Bibliotecas, horizontalidad y resistencia cultural en tiempos de retroceso democrático. Por Oscar Rodríguez
Para el autor, la crisis educativa forma parte de la ofensiva cultural planificada e insta a los sectores nacionales y populares a debatir y proyectar la contraofensiva
Bibliotecas, horizontalidad y resistencia cultural en tiempos de retroceso democrático
Por Oscar Rodríguez
No estamos ante una simple crisis educativa. Estamos frente a una ofensiva cultural planificada. Lo que hoy ejecuta el gobierno de Javier Milei no es un “ajuste económico”: es una política de devastación simbólica. Se recorta donde duele más: en el conocimiento, en la memoria, en la cultura, en la educación pública y en las bibliotecas. No es torpeza: es ideología.
Argentina no asiste a un reordenamiento del Estado; presencia su desmantelamiento como proyecto político. La educación, la cultura y la ciencia no son víctimas colaterales: son objetivos estratégicos. Porque una sociedad con pensamiento crítico es un obstáculo para cualquier experimento autoritario.
Milei no gobierna contra la inflación: gobierna contra el pensamiento.
El modelo de país que impulsa el gobierno libertario necesita ciudadanos dóciles, no comunidades pensantes. Sujetos aislados, no conciencia colectiva. Usuarios antes que ciudadanos. Consumo emocional antes que pensamiento político. Por eso la educación vuelve a ser vertical, bancaria, autoritaria: se vacía de contenido crítico y se le exige obediencia, no comprensión.
No hay revolución educativa en Argentina. Hay regresión pedagógica.
No hay modernización cultural. Hay precarización intelectual.
Y en ese escenario de retroceso aparece una certeza incómoda: la verdadera transformación educativa no vendrá de arriba. Vendrá de abajo. De lo comunitario. De lo colectivo. De la horizontalidad.
La horizontalidad no es una moda pedagógica: es una postura política. Implica romper con la lógica del saber como privilegio y restituirlo como derecho. Es afirmar que nadie se salva solo y que el conocimiento se construye en comunidad o no es conocimiento: es mercancía.
He llamado Anemia Cognitiva Colectiva al proceso mediante el cual una sociedad es saturada de información pobre, emocionalmente adictiva y despolitizada, al mismo tiempo que se destruyen sistemáticamente sus instituciones culturales. No es casual que este fenómeno se profundice bajo un gobierno que desprecia la universidad pública, ataca a docentes, recorta programas de lectura y abandona bibliotecas.
Una sociedad cognitivamente debilitada es más gobernable.
Un pueblo desorientado es terreno fértil para el autoritarismo.
El gobierno de Milei no necesita tanques. Necesita ignorancia.
No necesita censura directa. Necesita empobrecimiento cultural.
El vaciamiento de políticas educativas y culturales no es desprolijidad: es intención política. Es la producción sistémica de subjetividades precarias, incapaces de organización y fácilmente manipulables.
En este contexto, las Bibliotecas Populares son trincheras democráticas.
Mientras el gobierno promueve el individualismo como dogma y el mercado como religión, las bibliotecas sostienen comunidad. Mientras el algoritmo fragmenta, la biblioteca reconstituye sentido. Mientras la precarización erosiona derechos, la biblioteca restituye ciudadanía.
Las bibliotecas hacen lo que el Estado abandonó:
garantizan acceso igualitario al conocimiento,
sostienen lectura profunda en tiempos de distracción masiva,
forman pensamiento crítico,
preservan memoria colectiva,
tejen lazo social donde el mercado solo ve consumidores.
Por eso molestan. Por eso las vacían. Por eso las silencian.
Porque una biblioteca abierta es una derrota cultural para el autoritarismo.
El proyecto político de Milei es claro: reemplazar ciudadanía por clientela, derechos por servicios, sujetos por consumidores, pensamiento por opinión rápida, cultura por streaming y política por espectáculo.
La horizontalidad educativa no será una concesión del poder. Será una conquista de las comunidades que se organizan, leen, discuten y piensan juntas.
Y en cada biblioteca que resiste, en cada docente que sostiene, en cada lector que insiste, está germinando algo que ningún ajuste puede cuantificar: una inteligencia colectiva que no se deja domesticar.