La política del yo: cuando tener razón se vuelve una amenaza. Por Oscar Rodríguez*
La política del yo: cuando tener razón se vuelve una amenaza
Por: Oscar Rodríguez*
En los últimos años, hemos sido testigos de un fenómeno inquietante: personas que, frente a pruebas irrefutables, prefieren sostener una falsedad antes que revisar sus creencias. No es que la evidencia falte; es que admitir estar equivocado pone en jaque algo más profundo que la información: la identidad.
Las redes sociales no solo han transformado la manera en que accedemos al conocimiento, sino también el lugar desde el cual lo recibimos. Ya no somos meros lectores: somos constructores de un relato íntimo y público al mismo tiempo, donde cada posteo, cada meme y cada reacción actúa como una afirmación de lo que somos, o creemos ser. En ese escenario, cambiar de opinión no es solo cambiar de idea: es traicionar al grupo, debilitar el yo social que construimos en comunidad digital.
Esto explica por qué corregir a alguien en redes rara vez resulta efectivo. La respuesta no es un “gracias por aclararlo”, sino un contraataque. Porque cuando la información circula en forma de identidad, la corrección se percibe como ataque. Y como señala el psicólogo Dan Kahan, las personas tienden a filtrar la información no por su valor epistémico, sino por su coherencia con los valores del grupo al que pertenecen. Así, el razonamiento deja de ser una herramienta para buscar la verdad y se convierte en un escudo para proteger quién soy.
Frente a este paisaje, vale preguntarse: ¿qué instituciones pueden romper esta lógica defensiva? ¿Dónde pueden surgir espacios donde disentir no sea una amenaza, sino una posibilidad? Allí es donde las bibliotecas recuperan un rol central y muchas veces subestimado.
Las bibliotecas —especialmente las populares— no solo ofrecen acceso a información confiable. Hacen algo mucho más revolucionario: generan un espacio donde la identidad no está en juego al cambiar de opinión. Allí no hay “me gusta” que recompensen el sesgo, ni algoritmos que nos den la razón. Hay conversación, libros diversos, encuentros cara a cara, y sobre todo, tiempo para pensar sin la presión de reaccionar
En tiempos donde la polarización convierte a cada usuario en un soldado de su propia narrativa, las bibliotecas pueden ser el refugio para la complejidad. Porque allí se puede discutir sin anular al otro. Se puede leer a alguien con quien no estamos de acuerdo sin que eso implique renunciar a nosotros mismos. En la biblioteca, cambiar de opinión no es traición: es maduración.
Por eso, defender y fortalecer las bibliotecas no es un acto nostálgico, sino profundamente contemporáneo. No son un anacronismo del siglo XX, sino una necesidad urgente del XXI. Porque si queremos una sociedad que piense, que dialogue, que no tema revisar sus certezas, necesitamos espacios que separen el conocimiento de la identidad, la información de la pertenencia, y el pensamiento de la reacción emocional.
*Oscar Rodríguez – Bibliotecario y docente. Autor de ‘La Revolución educativa: de la verticalidad a la horizontalidad’. Dirigente político de la flamante Unidad Socialista y militante de las Bibliotecas Populares