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LA BATALLA POR LA MENTE – 2° Entrega: “El poder que no necesita dar órdenes”.Por Oscar Rodríguez

El autor analiza cómo las formas de control descritas por Michel Foucault mutaron hasta instalarse en nuestra propia mente y donde la vigilancia impone  autorregularnos

Por Oscar Rodríguez

LA BATALLA POR LA MENTE – Una saga sobre información, poder y construcción de la realidad Por Oscar Rodríguez

ENTREGA II

“El poder que no necesita dar órdenes”.

En la entrega anterior abandonamos una caverna. O al menos eso creíamos.

Habíamos dejado atrás a aquellos hombres imaginados por Platón, condenados a observar sombras proyectadas sobre una pared.

Pero antes de salir apareció una pregunta. Una pregunta incómoda.

¿Quién mueve las sombras?

 Y mientras intentábamos responder descubrimos que aquella caverna quizás no era solamente un lugar.

Era también una forma de representar algo que ocurre dentro de nosotros.

Porque entre aquello que sucede y aquello que finalmente comprendemos existe un territorio.

Un espacio donde la información se mezcla con nuestra historia, nuestros temores, nuestras experiencias, nuestros valores y el mundo que nos rodea.

Allí habíamos encontrado nuestra primera fórmula:

I + S + E = Pr → C

Información + Subjetividad + Entorno = Percepción de la realidad → Conocimiento

 Pero quedaba una pregunta abierta.

Si el entorno participa en la construcción de nuestra percepción…

¿Qué ocurre cuando alguien consigue intervenir sobre ese entorno?

Para intentar responder tendremos que entrar en otro lugar. No será una caverna.

Esta vez será una prisión. Pero existe una diferencia.

Las celdas de esta prisión no están construidas con piedra. No tienen barrotes.

No tienen cerraduras.

Porque cada una de ellas se encuentra dentro de una mente.

La nuestra.

Imaginemos una enorme prisión circular. En el centro hay una torre.

Alrededor de ella, cientos de celdas. Desde cada celda puede verse la torre.

Pero desde la celda no puede saberse con certeza qué ocurre dentro de ella. Quizás alguien esté observando.

Quizás no.

El prisionero no puede saberlo. Puede mirar hacia la torre.

Puede intentar adivinar.

Puede buscar una sombra detrás de una ventana. Pero nunca tendrá certeza.

Y entonces sucede algo extraordinario.

Al principio se comportará correctamente porque teme estar siendo observado.

Después comenzará a evitar determinadas conductas. Después corregirá algunos movimientos.

Aprenderá horarios. Incorporará rutinas. Repetirá comportamientos.

Hasta que llegará un momento en que la presencia efectiva del vigilante será casi secundaria. Porque la posibilidad de ser observado habrá comenzado a instalarse dentro de él.

La torre ya no necesitará estar ocupada permanentemente. El prisionero habrá aprendido a vigilarse solo.

Esta arquitectura fue imaginada a finales del siglo XVIII por el filósofo y jurista inglés Jeremy Bentham.

No necesitamos imaginar una gigantesca torre en el centro de una prisión. La llevamos en el bolsillo»

La llamó:

Panóptico.

Mucho tiempo después, Michel Foucault encontró allí algo muchísimo más importante que un proyecto carcelario.

Encontró una forma de pensar el poder moderno.

El hombre que descubrió una prisión invisible

Michel Foucault nació en Francia en 1926.

Filósofo, historiador de las ideas y uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, dedicó buena parte de su obra a estudiar algo que generalmente permanecía escondido detrás de las grandes instituciones.

El poder.

Pero Foucault hizo una pregunta diferente.

Durante siglos habíamos imaginado el poder de una manera bastante sencilla. Un rey.

Un ejército. Una policía. Una ley.

Una orden. Alguien manda. Otro obedece.

El poder parece venir desde arriba. Puede prohibir.

Puede castigar. Puede encarcelar. Puede incluso matar.

Pero Foucault observó que las sociedades modernas habían desarrollado mecanismos mucho más sutiles.

El poder no solamente prohibía. También:

observaba. clasificaba. comparaba. examinaba. corregía. normalizaba.

Y sobre todo, producía determinadas formas de comportamiento. La escuela organizaba pupitres.

La fábrica organizaba trabajadores. El cuartel organizaba soldados.

El hospital organizaba pacientes. La prisión organizaba condenados.

Cada institución distribuía cuerpos en el espacio. Determinaba horarios.

Establecía rutinas. Registraba conductas. Evaluaba rendimientos. Comparaba individuos.

Premiaba algunos comportamientos. Corregía otros.

La disciplina no necesitaba aparecer siempre bajo la forma brutal del castigo. Podía funcionar de manera mucho más silenciosa.

Hasta instalarse en los hábitos. Entramos ahora en nuestra prisión. Pero recordemos algo.

Esta prisión está dentro de la mente. Abrimos la primera puerta.

Encontramos a un niño.

Está sentado frente a un pupitre. Levanta la mano antes de hablar. Espera su turno.

Aprende cuándo puede levantarse. Cuándo debe permanecer sentado. Cuándo empieza una clase.

Cuándo termina.

¿Qué sucede cuando las sombras aprenden quién las está mirando?»

Qué respuesta se considera correcta.

Qué comportamiento recibe una felicitación. Qué comportamiento recibe una sanción.

Nada de esto significa necesariamente que la escuela sea una institución destinada a oprimir. Sería una simplificación injustificable del pensamiento de Foucault.

La cuestión es más profunda.

Las instituciones no solamente transmiten conocimientos. También producen hábitos.

Rutinas. Categorías.

Formas de organizar el tiempo. Formas de ordenar los cuerpos. Formas de evaluar a las personas.

En algún momento aparece una palabra aparentemente inocente:

normal.

 El alumno normal.

El comportamiento normal. El rendimiento normal.

El peso normal.

La conducta normal. La sexualidad normal.

La productividad normal. La familia normal.

Y detrás de esa palabra aparece inevitablemente otra.

Anormal.

Entonces comenzamos a comprender algo. El poder no necesita decir permanentemente:

—Hacé esto.

Puede conseguir algo todavía más eficaz.

Puede participar en la construcción de aquello que nosotros mismos consideraremos razonable hacer.

Seguimos caminando. Llegamos a otra celda. Hay una mesa.

Un papel.

Una persona responde preguntas. Es un examen.

Parece algo completamente cotidiano.

Pero Foucault observó que el examen reúne dos operaciones fundamentales.

Observar.

Y clasificar.

El examen no solamente determina cuánto sabe alguien. También lo compara.

Lo ubica. Lo registra.

Lo convierte en información. Aprobado.

Desaprobado.

Excelente. Regular.

Normal. Problemático. Apto.

No apto.

Cada individuo comienza a transformarse en un conjunto de características observables. Un expediente.

Una ficha.

Una historia clínica. Una calificación.

Un legajo.

Un diagnóstico. Un registro.

El poder moderno descubrió que conocer a los individuos permitía también administrarlos. Y allí nuestra batalla comienza a acercarse peligrosamente al presente.

Muchas veces terminamos convirtiéndonos simultáneamente en prisionero, vigilante y juez de nosotros mismos»

Porque algo cambió.

Las instituciones del siglo XIX necesitaban observar a las personas para producir información sobre ellas.

Nosotros hacemos algo diferente.

Muchas veces producimos esa información voluntariamente. Salimos de aquella celda.

El pasillo cambia.

Las paredes desaparecen. Ya no estamos en una cárcel.

Estamos en una casa. Una persona se despierta.

Antes de levantarse mira su teléfono. Observa mensajes.

Noticias. Notificaciones. Videos.

Comentarios.

Después sale de su casa. El teléfono viaja con ella. Sabe dónde estuvo.

Qué buscó. Qué compró.

Qué música escuchó.

Qué publicación detuvo su dedo durante algunos segundos. Qué video abandonó inmediatamente.

Qué persona comenzó a seguir. Qué comentario decidió escribir.

Qué comentario escribió y después borró. Qué fotografía miró.

Qué noticia compartió. Qué producto buscó.

Qué tema consiguió mantener su atención.

No necesitamos imaginar una gigantesca torre en el centro de una prisión.

La llevamos en el bolsillo.

Pero aquí debemos hacer una distinción importante. Foucault no conoció las redes sociales.

Murió en 1984.

No conoció Facebook. No conoció TikTok.

No conoció los teléfonos inteligentes.

No conoció los sistemas contemporáneos de inteligencia artificial.

Por lo tanto, sería incorrecto afirmar que describió nuestra sociedad digital. No lo hizo.

Lo que sí hizo fue proporcionarnos herramientas conceptuales extraordinariamente poderosas para formular preguntas sobre ella.

Y quizás una de las más importantes sea esta:

¿Qué ocurre cuando la observación deja de ser excepcional y se incorpora a nuestra vida cotidiana?

Bentham imaginó al prisionero mirando hacia la torre. Pero ahora imaginemos algo diferente.

La torre comienza a observar. Aprende.

Registra.

Acumula información sobre cada prisionero. Descubre qué lo asusta.

Qué lo tranquiliza.

Qué despierta su curiosidad. Qué lo indigna.

Qué consigue retener su atención. Qué personas le resultan confiables. Qué temas despiertan rechazo.

Qué cosas desea.

Y entonces ocurre algo que el Panóptico original no podía hacer. La torre comienza a modificar lo que cada celda puede ver.

A uno le muestra una cosa. A otro, otra.

Una noticia. Un video.

Una publicidad.

Una recomendación. Una indignación.

Un miedo.

Una confirmación. Una promesa.

El poder no necesita decir permanentemente ‘hacé esto’; puede participar en la construcción de aquello que nosotros mismos consideraremos razonable hacer»

Cada prisionero continúa mirando el mundo.

Pero ya no necesariamente observa las mismas sombras que el prisionero de la celda vecina. Y aquí nuestra fórmula vuelve a aparecer.

I + S + E = Pr → C

Sabíamos que la Información, atravesada por nuestra Subjetividad y nuestro Entorno, participaba en la construcción de nuestra Percepción de la realidad.

Pero ahora aparece una nueva posibilidad.

El entorno puede observar nuestras respuestas. Puede registrar nuestras conductas.

Puede aprender de ellas.

Y con ese conocimiento puede intervenir nuevamente sobre la información que recibiremos. Entonces aparece un circuito.

Recibimos información.

Reaccionamos.

Nuestra reacción produce información sobre nosotros. Esa información permite conocernos mejor.

Y aquello que se aprende sobre nosotros puede utilizarse para seleccionar parte de la información que recibiremos después.

El proceso vuelve a comenzar. Y vuelve a comenzar.

Y vuelve a comenzar.

La pregunta deja entonces de ser solamente:

¿Quién mueve las sombras?

Ahora debemos agregar otra:

¿Qué sucede cuando las sombras aprenden quién las está mirando?

Pero la historia todavía tiene otra capa. Quizás la más inquietante.

Porque no solamente sabemos que podemos ser observados. También sabemos que podemos ser observados por los demás. Elegimos una fotografía.

La descartamos. Elegimos otra.

Pensamos qué escribir. Borramos.

Volvemos a escribir. Publicamos.

Esperamos.

Alguien coloca un corazón. Otro comenta.

Otro ignora.

Miramos cuántas personas observaron la publicación. Comparamos.

Evaluamos. Corregimos. Volvemos a publicar.

Poco a poco podemos comenzar a modificar nuestra propia conducta frente a una mirada que ni siquiera necesita estar presente.

¿Qué van a pensar?

¿Esto tendrá suficientes «me gusta»?

¿Esta fotografía me favorece?

¿Esto puede perjudicarme?

¿Conviene decirlo?

¿Conviene callarlo?

¿Debería mostrar esto?

¿Debería ocultarlo?

La torre comienza a desaparecer.

Porque una parte de ella ya vive dentro de nosotros. Nos observamos.

Nos evaluamos.

Nos comparamos. Nos corregimos.

Nos presentamos ante los demás de determinada manera.

Y muchas veces terminamos convirtiéndonos simultáneamente en:

prisionero, vigilante

y

juez de nosotros mismos.

Pero cuidado

Aquí sería muy sencillo caer en una explicación tranquilizadora. Imaginar un gigantesco controlador.

Una habitación oscura.

Un grupo de personas manipulando cada pensamiento. Una conspiración perfecta.

Pero el problema real es mucho más complejo.

El poder, para Foucault, no debe imaginarse únicamente como algo que una persona posee y ejerce sobre otra desde un único centro.

Circula.

Atraviesa instituciones. Prácticas.

Discursos. Saberes. Relaciones. Normas.

Y nosotros mismos podemos participar de esas relaciones de poder.

Las reproducimos. Las cuestionamos. Las resistimos.

Las transformamos.

Por eso esta historia no trata de seres humanos convertidos en marionetas. Seguimos pensando.

Seguimos interpretando. Seguimos eligiendo.

Seguimos resistiendo. La cuestión es otra.

¿Dentro de qué condiciones realizamos esas elecciones?

¿Qué comportamientos aprendimos a considerar normales?

¿Qué deseos aprendimos a considerar propios?

¿Qué cosas evitamos porque pensamos que serán juzgadas?

¿Qué opiniones callamos?

¿Qué mostramos?

¿Qué escondemos?

¿A quién intentamos parecernos?

¿Contra quién nos comparamos? Y quizá la pregunta más difícil:

¿cuántas veces confundimos una norma que aprendimos con una decisión completamente nuestra?

Llegamos a la última celda. No hay una persona.

Hay un espejo.

Nos acercamos.

Y allí estamos nosotros.

Durante mucho tiempo pensamos que el problema del poder consistía principalmente en determinar quién estaba detrás de la torre.

Quién daba las órdenes. Quién controlaba.

Quién prohibía. Quién castigaba.

Foucault nos obliga a formular una pregunta mucho más incómoda.

¿Qué sucede cuando la torre comienza a formar parte del prisionero?

Cuando aprendemos a observarnos. A evaluarnos.

A compararnos. A clasificarnos.

Cuando incorporamos reglas sin que nadie necesite repetírnoslas.

Cuando comenzamos a considerar naturales cosas que fueron históricamente construidas. Cuando la vigilancia deja de necesitar un guardia porque nosotros mismos participamos de ella.

Y entonces comprendemos que aquella prisión en la que entramos al comienzo de esta historia nunca estuvo realmente alrededor nuestro.

Estaba dentro.

Cada celda era una mente. Cada puerta, una categoría.

Cada muro, una idea acerca de aquello que debía considerarse normal. Y la torre…

la torre era aquella mirada que, lentamente, habíamos aprendido a imaginar incluso cuando nadie parecía estar mirando.

En la caverna de Platón preguntamos:

¿quién mueve las sombras?

 En la prisión de Foucault descubrimos otra pregunta:

¿quién nos enseñó a vigilarnos mientras las observamos? Pero nuestra batalla por la mente todavía está lejos de terminar. Porque el poder descubriría algo todavía más formidable.

No era suficiente vigilar individuos.

Era posible intentar producir percepciones compartidas por millones de personas. Organizar relatos.

Crear enemigos. Construir símbolos. Movilizar emociones.

Convertir determinadas interpretaciones de la realidad en verdades colectivas. Para comprender ese salto tendremos que abandonar la prisión.

Afuera nos espera una multitud. Banderas.

Discursos. Diarios.

Carteles. Radios. Imágenes.

Consignas repetidas una y otra vez.

La batalla por la mente está a punto de convertirse también en una batalla por la percepción de toda una sociedad.

Y allí comenzará nuestra próxima historia.

 

Próxima entrega de La batalla por la mente:

 Cuando la propaganda descubrió que también podía construir la realidad La batalla ya no será solamente por aquello que cada individuo piensa.

Será por aquello que una sociedad entera aprende a creer.

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