LA BATALLA POR LA MENTE – ENTREGA IV: INFOCRACIA. Por Oscar Rodríguez
Al enemigo ya no necesita ocultar la verdad. Con saturar nuestra atención a través de los algoritmos le alcanza, plantea el autor
LA BATALLA POR LA MENTE
Una saga sobre información, poder y construcción de la realidad
Por Oscar Rodríguez
ENTREGA IV
INFOCRACIA
Cuando para controlar la percepción ya no hace falta esconder la información
La radio se apaga.
Por un instante queda solamente el ruido.
Ese pequeño siseo eléctrico que permanece cuando una transmisión termina.
Después, silencio.
Estamos todavía en Alemania.
Acabamos de dejar atrás a Goebbels.
Los discursos.
Los carteles.
Los diarios controlados.
Las películas.
Las enormes concentraciones.
Las palabras repetidas hasta transformar al vecino en sospechoso, al sospechoso en enemigo y al enemigo en alguien sobre quien parecía posible ejercer cualquier violencia.
En la entrega anterior intentamos comprender algo que todavía hoy resulta difícil de aceptar.
El nazismo no comenzó en Auschwitz.
Antes de los campos hubo palabras.
Antes de las cámaras de gas hubo categorías.
Antes del exterminio hubo una construcción de percepción.
Hubo una sociedad a la que, durante años, se le enseñó a mirar determinadas personas de determinada manera.
Y entonces apareció una conclusión inquietante:
antes de conquistar un territorio puede intentarse conquistar la manera en que una sociedad interpreta la realidad.
Goebbels lo comprendió.
Por eso necesitaba controlar la radio.
Controlar los periódicos.
La mentira puede necesitar segundos. La verdad, a veces, necesita páginas
Controlar el cine.
Controlar los libros.
Controlar el espacio público.
Decidir qué podía circular.
Y también qué debía desaparecer.
Pero imaginemos ahora algo imposible.
Imaginemos que pudiéramos acercarnos a Goebbels y entregarle un pequeño objeto negro.
Una pantalla.
Del tamaño de una mano.
La encendemos.
Ante sus ojos aparecen millones de noticias.
Videos.
Fotografías.
Discursos.
Opiniones.
Rumores.
Mentiras.
Documentos.
Películas.
Conversaciones.
Bibliotecas enteras.
Millones de seres humanos hablando al mismo tiempo.
Goebbels probablemente haría una pregunta.
La pregunta lógica para un ministro de propaganda:
—¿Quién controla todo esto?
Y quizás nuestra respuesta lo desconcertaría.
—Nadie completamente.
Tal vez entonces sonreiría.
Porque comprendería algo que nosotros todavía estamos intentando comprender.
Quizás ya no sea necesario controlar toda la información.
Quizás alcance con controlar algo muchísimo más escaso.
Nuestra atención.
Y aquí comienza la cuarta entrega de esta historia.
Una mañana cualquiera
Volvamos a nuestro tiempo.
No hay uniformes.
No hay antorchas.
No hay un Ministerio de Propaganda.
No hay un hombre delante de un micrófono diciéndole a toda una nación qué debe pensar.
Hay algo mucho más cotidiano.
Un dormitorio.
Son las siete de la mañana.
Suena una alarma.
Una mano aparece debajo de las sábanas.
Busca el teléfono.
La pantalla se enciende.
Todavía no pusimos un pie fuera de la cama.
Pero el mundo ya entró.
Un mensaje.
Una guerra.
Una publicidad.
Un asesinato.
Un video gracioso.
Una declaración política.
Una promoción.
Una denuncia.
Una receta.
Una inundación.
Una encuesta.
Un influencer.
Una noticia económica.
Una pelea.
Un meme.
Un niño llorando bajo los escombros.
Deslizamos el dedo.
Y aparece un perro bailando.
Seguimos.
Un candidato.
Seguimos.
Una modelo.
Seguimos.
Una catástrofe.
Seguimos.
Un producto.
Seguimos.
Otra indignación.
Todo ocupa el mismo rectángulo.
Todo dura unos segundos.
Todo compite por lo mismo.
Nuestra ATENCIÓN!
Y entonces ocurre algo extraordinario.
En menos de diez minutos recibimos más información de la que una persona de hace apenas dos siglos podía recibir durante días.

Sin embargo, después de esos diez minutos podríamos preguntarnos:
¿qué aprendimos?
Y probablemente la respuesta sea mucho menos impresionante.
Nunca estuvimos tan informados
Ésta es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Nunca tuvimos semejante acceso a la información.
Una biblioteca puede caber dentro de un teléfono.
Un documento publicado al otro lado del mundo puede llegar hasta nosotros en segundos.
Podemos consultar archivos.
Estudios científicos.
Periódicos extranjeros.
Nuestras decisiones producen comportamiento, el comportamiento produce datos, y esos datos reorganizan nuestro entorno
Videos.
Mapas.
Bases de datos.
Universidades.
Conferencias.
Millones de libros.
Podemos hablar directamente con alguien que vive a diez mil kilómetros.
Podemos registrar una injusticia y mostrarla inmediatamente.
Podemos discutir el relato de un gobierno.
De una empresa.
De un medio de comunicación.
La revolución digital produjo una democratización extraordinaria de ciertas posibilidades de acceso y publicación.
Negarlo sería absurdo.
Pero precisamente allí aparece el problema.
Porque cuando todos podemos producir información…
cuando todo puede publicarse…
cuando todo puede circular…
cuando cada segundo aparecen millones de nuevos contenidos…
la pregunta deja de ser solamente:
¿tenemos acceso a la información?
Aparece otra.
Mucho más difícil.
¿Cómo decidimos a qué información prestar atención?
Imaginemos entrar al mar.
Al principio el agua llega a los tobillos.
Después a las rodillas.
Después a la cintura.
Seguimos avanzando.
El agua llega al pecho.
Después al cuello.
Hasta que finalmente dejamos de tocar el fondo.
En ese momento ocurre algo curioso.
El agua, que hasta entonces nos permitía movernos, comienza a convertirse también en aquello que puede ahogarnos.
Algo parecido puede ocurrir con la información.
Durante siglos luchamos contra su escasez.
Hoy debemos aprender también a enfrentar su abundancia.
Byung-Chul Han utilizó una imagen parecida.
Habla de un verdadero tsunami de información producido por la digitalización y sostiene que este nuevo régimen informacional está transformando no solamente nuestra vida cotidiana sino también la política y la democracia.
Han le puso un nombre.
Infocracia.
Y esa palabra merece que nos detengamos.
¿Qué significa infocracia?
Sería demasiado sencillo traducirla como “gobierno de la información”.
La idea es más profunda.
Han sostiene que estamos atravesando una transformación en la forma en que funciona el poder.
Foucault había estudiado una sociedad disciplinaria.
Fábricas.
Escuelas.
Hospitales.
Cuarteles.
Prisiones.
Instituciones que organizaban cuerpos, tiempos, espacios y comportamientos.
Había horarios.
Reglas.
Jerarquías.
Vigilancia.
El cuerpo debía ser disciplinado.
Pero el capitalismo informacional necesita algo diferente.
Necesita comunicación.
Necesita participación.
Necesita circulación.
Necesita actividad.
Necesita que toquemos la pantalla.
Que opinemos.
Que publiquemos.
Que busquemos.
Que reaccionemos.
Que compartamos.
Han sostiene precisamente que el nuevo régimen informacional no funciona simplemente reprimiendo la libertad, sino que puede utilizar esa sensación de libertad como parte de su propio funcionamiento: mientras nos expresamos y comunicamos, dejamos rastros de comportamiento que pueden ser registrados, analizados y utilizados.
Platón jamás habría podido imaginar una sola caverna, sino millones de cavernas: cada una con una pared diferente
Entonces aparece una diferencia extraordinaria.
El viejo poder decía:
“Callate.”
El nuevo sistema muchas veces parece decir:
“Hablá.”
Hablá mucho.
Contanos qué te gusta.
Qué odiás.
Qué querés comprar.
Qué te indigna.
Qué te emociona.
Qué deseás.
Qué buscás a las tres de la mañana.
Qué mirás durante veinte segundos.
Qué abandonás después de dos.
Con quién discutís.
A quién seguís.
Dónde hacés clic.
Qué compartís.
Qué eliminás.
Seguí hablando.
Nosotros escuchamos.
Entonces comprendemos por qué Foucault todavía no podía abandonar nuestra historia.
En el panóptico había una torre.
El prisionero nunca sabía si estaba siendo observado.
Por eso terminaba comportándose como si siempre lo estuvieran mirando.
Pero nuestro dispositivo es diferente.
Nosotros sabemos que dejamos datos.
Aceptamos condiciones.
Utilizamos aplicaciones.
Activamos ubicaciones.
Publicamos fotografías.
Registramos nuestras actividades.
Llevamos relojes que cuentan pasos.
Teléfonos que conocen recorridos.
Plataformas que registran preferencias.
Y sin embargo, seguimos experimentando todo aquello fundamentalmente como libertad.
Porque nadie nos obligó a subir la foto.
Nadie nos obligó a comentar.
Nadie nos obligó a mirar aquel video.
Y probablemente sea cierto.
Pero la pregunta de esta saga nunca fue si alguien controla completamente nuestra voluntad.
La pregunta es otra.
¿Qué ocurre con las condiciones dentro de las cuales construimos nuestras decisiones?
Volvamos a la fórmula
Desde la primera entrega venimos trabajando con una hipótesis.
I + S + E = Pr → C
Información + Subjetividad + Entorno = Percepción de la realidad → Conocimiento
Nunca pretendí afirmar que esa fórmula explicara completamente el funcionamiento de la mente humana.
Sería absurdo.
La mente es muchísimo más compleja.
La fórmula intenta representar otra cosa.
Un problema.
No accedemos directamente a la totalidad de la realidad.
Recibimos información.
Esa información atraviesa nuestra subjetividad.
Nuestra historia.
Nuestros valores.
Nuestros miedos.
Nuestros deseos.
Nuestros conocimientos.
Nuestros prejuicios.
Y todo eso ocurre dentro de un entorno.
Familia.
Escuela.
Trabajo.
Barrio.
Cultura.
Instituciones.
Medios.
Economía.
Política.
Pero ahora debemos incorporar algo que hace dos décadas tenía muchísimo menos peso.
El entorno digital personalizado.
Porque el entorno ya no es exactamente igual para todos.
Imaginemos dos vecinos.
Viven en el mismo edificio.
Pagan el mismo alquiler.
Compran en el mismo supermercado.
Viajan en el mismo colectivo.
Trabajan a pocas cuadras.
Padecen la misma inflación.
Votan en la misma elección.
Aparentemente habitan la misma realidad.
Pero cada noche uno toma su teléfono.
EL otro también.
Durante dos horas cada uno atraviesa un universo informativo diferente.
Uno recibe permanentemente noticias sobre inseguridad.
Robos.
Asesinatos.
Entraderas.
Violencia.
El otro recibe noticias sobre desempleo.
Precarización.
Desigualdad.
Concentración económica.
Salarios.
Ambos contenidos pueden referirse a problemas reales.
Pero después de seis meses ocurre algo.
Preguntémosles:
—¿Cuál es el principal problema del país?
Probablemente sus respuestas sean diferentes.
No necesariamente porque uno esté manipulado y el otro no.
No necesariamente porque alguno sea más inteligente.
No necesariamente porque uno mienta.
Quizás simplemente estuvieron mirando fragmentos diferentes de la misma realidad.
Ahora multipliquemos esa situación por millones de personas.
Y aparece algo que Platón jamás habría podido imaginar.
No una caverna.
Millones de cavernas.
Cada una con una pared diferente.

El algoritmo no necesita conocerte
Aquí también debemos evitar las exageraciones.
Un algoritmo no nos conoce cómo nos conoce nuestra madre.
No conoce nuestros recuerdos.
No comprende completamente nuestras contradicciones.
No sabe realmente quiénes somos.
No lee nuestra conciencia.
Pero quizá no necesite hacerlo.
Puede alcanzar con algo mucho más modesto.
Predecir probabilidades.
Si miraste determinados contenidos, quizás tengas más posibilidades de detenerte frente a otros.
Si reaccionaste ante determinada noticia, quizá otra similar consiga retenerte.
Si compraste cierto producto, tal vez te interese otro.
Si permaneciste cuarenta segundos frente a un video y apenas dos frente a otro, eso también es información.
Una señal.
No necesita saber por qué.
Le alcanza con encontrar patrones.
Entonces recomienda.
Nosotros reaccionamos.
Y allí comienza algo que creo que debemos incorporar a nuestra fórmula.
Hasta ahora nuestra fórmula terminaba en conocimiento.
I + S + E = Pr → C
Pero vivimos.
Decidimos.
Actuamos.
Entonces podríamos agregar:
I + S + E → Pr → C → A
A = Acción.
Pero en el universo digital muchas de nuestras acciones dejan otra cosa.
Datos.
Entonces:
I + S + E → Pr → C → A → D
D = Datos.
Pero esos datos no quedan necesariamente quietos.
Pueden ser procesados.
Clasificados.
Comparados.
Utilizados para modificar aquello que posteriormente veremos.
Y entonces descubrimos algo.
Los datos vuelven al Entorno.
La línea comienza a curvarse.
I + S + E → Pr → C → A → D ↺ E
Ahora ya no tenemos solamente una fórmula.
Tenemos un circuito.
Para impedir que algo sea visto no siempre hace falta esconderlo. A veces alcanza con rodearlo de ruido
El entorno influye sobre nuestra percepción.
Nuestra percepción participa en nuestras decisiones.
Nuestras decisiones producen comportamiento.
El comportamiento produce datos.
Y esos datos pueden contribuir a reorganizar nuestro entorno informativo.
Después volvemos a mirar.
Reaccionamos.
Producimos nuevos datos.
Y el circuito comienza otra vez.
Entonces aparece una posibilidad inquietante:
la percepción puede terminar alimentando al sistema que posteriormente participa en organizar las condiciones de nuestra próxima percepción.
Quizás podamos imaginarlo como un espejo.

Nos paramos delante.
Miramos.
El espejo registra nuestra mirada.
Después cambia ligeramente aquello que refleja.
Nosotros volvemos a mirar.
El espejo vuelve a registrar.
Vuelve a cambiar.
Poco a poco ocurre algo extraño.
Ya no sabemos exactamente cuánto de aquello que estamos observando pertenece al mundo…
y cuánto pertenece a aquello que el espejo aprendió, que queremos mirar.
Eso no significa que la realidad haya desaparecido.
La guerra sigue existiendo.
La pobreza existe.
La inflación existe.
La violencia existe.
Los trabajadores existen.
Las empresas existen.
Los gobiernos existen.
Los intereses existen.
La realidad no desaparece porque exista un algoritmo.
El problema es nuestro acceso a ella.
Porque nuevamente volvemos a verla mediante fragmentos.
Pero existe un problema previo.
Para que cualquier información llegue a nuestra percepción primero debe atravesar una puerta.
Nuestra atención.
Y aquí encontramos quizá el recurso más escaso del siglo XXI.
No el petróleo.
No el litio.
No los datos.

Nuestro tiempo consciente.
Las grandes plataformas compiten por él.
Cada minuto que permanecemos dentro de una aplicación importa.
Por eso aparecen sistemas extraordinariamente eficaces para conseguir que continuemos.
Scroll infinito.
Reproducción automática.
Notificaciones.
Recomendaciones.
Alertas.
Recompensas variables.
Videos cada vez más breves.
Una cosa detrás de otra.
No necesariamente existe detrás de cada decisión una intención política.
Muchas veces existe algo mucho más sencillo.
Un modelo de negocio.
Pero allí aparece una cuestión fundamental.
Un incentivo económico puede producir consecuencias políticas sin haber sido creado originalmente con una finalidad política.
Porque aquello que consigue nuestra atención también consigue una oportunidad para intervenir en nuestra percepción.
Lo importante no es solamente qué vemos
Durante mucho tiempo pensamos la manipulación informativa preguntándonos:
¿Esto es verdadero o falso?
Es una pregunta imprescindible.
Pero insuficiente.
Porque puede existir manipulación utilizando información verdadera.
Seleccionando.
Jerarquizando.
Repitiendo.
Descontextualizando.
Amplificando.
Silenciando mediante saturación.
Supongamos que en una ciudad ocurrieron cien acontecimientos.
Un medio selecciona diez.
Una plataforma nos muestra tres.
Nosotros prestamos atención a uno.
Nada necesariamente fue inventado.
Pero nuestra percepción de ese día terminó construida alrededor de uno entre cien acontecimientos posibles.
Entonces necesitamos agregar otras preguntas.
¿Por qué vi esto?
¿Por qué ahora?
¿Por qué tantas veces?
¿Por qué desapareció aquello?
¿Quién estableció la jerarquía?
¿Qué hechos quedaron fuera?
¿Qué contexto falta?
Quizás la gran disputa informativa contemporánea ya no consista solamente en decidir qué es verdad.
Consista también en decidir qué consigue existir dentro de nuestra atención.
Pensemos otra vez en Goebbels.
Si quería eliminar una idea podía prohibir un libro.
Quemarlo.
Cerrar un diario.
Perseguir al periodista.
Silenciar una radio.
La censura era brutal.
Visible.
Reconocible.
Pero imaginemos otra posibilidad.
El libro existe.
Nadie lo prohibió.
El periodista publicó.
La investigación está disponible.
El documento puede consultarse.
La información permanece allí.
Pero delante aparecen:
una polémica,
un escándalo,
tres videos,
catorce notificaciones,
una pelea,
dos memes,
una publicidad,
otro escándalo,
otra indignación.
Y cuando finalmente podríamos llegar al documento…
estamos agotados.
No hizo falta quemarlo.
Simplemente nunca llegamos hasta él.
Entonces aparece una forma completamente diferente de invisibilidad.
No la prohibición.
La saturación.
Quizás ésta sea una de las intuiciones más inquietantes de la infocracia.
Para impedir que algo sea visto no siempre hace falta esconderlo.
A veces alcanza con rodearlo de ruido.
Aquí aparece otra asimetría.
La verdad necesita tiempo.
Una investigación seria requiere tiempo.
Verificar un dato necesita tiempo.
Comprender una estadística necesita contexto.
Comparar fuentes requiere atención.
Aceptar la incertidumbre también.
El viejo poder decía: “Callate”. El nuevo sistema muchas veces parece decir: “Hablá”
La verdad muchas veces dice:
“Todavía no sabemos.”
“Hay varias causas.”
“La evidencia es parcial.”
“Esto necesita contexto.”
“No podemos afirmarlo todavía.”
Pero el ecosistema digital premia otra temporalidad.
Ahora.
Ya.
Urgente.Escándalo.Indignación.Compartilo.Reaccioná.
Han advierte precisamente que la velocidad de la comunicación digital perjudica las prácticas lentas que necesita la deliberación democrática. Una información falsa puede haber recorrido millones de pantallas mucho antes de que un proceso de verificación consiga alcanzarla.
Y aquí aparece una frase brutalmente sencilla.
La mentira puede necesitar segundos.
La verdad, a veces, necesita páginas.
¿Quién tiene ventaja dentro de una pantalla que cambia cada cinco segundos?

No pensamos: reaccionamos
Abrimos una noticia.
Ni siquiera terminamos de leerla.
Nos indigna.
Comentamos.
Otro responde.
Contestamos.
Alguien nos insulta.
Nosotros devolvemos el insulto.
La discusión crece.
Cinco minutos después ya nadie habla del acontecimiento inicial.
Ahora defendemos nuestra identidad.
Nuestro grupo.
Nuestra posición.
Nosotros.
Ellos.
La información dejó de ser información.
Se convirtió en estímulo.
Y el estímulo produjo reacción.
Esto importa.
Porque una democracia necesita algo distinto a una multitud de reacciones.
Necesita ciudadanos capaces de argumentar.
Escuchar.
Dudar.
Cambiar de opinión.
Aceptar un dato incómodo.
Reconocer una contradicción.
Pero todas esas operaciones tienen un enemigo común.
La velocidad.
Pensar consume tiempo.
Reaccionar no.
Hay contenidos que consiguen nuestra atención con especial facilidad.
Peligro.
Novedad.
Recompensa.
Indignación.
Miedo.
Sorpresa.
No es necesario atribuir todo esto a una conspiración.
Nuestro cerebro posee mecanismos atencionales desarrollados para detectar aquello que puede ser relevante.
El problema aparece cuando un ecosistema económico aprende a competir sistemáticamente por esos mecanismos.
Entonces determinadas emociones adquieren valor.
La indignación retiene.
El miedo retiene.
La polémica retiene.
La sorpresa retiene.
Y nuestra subjetividad entra dentro del circuito económico.
Esto nos devuelve nuevamente a nuestra fórmula.
Información.
Subjetividad.
Entorno.
La Información puede ser seleccionada.
La Subjetividad puede ser estimulada.
El Entorno puede ser personalizado.
Y las tres confluyen en nuestra Percepción.
Quizás por eso la batalla cognitiva no consiste simplemente en transmitir ideas.
Consiste en intervenir sobre las condiciones dentro de las cuales determinadas ideas empiezan a parecernos razonables.
Goebbels tenía un problema que nosotros ya no tenemos
Necesitaba fabricar un mensaje para millones.
El mismo cartel.
La misma radio.
El mismo enemigo.
La misma consigna.
La propaganda era masiva.
Hoy es posible algo diferente.
Una persona puede recibir un mensaje sobre inmigración.
Otra sobre impuestos.
Otra sobre inseguridad.
Otra sobre feminismo.
Otra sobre corrupción.
Otra sobre desempleo.
Otra sobre religión.
Cada una recibe aquello que tiene mayores probabilidades de activar su propia sensibilidad.
No hay necesariamente un único relato.
Puede haber miles.
Y todos pueden conducir a determinados comportamientos.
Entonces la propaganda deja de parecer propaganda.
Porque ya no escuchamos un discurso oficial.
Vemos algo que parece hecho para nosotros.
Hay una palabra hermosa para venderlo.
La personalización
Tu música.Tus noticias.Tus recomendaciones.Tus intereses.Tus amigos.Tu mundo.
Parece libertad.
Y muchas veces efectivamente mejora nuestra experiencia.
Sería absurdo negarlo.
Pero existe una pregunta que debemos hacernos.
¿Qué ocurre cuando personalizamos también nuestra percepción del espacio público?
La política necesita algo común.
Hechos mínimamente compartidos.
Problemas compartidos.
Un lenguaje compartido.
No necesitamos estar de acuerdo.
La democracia existe precisamente porque no lo estamos.
Pero para discutir sobre una mesa necesitamos al menos reconocer que existe la mesa.
¿Qué sucede cuando cada uno recibe durante años una realidad diferente?
Ahí la discrepancia política puede transformarse en algo muchísimo más profundo.
No discutimos sobre cómo resolver el mismo problema.
Discutimos sobre qué realidad existe.
Volvamos a nuestros vecinos.
Uno dice:
—El país está siendo destruido.
El otro responde:
—Estamos mejor que nunca.
Ambos se miran.
No entienden cómo el otro puede ser tan ignorante.
Tan ciego.
Tan manipulado.
Tan estúpido.
Entonces ocurre algo peligroso.
Dejamos de discutir argumentos.
Empezamos a discutir inteligencias.
Moralidades.
Identidades.
El otro ya no está equivocado.
El otro es el problema.
Y en ese momento reaparece una sombra de nuestra tercera entrega.
Porque toda construcción del enemigo comienza con una operación elemental.
Dejar de preguntarnos por qué el otro piensa diferente.
Y comenzar a explicar su pensamiento mediante una descalificación.
Idiota.
Ignorante.
Corrupto.
Fascista.
Comunista.
Vendepatria.
Enemigo.
Cuando desaparece la curiosidad por comprender…
empieza la deshumanización.
Quizás ésa sea una de las victorias del sistema
Una sociedad dividida puede producir cantidades extraordinarias de interacción.
Discutimos.
Comentamos.
Compartimos.
Denunciamos.
Respondemos.
Cada conflicto genera actividad.
Cada actividad genera información.
Cada información genera datos.
Los datos vuelven al sistema.
I + S + E → Pr → C → A → D ↺ E
Otra vez el círculo.
Y mientras discutimos sobre aquello que aparece en nuestras pantallas…
hay una pregunta que casi nunca hacemos:
¿Por qué estamos discutiendo precisamente sobre esto?
Ésa puede ser una de las formas más sutiles de poder.
No decirnos qué debemos pensar sobre un problema.
Conseguir que durante una semana todos pensemos en ese problema.
Podemos estar a favor.
En contra.
Podemos insultarnos.
Discutir.
Dividirnos.
Pero la agenda ya fue establecida.
Mientras tanto otras cuestiones desaparecen.
Entonces la batalla por la mente tiene al menos dos niveles.
Uno visible:
qué pensamos.
Otro anterior:
sobre qué pensamos.
Y quizás exista todavía uno más profundo:
durante cuánto tiempo somos capaces de pensar en algo antes de que aparezca el siguiente estímulo.
Ahora imaginemos terminar el día.
Cientos de mensajes.
Decenas de noticias.
Videos.
Problemas.
Guerras.
Escándalos.
Discusión política.
Inflación.
Violencia.
Catástrofes.
Cambio climático.
Despidos.
Elecciones.
Corrupción.
Todo parece urgente.
Todo parece enorme.
Todo parece ocurrir simultáneamente.
¿Qué hacemos?
A veces nada.
No porque seamos indiferentes.
Porque estamos agotados.
Y quizás allí encontremos una consecuencia que tendremos que explorar más adelante.
La sobreinformación puede producir algo paradójico.
En lugar de movilización…
parálisis.
Sabemos.
Nos indignamos.
Compartimos.
Pero no actuamos.
Al día siguiente llega otro tema.
Después otro.
Y otro.
Y…..OTRO…..
Hasta que aparece una de las frases más peligrosas de nuestro tiempo.
¿Para qué participar?
¿Para qué organizarse?
¿Para qué discutir?
¿Para qué intentar cambiar algo?
SI NADA CAMBIA.
Todos son iguales.
No sirve.
Pero todavía no llegamos allí.
Esa será otra parte de nuestra batalla.
Hay algo profundamente contracultural en sentarse frente a un texto largo.
Leerlo.
Subrayarlo.
Volver atrás.
Buscar una fuente.
Comparar.
Pensar.
No reaccionar inmediatamente.
Decir:
“Necesito entenderlo mejor.”
En nuestro tiempo eso casi parece un acto de rebeldía.
La democracia necesita esa lentitud.
Porque gobernar una sociedad implica problemas complejos.
Economía.
Educación.
Salud.
Trabajo.
Seguridad.
Ambiente.
Tecnología.
No caben completamente en quince segundos.
Una política pública no puede evaluarse seriamente mediante un meme.
Una estadística necesita contexto.
Una ley necesita lectura.
Una guerra necesita historia.
Una sociedad necesita memoria.
Y aquí quizá encontremos uno de los conflictos fundamentales entre la lógica democrática y la lógica informacional.
La democracia necesita tiempo.La información digital necesita velocidad.
Entonces quizás la resistencia cognitiva comience con algo aparentemente insignificante.
Detenerse.
No compartir inmediatamente.
Leer antes de comentar.
Buscar quién produjo la información.
Preguntar qué falta.
Comparar fuentes.
Salir deliberadamente del recorrido recomendado.
Escuchar una posición que no nos confirma.
Recuperar el derecho a aburrirnos.
A estar en silencio.
Pensar una idea durante más de treinta segundos.
Porque si alguien administra constantemente nuestra atención…
también administra una parte de nuestro tiempo.
Y nuestro tiempo no es un recurso cualquiera.
Nuestro tiempo es nuestra vida.
Y entonces, casi inesperadamente, vuelve a aparecer una institución que algunos consideran vieja.
La biblioteca.

Durante siglos pensamos que una biblioteca servía para guardar información.
Pero ¿qué ocurre cuando el problema ya no es la falta de información?
¿Qué ocurre cuando tenemos demasiada?
Quizás entonces la función de la biblioteca cambie.
Ya no solamente acceder.
Orientarse.
Elegir.
Contextualizar.
Verificar.
Comparar.
Conversar.
La biblioteca puede transformarse en un lugar donde recuperar aquello que el ecosistema digital nos quita permanentemente.
Tiempo.
Silencio.
Contexto.
Comunidad.
Pensamiento.
Y especialmente las Bibliotecas Populares pueden asumir una tarea completamente nueva.
Convertirse en espacios de soberanía cognitiva.
No para decirle a una comunidad qué debe pensar.
Eso sería sustituir una propaganda por otra.
Sino para devolverle herramientas para pensar por sí misma.
¿Cómo funciona un algoritmo?
¿Cómo sabemos quién financió una información?
¿Cómo verificamos una fotografía?
¿Cómo leemos una estadística?
¿Cómo reconocemos una operación emocional?
¿Cómo distinguimos hechos de interpretaciones?
¿Cómo discutimos sin transformar al otro en enemigo?
Eso es muchísimo más que alfabetización digital.
Es alfabetización democrática.
Tal vez ahora podamos entender algo que Platón dejó abierto hace dos mil años.
Salir de la caverna nunca significó simplemente recibir más información.
Los prisioneros ya veían información.
Veían sombras.
Salir implicaba algo diferente.
Descubrir que aquello que observábamos era solamente una representación parcial de algo mayor.
Quizás ésa sea también nuestra tarea.
No apagar todas las pantallas.
No abandonar Internet.
No rechazar la tecnología.
Eso sería absurdo.
La tecnología también amplió enormemente nuestras posibilidades de conocimiento y organización.
La tarea es aprender a mirar la pantalla sabiendo que es una ventana.
No el mundo.
Un fragmento.
No la totalidad.
Una selección.
No la realidad completa.
Comenzamos esta saga preguntándonos:
¿Quién mueve las sombras?
Con Foucault preguntamos:
¿Qué sucede cuando el poder consigue que nos vigilemos a nosotros mismos?
Con Goebbels vimos algo todavía más oscuro:
¿Qué ocurre cuando una sociedad aprende a mirar a otro ser humano como enemigo?
Ahora Han nos obliga a formular una pregunta distinta.
¿Qué sucede cuando existen tantas sombras que ya no podemos distinguir cuál mirar?
Porque quizá la infocracia no necesite impedirnos hablar.
Puede conseguir que hablemos permanentemente.
No necesita impedirnos informarnos.
Puede conseguir que recibamos información permanentemente.
No necesita escondernos cada verdad.
Puede conseguir que cada verdad tenga que competir contra millones de estímulos.
No necesita construir una única caverna.
Puede ofrecernos una diferente a cada uno.
Y mientras nosotros creemos estar recorriendo libremente el mundo…
una arquitectura invisible aprende de cada movimiento.
Nos muestra.
Miramos.
Registramos.
Reaccionamos.
Dejamos datos.
Vuelve a mostrarnos.
I + S + E → Pr → C → A → D ↺ E.
El círculo se cierra.
O quizás recién empieza.
Es de noche.
La misma persona que esta mañana despertó mirando el teléfono vuelve a acostarse.
La habitación está oscura.
El dispositivo ilumina su rostro.
Desliza.
Una noticia.
Otra.
Otra.
Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.Otra.
De pronto se detiene.
En la pantalla aparece algo que le interesa.
No sabe por qué apareció.
Tampoco sabe cuántas otras cosas quedaron afuera para que precisamente ésa llegara hasta él.
Mira.
El sistema registra.
Permanece ocho segundos.
Después doce.
Después treinta.
Finalmente desliza el dedo.
La imagen desaparece.
Pero algo quedó.
Un dato.
Una pequeña información sobre esa persona.
En algún lugar una máquina acaba de aprender algo.
Muy poco.
Una probabilidad.
Una correlación.
Un patrón.
Nada parecido a una conciencia.
Nada parecido a una mente.
Pero quizás suficiente para elegir un poco mejor aquello que le mostrará mañana.
La persona apaga el teléfono.
La habitación queda completamente oscura.
Durante algunos segundos no ocurre nada.
O eso creemos.
Porque aquella pequeña acción acaba de incorporarse a una red gigantesca.
Millones de personas.
Millones de máquinas.
Instituciones.
Empresas.
Estados.
Medios.
Algoritmos.
Inteligencias artificiales.
Todos intercambiando información.
Todos conectados.
Y entonces aparece la pregunta que nos llevará hasta nuestra próxima entrega.
Porque quizás llevamos demasiado tiempo preguntando quién controla la información.
Tal vez debamos empezar a observar algo más grande.
La red que la conecta.
Una red puede transmitir información.
Puede almacenarla.
Puede clasificarla.
Puede decidir qué camino recorre.
Puede aprender.
Y algún día puede comenzar a tomar decisiones que ningún individuo tomó por separado.
Entonces la pregunta deja de ser:
¿Quién mueve las sombras?
Y se convierte en algo mucho más inquietante.
¿Qué ocurre cuando la red empieza a moverlas sola?
Próxima entrega de La batalla por la mente
NEXUS

Cuando la información deja de ser solamente un mensaje y la red comienza a convertirse en poder.
Yuval Noah Harari y una pregunta que ya no pertenece al futuro: qué sucede cuando nuestras redes de información empiezan a tomar decisiones que ningún ser humano comprende por completo.