LA BATALLA POR LA MENTE. Una saga sobre información, poder y construcción de la realidad. Por Oscar Rodríguez
Una reflexión sobre los mecanismos que median entre los hechos y la interpretación. Primera entrega de una saga sobre poder, información y la batalla por definir la realidad
LA BATALLA POR LA MENTE
Una saga sobre información, poder y construcción de la realidad
Por: Oscar Rodríguez
ENTREGA I
La caverna nunca desapareció: solo cambiaron las sombras
Imaginemos por un instante que todo aquello que creemos conocer sobre la realidad fuera apenas una parte de ella.
No una mentira.
Eso sería demasiado sencillo.
Algo mucho más inquietante: una porción de la realidad que hemos aprendido a considerar como si fuera la realidad completa.
Hace más de dos mil años, Platón imaginó una escena que todavía hoy resulta perturbadora.
Un grupo de seres humanos permanece encadenado en el interior de una caverna desde su nacimiento. No conoce el exterior. No sabe qué existe detrás de sus espaldas. No puede girar la cabeza.
Solo puede mirar hacia adelante.
Sobre una pared aparecen sombras.
Figuras que se mueven.
Formas.
Representaciones.
Para nosotros son apenas sombras.
Pero ellos no lo saben.
Nunca conocieron otra cosa.
Nosotros casi nunca recibimos la totalidad de un acontecimiento. Recibimos fragmentos»
Nunca pudieron comparar aquello que observaban con aquello que realmente existía fuera de la caverna.
Por eso, para aquellos hombres, las sombras no eran una representación de la realidad.
Eran la realidad.
Y quizás allí Platón dejó planteado uno de los problemas más profundos de nuestra existencia.
¿Cómo podemos saber que aquello que percibimos como realidad es realmente la realidad?
Pero hay otra pregunta que comenzó a inquietarme.
Una pregunta diferente.
Y fue precisamente esa pregunta la que terminó dando origen a esta serie.
¿Cómo puede ser que dos personas que viven aparentemente dentro de una misma realidad puedan interpretarla de maneras completamente diferentes?
Pensemos en algo sencillo.
Un trabajador pierde su empleo.
El hecho existe.
La persona tenía trabajo y ahora no lo tiene.
Pero inmediatamente comienzan las interpretaciones.
Uno dirá:
—La culpa es del gobierno.
Otro:
—La culpa es del empresario.
Otro señalará a los sindicatos.
Otro hablará de la globalización.
Alguien responsabilizará a los inmigrantes.
Otro encontrará la explicación en el capitalismo.
Y otro, exactamente frente al mismo acontecimiento, señalará al socialismo.
Entonces aparece algo extraño.

El hecho puede ser el mismo.
La realidad percibida, no.
Y fue allí donde apareció mi primera inquietud.
¿Qué existe entre aquello que sucede y aquello que nosotros creemos que sucedió?
Porque si existe una realidad común, pero somos capaces de inferirla de maneras radicalmente diferentes, entonces tiene que existir algo entre el acontecimiento y nuestra interpretación.
La pregunta ya no podía ser solamente: ¿Qué información recibió esa persona? Había que preguntar también: ¿Quién era esa persona cuando recibió esa información?»
Algo está ocurriendo en ese espacio.
Y quizás sea allí, precisamente allí, donde se esté librando una de las disputas políticas más importantes de nuestro tiempo.
Los fragmentos
Hay algo que solemos olvidar.
Nosotros casi nunca recibimos la totalidad de un acontecimiento.
Recibimos fragmentos.
Una noticia.
Una conversación.
Una fotografía.
Una experiencia.
Un video de treinta segundos.
Una estadística.
Un titular.
Un comentario.
Un posteo.
Una imagen que alguien decidió grabar desde determinado ángulo y no desde otro.
Conocemos esos fragmentos y con ellos intentamos reconstruir algo muchísimo más grande:
la realidad
La caverna nunca desapareció: solo cambiaron las sombras»
Pensemos nuevamente en aquel trabajador.
Quizás nunca haya leído un estudio completo sobre las causas del desempleo.
Probablemente tampoco conozca todos los balances de las empresas, las estadísticas laborales, las transformaciones tecnológicas, las decisiones gubernamentales o las modificaciones de la economía internacional que pudieron intervenir.
Ninguno de nosotros conoce la totalidad.
Sin embargo, necesitamos una explicación.
Porque los seres humanos no vivimos cómodamente entre acontecimientos inconexos.
Necesitamos relacionarlos.
Necesitamos causas.
Necesitamos responsables.
Necesitamos construir sentido.
Y entonces aparece la primera pieza.
INFORMACIÓN
Aquello que sabemos.
Aquello que vimos.
Aquello que alguien nos contó.
Aquello que encontramos.
Pero rápidamente descubrí que la información por sí sola no explicaba el problema.
Porque dos personas pueden recibir exactamente el mismo dato y llegar a conclusiones completamente diferentes.
Entonces faltaba algo.
Durante siglos nos concentramos en los prisioneros… Pero quizás haya otra pregunta escondida: ¿Quién proyectaba las sombras?»
Lo que llevamos dentro
Ninguno de nosotros llega vacío frente a una noticia.
Llegamos con nuestra historia.
Con nuestros conocimientos.
Con nuestros miedos.
Con nuestras frustraciones.
Con nuestros deseos.
Con nuestra memoria.
Con nuestros valores.
Con nuestros prejuicios.
Con nuestra identidad.
Con aquello que nos ocurrió ayer y con aquello que nos ocurrió hace veinte años.
Cada nueva información atraviesa todo eso antes de convertirse en una interpretación.

A ese conjunto podemos llamarlo:
SUBJETIVIDAD
Y entonces empecé a comprender algo.
La pregunta ya no podía ser solamente:
¿Qué información recibió esa persona?
Había que preguntar también:
¿Quién era esa persona cuando recibió esa información?
Pero todavía faltaba una pieza.
Porque nadie construye su percepción completamente solo.
Nadie piensa fuera del mundo
Tenemos una familia.
Amigos.
Compañeros de trabajo.
Escuela.
Universidad.
Barrio.
Religiones.
Instituciones.
Medios de comunicación.
Partidos políticos.
Sindicatos.
Redes sociales.
Algoritmos.
Una cultura.
Una época.
Tenemos un:
ENTORNO
Y ese entorno tampoco es neutro.
Nos dice qué temas parecen importantes.
Qué comportamientos son normales.
Qué palabras utilizamos.
Qué cosas producen vergüenza.
Qué cosas producen orgullo.
A quién debemos escuchar.
De quién debemos desconfiar.
Qué preguntas parecen razonables.
Y a veces, incluso qué preguntas nunca llegamos a formularnos.
Fue entonces cuando aquellas tres piezas comenzaron a encajar.
INFORMACIÓN + SUBJETIVIDAD + ENTORNO
producen algo.
Pero atención.
No necesariamente producen la realidad.
Producen:
NUESTRA PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD.
Y esa percepción comienza posteriormente a formar parte de aquello que consideramos conocimiento.
Podemos expresarlo de esta manera:
I + S + E = Pr → C
Información + Subjetividad + Entorno = Percepción de la realidad → Conocimiento.
La fórmula no pretende decir que la realidad no exista.
Todo lo contrario.
Parte precisamente de que existe algo que intentamos conocer.
El problema es que nuestro acceso a ello está mediado.
Por aquello que sabemos.
Por aquello que somos.
Y por el mundo dentro del cual interpretamos.
Entonces entendí por qué mi pregunta inicial era mucho más importante de lo que parecía.
Dos personas pueden habitar el mismo país.
Caminar por las mismas calles.
Atravesar la misma crisis.
Observar el mismo acontecimiento.
Y sin embargo, construir percepciones profundamente diferentes de aquello que está ocurriendo.
Pero en ese momento apareció otra pregunta.
Y esta vez ya no era solamente filosófica.
Era política.
¿Quién mueve las sombras?
Volvamos a la caverna.
Durante siglos nos concentramos en los prisioneros.
En aquello que observaban.
En su incapacidad para reconocer que las sombras no eran la totalidad de lo real.
Pero quizás haya otra pregunta escondida dentro de la alegoría.
¿Quién proyectaba las sombras?
Porque si nuestra percepción de la realidad se construye a partir de
Información + Subjetividad + Entorno
entonces quien consiga intervenir sobre alguno de esos elementos puede potencialmente intervenir también sobre las condiciones desde las cuales construimos nuestra percepción.
No significa controlar nuestra mente.
No significa convertirnos en seres incapaces de pensar.
Sería mucho más sencillo si funcionara así.
El problema es más complejo.
Porque seguimos pensando.
Seguimos interpretando.
Seguimos tomando decisiones.
Seguimos sintiendo que las conclusiones son nuestras.
Y muchas veces efectivamente lo son.
La pregunta es otra:
¿Con qué información construimos esas conclusiones?
¿Quién decidió qué acontecimiento merecía convertirse en noticia?
¿Por qué vimos una imagen y no otra?
¿Por qué hablamos durante semanas de determinado problema mientras otro desapareció de nuestra conversación?
¿Por qué algunos temas consiguen nuestra indignación y otros apenas nuestra atención?
¿Quién determina qué aparece primero en nuestra pantalla?
Y quizá la pregunta más inquietante:
¿Qué ocurre cuando aquello que selecciona lo que vemos empieza también a aprender quiénes somos?
Platón imaginó hombres encadenados frente a una pared.
Nosotros no necesitamos cadenas.
Nos levantamos por la mañana y buscamos voluntariamente la pantalla.
La llevamos al trabajo.
A la escuela.
A la mesa.
A la cama.
Nos informa.
Nos entretiene.
Nos indigna.
Nos tranquiliza.
Nos confirma.
Y cada vez sabe un poco más sobre nosotros.
Quizás la caverna nunca desapareció.
Solo cambiaron las sombras.
Pero esta historia recién comienza.
Porque muchos siglos después de Platón, el poder descubriría algo todavía más sofisticado.
Descubriría que para conseguir determinados comportamientos no siempre es necesario prohibir, castigar ni siquiera ordenar.
Existe una forma de poder mucho más silenciosa.
Una capaz de conseguir que nosotros mismos vigilemos nuestros comportamientos, aprendamos qué es normal y terminemos reproduciendo determinadas reglas incluso cuando nadie parece estar observándonos.
Para encontrarla tendremos que abandonar por un momento la caverna.
Y entrar en otra construcción.
Una prisión.
En el centro habrá una torre.
Alrededor, cientos de celdas.
Y dentro de cada una, un individuo que nunca podrá saber con certeza si alguien lo está mirando.
Allí nos espera Michel Foucault.
Y una pregunta que nos acercará un poco más a nuestra batalla:
¿Qué ocurre cuando el poder ya no necesita vigilarnos porque consigue que aprendamos a vigilarnos nosotros mismos?
Próxima entrega de La batalla por la mente:
“El poder que no necesita dar órdenes”.
Viernes 28 de agosto aca en Mirada Gremial