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La riqueza se produce abajo y se acumula arriba. Por: Oscar Rodríguez

La pobreza es inseparable del modo en que una sociedad distribuye su producción. Discutir  paritarias, jubilaciones, jornada laboral o condiciones de trabajo, es discutir distribución de la riqueza

La riqueza se produce abajo y se acumula arriba

Por: Oscar Rodríguez

Hace tiempo que creo que estamos mirando para el lado equivocado. Nos acostumbraron a contar pobres, medir la indigencia y discutir cuánto recibe el que menos tiene. Nos enseñaron a mirar hacia abajo mientras unos pocos concentran cada vez más riqueza.

Yo propongo cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarnos solamente por qué hay pobres, preguntémonos quién se queda con la riqueza que producimos entre todos.

Porque la pobreza no cayó del cielo. Es inseparable de la manera en que una sociedad distribuye aquello que produce. Esto debería resultarnos evidente: cuando discutimos salarios, paritarias, jubilaciones, jornada laboral o condiciones de trabajo, estamos discutiendo distribución de la riqueza.

Una paritaria no es solamente una discusión de porcentajes.

Es una puja distributiva. Es una discusión de poder.

Sin embargo, lograron enfrentarnos entre nosotros. Al trabajador privado contra el estatal, al formal contra el informal, al que tiene empleo contra el desocupado. Mientras nosotros discutimos abajo, ellos concentran arriba.

Por eso tenemos que recuperar una idea elemental: el enemigo de un trabajador no es otro trabajador.

Tampoco tengo problemas en utilizar una palabra que durante años intentaron convertir en un fantasma: socialismo.

Para mí hablar de socialismo significa discutir quién controla los medios de producción, la tierra, la energía, los recursos naturales, el crédito y la riqueza generada por el trabajo.

Porque una fábrica puede tener dueño, pero sin trabajadores no produce nada.

Socializar los medios de producción no significa repartir pobreza. Significa democratizar la riqueza y democratizar el poder económico. Significa discutir empresas públicas, cooperativas, empresas recuperadas, participación de los trabajadores y distintas formas de propiedad social.

Si defendemos la democracia política, también tenemos que empezar a discutir la democracia económica.

Y para eso necesitamos Estado.

Antes de escandalizarnos si se habla de reforma agraria, estudiemos historia, revisemos adjudicaciones y títulos y veamos cómo se produjo la concentración de nuestra tierra 

Pero la discusión no es simplemente Estado sí o Estado no. La pregunta es qué Estado y al servicio de quién.

Cuando el Estado abandona la salud, la educación, la vivienda, la cultura o la seguridad social, ese espacio no queda vacío: lo ocupa el mercado. Y cuando el mercado reemplaza al derecho, accede quien puede pagar.

El mercado puede buscar rentabilidad. El Estado tiene otra responsabilidad: garantizar derechos.

Necesitamos un Estado democrático y eficiente, capaz de garantizar salud, educación, vivienda, cultura, ciencia, jubilaciones y trabajo digno, pero también de regular al poder económico, combatir monopolios, aplicar impuestos progresivos, defender recursos estratégicos y planificar el desarrollo.

Porque si el Estado no planifica la economía, igualmente alguien lo hará: los grandes grupos económicos, según sus propios intereses.

También tenemos que discutir la propiedad

Y acá aparece una palabra que inmediatamente genera escándalo: expropiación.

Cuando alguien la pronuncia, rápidamente nos recuerdan que la propiedad privada es inviolable. Pero yo quiero hacer una pregunta anterior:

¿Cómo se construyó esa propiedad?

La riqueza tiene historia. La propiedad tiene historia. Y la concentración también.

Cuando una empresa construida durante décadas con recursos públicos termina privatizada, ¿quién expropió a quién?

Cuando nuestros recursos naturales generan fortunas privadas mientras las comunidades siguen empobrecidas, ¿quién expropió a quién?

Cuando el salario pierde participación frente a las ganancias empresarias, ¿quién se está apropiando de la riqueza producida?

Nos enseñaron a llamar expropiación solamente a aquello que el Estado recupera para el interés público. Cuando el patrimonio colectivo pasa a manos privadas lo llaman privatización, inversión o modernización.

Entonces discutamos las dos cosas.

Dejemos de mirar la pobreza: miremos la riqueza y discutamos la distribución

Y cuando exista una verdadera causa de utilidad pública, dentro de los mecanismos constitucionales y legales, también tenemos derecho a discutir qué debe recuperar el pueblo de aquello que alguna vez construyó colectivamente.

Si queremos discutir seriamente la propiedad tenemos que mirar también los comienzos de nuestra patria.

¿Cómo se repartió la tierra?

¿Quién recibió enormes extensiones y quién quedó afuera?

¿Cómo se constituyeron los grandes patrimonios territoriales?

¿Por qué aceptamos como natural una estructura de propiedad que es consecuencia de decisiones históricas?

Antes de escandalizarnos si nos ponemos a hablar de reforma agraria, deberíamos estudiar cómo se produjo la concentración de la tierra argentina.

Abramos los archivos. Revisemos adjudicaciones y títulos. Estudiemos nuestra historia.

Porque no estoy hablando de quitarle la casa a un trabajador ni la tierra al pequeño productor.

Lo que nuestro pueblo produce con su trabajo tiene que servir, antes que nada, para garantizar una vida digna a nuestro propio pueblo

Estoy hablando de discutir una concentración de tierra, capital y recursos capaz de otorgarle a una minoría un poder extraordinario sobre el conjunto de la sociedad.

Cuando una propiedad permite controlar precios, producción, alimentos, energía, información o recursos estratégicos, ya no estamos discutiendo solamente propiedad: estamos discutiendo poder.

Tenemos que discutir salario, por supuesto. Pero también modelo productivo, tecnología, productividad, participación en las ganancias, propiedad, recursos naturales y soberanía.

No quiero un Estado dedicado a administrar pobres ni un movimiento obrero condenado a negociar permanentemente cuánto poder adquisitivo puede conservar.

Tenemos que recuperar una ambición transformadora.

Y para eso necesitamos sindicatos, cooperativas, mutuales, empresas recuperadas, universidades, bibliotecas populares, organizaciones sociales y todas las instituciones capaces de reconstruir comunidad.

Porque el neoliberalismo no necesita solamente privatizar empresas. Necesita privatizarnos la cabeza. Conquistarnos el sentido común.

Necesita convencernos de que cada uno se salva solo, que nuestro compañero es nuestro competidor y que la desigualdad es consecuencia del mérito individual.

Nuestra respuesta tiene que ser exactamente la contraria:

organización y solidaridad.

Hablar de socialismo significa discutir quién controla los medios de producción, la tierra, la energía, los recursos naturales, el crédito y la riqueza generada por el trabajo

Tenemos que volver a preguntar quién produce la riqueza, quién se la queda, quién posee la tierra, quién controla los medios de producción y quién tiene capacidad para condicionar las decisiones de una democracia.

Dejemos entonces de mirar solamente la pobreza.

Empecemos a mirar la riqueza.

Porque discutir riqueza es discutir distribución.

Discutir distribución es discutir propiedad.

Discutir propiedad es discutir poder.

Y discutir poder significa volver necesariamente a la organización de los trabajadores.

No para administrar mejor la desigualdad.

Para transformarla.

Porque aquello que nuestro pueblo produce con su trabajo tiene que servir, antes que nada, para garantizar una vida digna a nuestro propio pueblo.

Eso es justicia social.
Eso es soberanía.
Eso es organización colectiva.

Y si, formo parte de la mierda socialista.

 

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