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¿Cuándo dejamos de vivir y empezamos a sobrevivir? Por Oscar Rodriguez

Preguntas que surgen de la crisis económica: felicidad, placeres y gustitos que se postergan; a veces, hasta quedar en el olvido.
¿Cuándo dejamos de vivir y empezamos a sobrevivir?
Por: Oscar Rodriguez

Hay pérdidas que no se anuncian. No hacen ruido. No llegan con un golpe seco, sino que se van deslizando, casi en silencio, hasta que un día uno se detiene y siente que algo falta… pero no sabe exactamente cuándo empezó a desaparecer.

Porque no fue de un día para el otro que dejamos de darnos un gusto sin pensar. No hubo una fecha exacta en la que planificar unas vacaciones dejó de ser una certeza para convertirse en una fantasía. No hubo un último asado anunciado como despedida. Simplemente, pasó. Y cuando quisimos darnos cuenta, la vida cotidiana —esa que parecía garantizada— se volvió un cálculo permanente.

La alegría del pueblo es un derecho. Y los derechos… cuando se pierden, ¡se recuperan!»

Antes, la felicidad no era un concepto abstracto. Estaba en cosas simples: en la heladera llena, en el encuentro del fin de semana, en la posibilidad de proyectar. En saber que el esfuerzo tenía sentido, que el trabajo alcanzaba, que había un horizonte.

Hoy, en cambio, vivimos en estado de alerta. Todo se mide, todo se ajusta, todo se posterga. La vida dejó de ser vivida para ser administrada. Y en ese tránsito, nos fueron quitando algo más profundo que el poder de compra: nos fueron quitando la tranquilidad, la previsibilidad, la dignidad de lo cotidiano.

La pregunta que queda flotando —y que duele— es simple: ¿por qué dejamos que nos lo arrebaten?»

Lo más doloroso no es solo lo que falta, sino lo que nos hicieron naturalizar. Nos acostumbraron a la incertidumbre, a la resignación, a creer que vivir mejor era un exceso. Nos convencieron de que el sacrificio es inevitable, de que no hay alternativa, de que siempre hay que esperar.

Pero la memoria insiste. Aparece en una charla, en una comparación inevitable, en una frase que vuelve: “antes no era así”. Y esa memoria incomoda, porque rompe el relato de que esto es lo único posible.

Recordar no es idealizar. Es reconocer que hubo otro modo de vivir. Que hubo un tiempo donde la vida no estaba dominada por el miedo a no llegar. Y si eso existió, entonces también puede volver a existir.

El desencanto se debe transformar en la certeza de que no nacimos para sobrevivir, sino para vivir con dignidad»

La pregunta que queda flotando —y que duele— es simple: ¿por qué dejamos que nos lo arrebaten?

Tal vez porque el despojo no fue solo material, sino también simbólico. Nos fueron quitando la confianza en lo colectivo, en la política como herramienta de transformación, en la posibilidad de cambiar el rumbo. Nos empujaron a la soledad, a la competencia, al “sálvese quien pueda”.

Pero incluso ahí, en medio del desencanto, hay algo que no desaparece: la certeza íntima de que no nacimos para sobrevivir, sino para vivir con dignidad.

El despojo no fue sólo material: también fue simbólico. Nos fueron quitando la confianza en lo colectivo»

Por eso, la nostalgia no tiene que ser un refugio. Tiene que ser un punto de partida. No para quedarnos mirando hacia atrás, sino para preguntarnos, con honestidad y con coraje, qué estamos dispuestos a hacer para recuperar lo que nos pertenece.

Porque la alegría de un pueblo no es un recuerdo. Es un derecho. Y los derechos, cuando se pierden, no se lloran en silencio: se recuperan.

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