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El hambre como resultado: las consecuencias sociales del modelo económico de la derecha. Por: Oscar Rodríguez

Miles de personas esperan un plato de comida en iglesias y comedores como consecuencia de este modelo económco, que promueve riqueza para pocos, en detrimento del pueblo trabajador
El hambre como resultado: las consecuencias sociales del modelo económico de la derecha.
Por: Oscar Rodríguez
La escena se repite con una crudeza que ya no admite eufemismos: filas de personas esperando un plato de comida. No es un fenómeno aislado ni producto del azar; es la consecuencia directa de un modelo económico que, bajo distintas etiquetas, reproduce siempre la misma lógica: concentración de la riqueza, debilitamiento del mercado interno y transferencia regresiva de ingresos.

Las políticas económicas de orientación liberal o de derecha suelen presentarse como inevitables ajustes necesarios para “ordenar” la macroeconomía. Sin embargo, en la práctica, ese orden se construye sobre el deterioro de las condiciones de vida de las mayorías. La reducción del gasto público, la liberalización de precios, la apertura indiscriminada de importaciones y la desregulación del mercado laboral tienen un efecto inmediato: caída del poder adquisitivo, aumento del desempleo o la precarización, y contracción del consumo.

El mercado interno —motor histórico del desarrollo en países como Argentina— se ve particularmente afectado. Cuando los salarios pierden frente a la inflación y el Estado se retrae, el consumo se desploma. Las pequeñas y medianas empresas, que dependen de esa demanda, entran en crisis. El resultado es un círculo vicioso: menos producción, más desempleo, menos consumo. En paralelo, los sectores concentrados, con capacidad de fijar precios y aprovechar la apertura financiera, consolidan su posición dominante.

La promesa de que el “derrame” llegará alguna vez se revela, una y otra vez, como una ficción. La riqueza no se distribuye espontáneamente; por el contrario, tiende a concentrarse aún más en contextos de desregulación. Los datos empíricos son contundentes: aumento de la desigualdad, crecimiento de la pobreza estructural y expansión de la indigencia.

Pero más allá de las cifras, lo que está en juego es el tejido social. El hambre no es solo una variable económica; es una forma de violencia. Es la expresión más extrema de un modelo que prioriza la rentabilidad por sobre la vida. Las ollas populares y los comedores comunitarios no deberían ser una postal permanente de ningún país, sino una señal de alarma.

Frente a este escenario, resulta imprescindible recuperar una discusión de fondo: ¿qué tipo de desarrollo se busca? Un proyecto que excluye a las mayorías no es sostenible ni justo. La experiencia histórica muestra que los procesos de crecimiento más sólidos han sido aquellos que combinaron producción, distribución del ingreso y fortalecimiento del mercado interno.

La reiteración de estas “recetas” no es casualidad, sino el reflejo de intereses concretos. Por eso, también, la salida no puede ser meramente técnica. Requiere una decisión política orientada a priorizar el bienestar colectivo, reconstruir capacidades productivas y garantizar derechos básicos.

Las filas para buscar comida no son inevitables. Son el resultado de decisiones. Y, como tales, pueden y deben ser revertidas.

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