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Guerra en Asia Occidental: ¿este caos sistémico anticipa el fin del petrodólar? Por Javier Vadell

La guerra contra Irán es también expresión de la tensión monetaria entre un declinante dólar hegemónico con eje en el petróleo y un nuevo esquema financiero pluripolar en ciernes, con el yuan de vanguardia

Fuente: Tektónikos https://tektonikos.website/

Por Javier Vadell

El mundo, en el vórtice del caos sistémico.

La geopolítica de la globalización neoliberal está en llamas, producto de la crisis hegemónica de Estados Unidos y de la crisis del capitalismo en su fase financiera. Se han desvanecido los velos que ocultaban el poder de los Estados tras el triunfalismo y el entusiasmo del “Occidente geopolítico” con el “fin de la historia” —el proyecto de economía neoliberal globalizada surgido tras la implosión de la Unión Soviética.

El “orden liberal basado en reglas” no solo ya no existe, como afirmó el exbanquero, exgobernador del Banco de Inglaterra y primer ministro de Canadá, Mark Carney, sino que ha dejado de ser un instrumento útil para la gobernanza global. La realpolitik de Donald Trump es un síntoma de esta descomposición sistémica, encarnada en ambiciones neocoloniales y una política de aranceles y sanciones que no ha logrado sus objetivos iniciales: reactivar la industria estadounidense, revertir los déficits comerciales y promover el crecimiento económico.

En este breve ensayo no pretendemos analizar las contradicciones en la toma de decisiones del gobierno de Trump ni el papel específico de Israel o de su gobierno conducido por Benjamín Netanyahu. Nuestro objetivo es comprender la ofensiva contra Irán como un episodio desesperado que presenta, paradójicamente, dos caras contrapuestas: 1) una acción agresiva contra la República Islámica de Irán, actor que desde 1979 representa un desafío geopolítico para EE.UU.; y 2) una respuesta defensiva frente a la gran disputa con la República Popular China (RPCh). Esta última involucra, a su vez, tres elementos clave que se solapan para el sostenimiento de la hegemonía estadounidense: las finanzas, el sistema monetario basado en el petrodólar y el control de los recursos estratégicos. El ensayo se centrará en este segundo punto, que consideramos crucial para entender los cambios sistémicos en curso.

Evidentemente, el punto focal es el petróleo, pero no solo por su materialidad como el recurso más importante de la economía global, sino por su significado como eje de convergencia financiera y monetaria: lo que comúnmente denominamos el petrodólar. Este sistema, que surge de las cenizas del sistema Bretton Woods y del patrón oro-dólar en la década de 1970, fue fruto de una planificación organizada por las grandes oligarquías bancarias y corporativas tras el fin de la convertibilidad decretada por Richard Nixon en 1971. La gran estrategia de Henry Kissinger, reforzada por la crisis del petróleo de 1973, cimentó la globalización neoliberal de la mano del restablecimiento de la hegemonía estadounidense a través de su moneda y las finanzas (parafraseando a la economista Maria da Conceição Tavares).

En la actualidad, el conflicto en Irán representa como nunca la antesala del fin de un sistema monetario organizado por el “Occidente colectivo” bajo el liderazgo de EE.UU. entre los años 70 y 80. Dicho sistema se mantuvo firme durante más de tres décadas, hasta alcanzar su punto de inflexión con la crisis financiera de 2008 y la crisis de Ucrania en 2014. Podría afirmarse que este periodo marca el inicio de una crisis orgánica del sistema económico global y de la hegemonía estadounidense, donde prevalece un proceso de desorganización corporativa y estatal en el mundo capitalista cada vez más evidente. Es el fin de la actitud “benevolente” de EE.UU. como proveedor de bienes públicos internacionales y la sistematización de la agresividad predatoria de una potencia en declive, tal como la definió recientemente Stephen Walt. Bienvenidos al caos sistémico del siglo XXI.

La moneda en las relaciones internacionales y las arterias obstruidas del Frankenstein moribundo

En la economía política global —o internacional—, entendida como una subárea de las relaciones internacionales, se analizan las cuestiones monetarias más allá de los enfoques tradicionales de los manuales de economía. En estos últimos, la moneda suele definirse a partir de cuatro atributos fundamentales: a) como medio de cambio, al permitir evitar el trueque y facilitar el intercambio indirecto de bienes y servicios; b) como unidad de cuenta, al funcionar como referencia común para expresar precios y valores económicos; c) como depósito de valor, al posibilitar la transferencia de poder adquisitivo del presente al futuro, aunque su eficacia depende de la estabilidad de precios; y, finalmente, d) como patrón de pagos diferidos, al hacer posibles los contratos a plazo, como créditos y deudas.

El concepto de petrodólar —así como su auge y su declive— no niega estos atributos, pero los reinterpreta desde un enfoque holístico que concibe a la moneda como un atributo inherente al poder de los grandes Estados y, por ende, estrechamente vinculado a la organización de los sistemas monetarios internacionales.

El orden monetario del petrodólar surgió como respuesta al fin de Bretton Woods y a la desregulación de los flujos especulativos. A partir de 1974, Estados Unidos y sus aliados garantizaron que la OPEP vendiera crudo exclusivamente en dólares, asegurando el reciclaje de esos activos en el entramado financiero controlado por la oligarquía occidental, particularmente en los ejes financieros de Nueva York y Londres

Con el paso del tiempo, estos excedentes se canalizaron hacia la compra de bonos del Tesoro de Estados Unidos, así como al financiamiento de industrias tecnológicas, del complejo militar-industrial y de diversas intervenciones bélicas. Esta dinámica contribuyó a la acumulación de una deuda pública estadounidense cercana hoy a los 40 billones de dólares, según estimaciones de medios especializados.

Como si de un organismo vivo en constante metamorfosis se tratase, la economía capitalista global —impulsada por la globalización neoliberal bajo la hegemonía estadounidense— exige que sus flujos financieros circulen sin obstrucciones. En este entramado, el petrodólar actúa como la “sangre” que recorre las arterias del sistema financiero internacional, articulado por corporaciones bancarias, paraísos fiscales y centros neurálgicos como Wall Street. Este último opera como el “corazón” de un ente que, al estilo del monstruo creado por el doctor Frankenstein, ha ido integrando dinámicas financieras, militares y monetarias de forma contradictoria pero vigorosa desde la década de 1970.

Todo el sistema comercial y financiero global descansa, en última instancia, sobre la confianza que los actores hegemónicos logran proyectar para garantizar la previsibilidad de las transacciones. Sin embargo, la declinación del poder económico de Estados Unidos se encuentra estrechamente vinculada al ascenso de un nuevo polo global en Asia Oriental, con China a la vanguardia. Este emergente centro se sustenta a partir de un paradigma distinto al de la globalización neoliberal, priorizando la planificación estatal, la producción y la economía real.

Estos desplazamientos geopolíticos, de carácter estructural, se han manifestado en el auge de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y la consolidación de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR). En última instancia, la erosión del petrodólar puede interpretarse como el resultado de esta compleja concatenación de transformaciones históricas.

Trump, la geoeconomía y la desdolarización pluripolar

Una definición sencilla de geoeconomía se refiere al estudio y la práctica del uso de instrumentos económicos (comercio, inversión, sanciones, subsidios, aranceles) por parte de los Estados-nacionales para promover intereses nacionales, alcanzar objetivos geopolíticos y, a menudo, sustituir el poder militar. Es el arte de gestionar las relaciones internacionales mediante instrumentos económicos. La geoeconomía trumpista, desde su primer gobierno (2017-2021), ha sido agresiva de tal manera que disparó una guerra comercial, principalmente, pero no exclusivamente, contra China.

Bajo el actual gobierno Trump 2.0, las herramientas económicas se han convertido en armas de guerra destinadas a blindar una hegemonía en jaque. El objetivo es claro: salvar el circuito financiero de Occidente e impedir el fin del petrodólar como sistema monetario hegemónico

Como destaca Salam Alshareef en un capítulo del libro que será publicado en junio de 2026: BRICS Plus: An Emerging New World Order?, la hegemonía del dólar le otorga a Estados Unidos un privilegio único, constituye un pilar de su actual modo de reproducción sociopolítica como formación social en crisis: la capacidad de financiar los mayores déficits por cuenta corriente y las mayores deudas del mundo. De esta manera, las altas implicaciones políticas de una desdolarización, es decir, la pérdida del monopolio del dólar como divisa internacional, han generado un debate polarizado, a menudo dividido entre afirmaciones exageradas y la minimización del avanzado grado de erosión de los fundamentos del dominio del dólar estadounidense.

En otros términos, la desdolarización es un proceso histórico caracterizado por la disminución del peso relativo del dólar en las transacciones internacionales. Una moneda en declive coexiste con otras monedas a medida que su importancia relativa evoluciona con el tiempo, como lo demostró la experiencia del ascenso del dólar. La desdolarización no es simplemente un cambio cuantitativo en el peso relativo de las monedas, sino un proceso cualitativo que marca una bifurcación de la economía política global hacia un orden pluripolar.

Esto significa que, incluso antes del ataque israelí-estadounidense a Irán en 2026, las bases del petrodólar ya estaban erosionadas. El ritmo de la desdolarización depende, en última instancia, de las luchas sociales y políticas. En este contexto, la intensificación de la coerción geopolítica y geoeconómica de EE. UU. —mediante guerras comerciales, tecnológicas y el uso del dólar como un arma— ha acelerado el surgimiento de una nueva constelación de poder. Este cambio, liderado por China, impulsa la transición hacia un orden monetario pluripolar en medio del actual caos sistémico.

Alshareef diferencia entre pluripolaridad y multipolaridad monetaria. La desdolarización forma parte de una bifurcación más amplia de la economía política global. Por lo tanto, el sistema monetario internacional emergente se conceptualiza mejor como pluripolar. La multipolaridad monetaria, como se suele analizar en la literatura (por ejemplo, Barry Eichengreen), implica la presencia de varias monedas internacionales que operan dentro de un marco político (neo)liberal ampliamente compartido, compitiendo por cuota de mercado bajo las mismas reglas. Por el contrario, La pluripolaridad denota la coexistencia de regímenes monetarios distintos pero interrelacionados, basados ​​en sistemas político-económicos divergentes, incluso contradictorios.

Este proceso hacia una pluripolaridad es la manifestación en el mundo real de la actual desdolarización que se acelera de manera dramática con la guerra en Asia Occidental. La desdolarización es una manifestación de una profunda transición macro histórica: el desmantelamiento del imperialismo capitalista estadounidense y el surgimiento de un sistema mundial pluripolar y multicéntrico. Este proceso se desarrolla de manera desigual en las distintas esferas económicas, geografías e incluso entre los propios países BRICS y sus respectivos Estados.

China, como punta de lanza indiscutible, aprovecha su singular escala económica, su arraigo comercial y la naturaleza de su autoridad política como un complejo Estado-sociedad en competencia, cuya supervivencia exige asegurar canales monetarios autónomos en el contexto de la profundización de la crisis neoliberal y la postura confrontativa de Estados Unidos. Este imperativo estructural explica por qué China rechaza la internacionalización neoliberal de su moneda y, en cambio, la busca mediante instrumentos estatales o controlados por el Estado: acuerdos de intercambio de divisas entre bancos centrales, préstamos de bancos de desarrollo que eluden las condicionalidades del FMI y mercados regulados que priorizan la estabilidad de la economía real.

La guerra en Irán la aceleración del proceso y la bifurcación del sistema monetario internacional

El proceso de migración financiera del dólar hacia el yuan es lento, pero persistente y la guerra en Irán ha acelerado de manera dramática esta tendencia histórica que marcará un punto de inflexión en la transición desde un sistema monetario internacional basado en el petrodólar —que fue fundamental para consolidar la globalización neoliberal— hacia uno de carácter pluripolar.

Es fundamental resaltar que el informe del Deutsche Bank del 24 de marzo de 2026 ratifica el diagnóstico del investigador AlShareef de 2025: el proceso de erosión del petrodólar ya es una realidad en marcha. Este fenómeno se puede sintetizar en cuatro puntos clave:

  1. Independencia energética y giro comercial: Tras la revolución del fracking, EE.UU. alcanzó la autosuficiencia energética. Como consecuencia, Arabia Saudita —su socio histórico— reorientó sus exportaciones; en 2025, el reino vendió cuatro veces más petróleo a China que a EE. UU. Actualmente, 85% del crudo de Oriente Medio se exporta a Asia.
  2. Autonomía estratégica (Visión 2030): En el marco de su proyecto Visión 2030, Arabia Saudita se ha propuesto que 50% del gasto militar sea de contenido doméstico, y así reduce su histórica dependencia del armamento importado.
  3. Innovación financiera y mBridge: El reino saudí se ha integrado al proyecto mBridge, una plataforma blockchain para pagos transfronterizos con monedas digitales de bancos centrales (CBDC). Este sistema opera al margen del dólar y del sistema SWIFT, bajo un rol protagónico de China y el yuan digital.
  4. Desconexión de las potencias sancionadas: Rusia, Venezuela e Irán, bajo el peso de las sanciones de Occidente, han migrado sus ventas de crudo hacia circuitos financieros alternativos. Las transacciones se realizan ahora en yuanes, rublos y rupias, destacando a la India como un comprador masivo de petróleo ruso desde 2022.

Paradójicamente, la autosuficiencia petrolera de EE.UU. y su uso extensivo de sanciones (contra Rusia desde 2014; Irán y Venezuela desde 2017) han provocado una suerte de “embolia financiera” en el sistema monetario internacional. La desconexión rusa es profunda: hoy, su crudo fluye casi íntegramente fuera del dominio occidental. En 2025, Venezuela exportó 80% de su producción a China, eludiendo los circuitos del dólar. En el mismo periodo, Irán destinó 90% de sus exportaciones al gigante asiático, operando de forma totalmente independiente del sistema financiero convencional.

Las hostilidades de EE.UU. hacia Venezuela e Irán persiguen un propósito claro: desobstruir las “arterias” de los flujos de petrodólares que, bajo su lógica, deberían circular por las vías financieras de Occidente. En el caso venezolano, se logró un punto de inflexión: por mediación de EE. UU. y a través de la intermediación de Qatar, el petróleo sudamericano consiguió sortear las sanciones para reintegrarse parcialmente al mercado.

El caso iraní es, no obstante, el eje crítico a nivel económico y geopolítico. Su relevancia reside tanto en la magnitud de sus reservas como en su alianza estratégica con Rusia y China, consolidada precisamente por el régimen de sanciones. La “embolia petrolera” derivada del conflicto de EE. UU. e Israel contra Irán transformará irreversiblemente el sistema monetario basado en el petrodólar. La interrupción del flujo de crudo por los canales occidentales privará al organismo imperialista del fluido necesario para su subsistencia, provocando la necrosis de la globalización neoliberal.

En esta etapa inicial, el petroyuan es apenas una manifestación temprana del debilitamiento del petrodólar. Este fenómeno responde a una concatenación de hitos históricos que nos conducen a un “punto de no retorno”. Se trata de un escenario donde toda acción unilateral de EE.UU. para sostener su hegemonía —ya sea unilateral o coordinada con el Occidente geopolítico—termina produciendo el efecto contrario. En su afán por proteger a las élites financieras rentistas del capitalismo neoliberal, la potencia genera un desgaste progresivo y una pérdida de confianza sistémica, tanto en su propio liderazgo como en relación al sistema capitalista global.

La metáfora organicista nos ayudar entender la totalidad del proceso. En una nota reciente de Bloomberg se afirma que la crisis derivada de la guerra de agresión a Irán es diferente a las precedentes. A diferencia de crisis anteriores, la guerra con Irán rompe el ciclo del “petrodólar”, donde el petróleo se vendía en dólares y esos dólares volvían a bonos del Tesoro de EE.UU. Ahora, según la nota, los países importadores venden bonos del Tesoro para conseguir dólares y pagar energía cara, en vez de comprarlos como refugio. Al mismo tiempo, los exportadores del Golfo no pueden vender petróleo por el bloqueo del estrecho de Ormuz, por lo que no generan excedentes para reinvertir. Esto obstruye ambos lados del sistema: menos dólares reciclados hacia EE.UU. y crea más presión sobre su deuda. En resumidas cuentas, por primera vez, en una crisis global contemporánea el dinero no fluye hacia bonos estadounidenses, cuestionando su rol como refugio seguro. ¿El refugio seguro está en China? Si es así el paradigma es otro y los agentes financieros y naciones deberán adecuarse.

Epílogo

La agresión contra Irán presenta, paradójicamente, un carácter defensivo frente a la declinación hegemónica en curso. No se trata únicamente del control del recurso más valioso para el funcionamiento de la economía global —el petróleo—, sino de la preservación misma de la hegemonía estadounidense, sustentada en el monopolio de cinco variables clave. En este sentido, no existe un monopolio absoluto de armas de destrucción masiva, sino una situación de paridad estratégica entre Estados Unidos, Rusia y China. No obstante, estos dos últimos disponen de misiles hipersónicos de última generación de los que Estados Unidos aún carece. Por otro lado, la primacía del poder mediático de Estados Unidos y del llamado Occidente geopolítico continúa siendo predominante.

En este contexto, la importancia de Irán es mucho mayor de lo que muchos analistas suponen para el sostenimiento de la hegemonía estadounidense. Actualmente, Irán se encuentra prácticamente desconectado de Occidente. Durante tres décadas, Dubái funcionó como su puerta trasera hacia el sistema financiero global. Cuando las sanciones bloquearon el acceso de Teherán al sistema SWIFT, el capital iraní fluyó a través de zonas francas, casas de cambio y empresas fantasma en Dubái, permitiéndole acceder a los dólares que Washington le negaba.

De este modo, Irán desarrolló dos sistemas financieros operativos. El primero consistía en la “puerta trasera” de Dubái, denominada en dólares y basada en el uso de SWIFT, operando mediante zonas francas y titulares de “visas doradas” que actuaban como nodos dentro de una red de evasión de sanciones. El segundo corresponde a la “puerta delantera” de Ormuz: un sistema denominado en yuanes, que utiliza el sistema chino de pagos internacionales (CIPS) y se articula a través de un régimen de peaje en Larak para el estrecho de Ormuz, actualmente en proceso de codificación legal por parte del parlamento iraní.

La guerra ha destruido la conexión occidental y ha acelerado la interconectividad sino-asiática. Dubái representaba la puerta del dólar; Ormuz, en cambio, se perfila como la puerta del yuan. En el conflicto de Asia Occidental, con Irán en su epicentro, están en juego los otros tres pilares de la hegemonía, que se articulan de forma contradictoria y superpuesta en la noción de “petrodólar”. En primer lugar, el control de la región petrolera más importante del mundo; en segundo lugar, el dominio del sistema financiero global; y, finalmente, el sistema monetario internacional, históricamente monopolizado por el dólar.

La desmonopolización de estos tres elementos implicaría el fin del régimen del petrodólar. Es decir, el surgimiento de un sistema monetario pluripolar, en medio de un escenario de caos sistémico, marcaría el ocaso de un orden financiero y monetario centrado en el dólar y en Wall Street, que ha dado sustento material e ideológico a la globalización neoliberal.

 

Javier Vadell en TEKTÓNIKOS.

 

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