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Venezuela, el bloqueo y la memoria latinoamericana. Por Oscar Rodríguez

El autor analiza el proceso venezolano con ojos argentinos: la defensa de la soberanía es condición necesaria para cualquier horizonte de justicia
Venezuela, el bloqueo y la memoria latinoamericana.
Por Oscar Rodríguez

Desde Argentina, mirar lo que ocurre en Venezuela no es un ejercicio distante. Nuestra tradición cultural y política está atravesada por una pregunta persistente: ¿quién decide el destino de nuestros pueblos?, ¿las sociedades que habitan sus territorios o los poderes que operan desde afuera? Esa pregunta vuelve con fuerza cuando se observa el impacto del bloqueo y las sanciones impulsadas por Estados Unidos sobre la economía y la vida cotidiana venezolana.

Desde una mirada latinoamericanista resulta inquietante observar las celebraciones que, en algunos sectores, acompañan la idea del “secuestro” o la captura extraterritorial de Nicolás Maduro».

En el campo cultural solemos recordar que América Latina no solo se disputa en los parlamentos o en los mercados, sino también en el plano simbólico: en los relatos que legitiman o condenan determinadas formas de intervención. El bloqueo aparece así envuelto en un discurso civilizatorio —“democracia”, “libertad”, “transición”— que, leído desde nuestra propia historia, remite a viejas escenas de tutelaje externo sobre la región. Las consecuencias, sin embargo, son muy concretas: caída del ingreso nacional, precarización social, dependencia creciente y, sobre todo, pérdida de soberanía.

Desde una mirada latinoamericanista resulta inquietante observar las celebraciones que, en algunos sectores, acompañan la idea del “secuestro” o la captura extraterritorial de Nicolás Maduro. Más allá de la opinión que se tenga sobre su gobierno, lo que está en juego es otra cosa: la naturalización de que un país puede ser disciplinado desde afuera, como si la voluntad popular y las instituciones nacionales fueran elementos prescindibles. Para quienes venimos de una tradición atravesada por golpes, condicionalidades económicas y endeudamientos impuestos, esa escena no puede pasar inadvertida.

La defensa de la soberanía no es un eslogan —es la condición mínima para cualquier horizonte de justicia».

La paradoja es evidente. Los mismos actores que hoy se presentan como árbitros morales del continente han contribuido —a través del cerco financiero— a acelerar la crisis venezolana, favoreciendo la desarticulación productiva y el vaciamiento de los recursos estratégicos. El costo no lo pagan las corporaciones que dictan sanciones, sino los sectores populares que ven deteriorarse sus condiciones materiales de existencia. Una lectura cultural de este proceso revela algo más profundo: el bloqueo no solo opera sobre la economía, sino también sobre la imaginación política de un pueblo, recortando sus márgenes de decisión y su capacidad de proyectar futuro.

Eso no implica desconocer los errores y contradicciones internas del proceso venezolano. Pero, desde Argentina, con la memoria de nuestras propias crisis y condicionamientos, resulta difícil aceptar que el castigo económico pueda presentarse como camino emancipador. La experiencia regional muestra lo contrario: sin soberanía económica, no hay democracia sustantiva posible; sin control colectivo sobre los recursos, no hay proyecto cultural ni social que pueda sostenerse en el tiempo.

Argentina ha sido, a lo largo de su historia, un espacio de resistencia frente a las lógicas de subordinación. Pensar Venezuela desde aquí no es un acto de distancia académica, sino un ejercicio de memoria compartida. La pregunta que interpela a toda la región sigue abierta: ¿queremos sociedades que se piensen a sí mismas, o sociedades pensadas desde afuera?

La respuesta permanece vigente: la defensa de la soberanía no es un eslogan —es la condición mínima para cualquier horizonte de justicia.

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