, controlando la fuga de capitales, revisando la deuda ilegítima y exigiendo que los que más tienen paguen lo que corresponde. Pero ese debate, claro, no existe en el libreto presidencial.

El Presidente acusa al Congreso de “genocidio” económico por aprobar leyes que implican gasto social. Pero no dice nada del genocidio silencioso que produce el hambre, la desocupación y la falta de acceso a la salud. Tampoco habla del Congreso cuando se aprueban leyes a medida de corporaciones o cuando se mantiene la estructura impositiva más regresiva de la región.
El “enemigo” que Milei construye no es el verdadero poder: son los legisladores que, en algunos casos, se atrevieron a defender alos jubilados y trabajadores.

Milei se jacta de que la inflación “se desplomó” y que “12 millones salieron de la pobreza”. Pero la realidad que vemos en la biblioteca y en los barrios es otra: ollas populares llenas, chicos que abandonan la escuela porque no tienen para el colectivo o la comida, familias que compran por unidad porque no alcanzan para el kilo.
Bajar la inflación a fuerza de recesión y hambre no es un éxito: es una tragedia planificada. Y los supuestos millones que “salieron de la pobreza” no salieron de la precariedad ni de la falta de derechos.

Plantea que la única forma de ordenar la economía es ajustando a los de abajo, mientras se asegura de que los de arriba no pierdan un centavo. Un bibliotecario como yo lo ve todos los días: el recorte en cultura significa menos libros, menos talleres, menos espacios de encuentro. El ajuste en educación y en salud golpea primero en los barrios populares. Y el resultado es siempre el mismo: un país más desigual, más injusto y más violento.

El verdadero equilibrio fiscal es aquel que nace de una sociedad justa, no de una planilla de Excel. Un equilibrio que se construye con impuestos progresivos, con control sobre las corporaciones, con recuperación de los recursos estratégicos, y con un Estado que priorice la vida digna por encima de la rentabilidad de unos pocos.
Mientras ese debate no se dé, seguiremos escuchando discursos como este: técnicos en la superficie, pero profundamente crueles en el fondo.

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