LA BATALLA POR LA MENTE 3: Cuando la propaganda descubrió que también podía construir la realidad. Por Oscar Rodríguez
A través del análisis de la maquinaria nazi, el autor expone cómo la propaganda manipula la información y moldea nuestras emociones para modificar nuestras percepciones
LA BATALLA POR LA MENTE
Una saga sobre información, poder y construcción de la realidad
Por Oscar Rodríguez
ENTREGA III
Cuando la propaganda descubrió que también podía construir la realidad.
AQUELLO QUE UNA SOCIEDAD ENTERA APRENDE A CREER
En la entrega anterior entramos en una prisión.
No tenía barrotes.
No necesitaba cadenas.
La prisión estaba en la mente de cada individuo.
Foucault nos había mostrado algo inquietante: que el poder alcanza una de sus formas más eficaces cuando consigue que ya no sea necesario vigilar permanentemente desde afuera.
El individuo aprende la norma.
La incorpora.
Se observa.
Se corrige.
Se disciplina.
Pero antes de abandonar aquella prisión dejamos una pregunta abierta.
Porque una cosa es conseguir que un individuo vigile su comportamiento.
Otra, mucho más ambiciosa, es conseguir que millones de personas comiencen a mirar la realidad desde una perspectiva determinada.
Para encontrar ese momento tenemos que viajar nuevamente.
Esta vez no iremos a una caverna.
Tampoco a una prisión.
Vamos a entrar en una casa.

Alemania.
1933
Es de noche.
Imaginemos la escena.
Una familia alrededor de una mesa.
La cena termina.
Alguien enciende una radio.
Primero se escucha un pequeño ruido.
Una interferencia.
Después una voz.
Todavía no importa exactamente qué dice.
Importa otra cosa.
Esa misma voz comienza a escucharse en otra casa.
Y en otra.
Y en otra.
En un bar.
En una fábrica.
En una plaza.
En una calle donde los altavoces permiten que el discurso alcance incluso a quienes no encendieron ningún aparato.
A la mañana siguiente habrá diarios.
Habrá titulares.
Habrá fotografías.
Después aparecerán carteles.
Películas.
Actos multitudinarios.
Banderas.
Canciones.
Libros escolares.
Discursos.
Símbolos.
Palabras que se repiten.
Enemigos que comienzan a tener rostro.
Culpables.
Amenazas.
Una explicación para aquello que hasta entonces parecía incomprensible.
Y detrás de una parte fundamental de aquella maquinaria habrá un hombre.
Pequeño.
Delgado.
De rostro duro.
Doctor en filología.
Su nombre era Joseph Goebbels.
En marzo de 1933 quedó al frente del recién creado Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda.
El nombre puede parecernos burocrático.
Lo que pretendía hacer no lo era.
El régimen nazi buscaba intervenir sobre la prensa, la radio, el cine, el teatro, la literatura, la música, la educación y buena parte de la vida cultural alemana para conseguir que el mensaje nacionalsocialista impregnara el espacio público.
Y aquí nuestra historia comienza a volverse verdaderamente incómoda.
Porque Goebbels comprendió algo.
Algo que atraviesa toda esta saga.
Los seres humanos no actuamos solamente de acuerdo con aquello que sucede.
Actuamos de acuerdo con la realidad que creemos estar viviendo.
Alemania necesitaba una explicación
Para comprender lo que ocurrió debemos evitar una trampa.
La explicación es sencilla.
Sería cómodo decir que un grupo de fanáticos llegó al poder, lanzó una gigantesca campaña propagandística y consiguió hipnotizar a millones de personas.
No ocurrió así.
Las sociedades no funcionan así.
Las personas tampoco.
La propaganda nazi no encontró una población vacía.
Encontró una sociedad atravesada por heridas.
La derrota en la Primera Guerra Mundial.
El resentimiento provocado por las condiciones posteriores al conflicto.
Crisis políticas.
Desempleo.
Inseguridad económica.
La Gran Depresión.
Miedo al comunismo.
Nacionalismo.
Y también algo que el nazismo no inventó:
antisemitismo.

Prejuicios que ya existían dentro de Europa mucho antes de Hitler.
Entonces volvamos a nuestra fórmula.
I + S + E = Pr → C
Información + Subjetividad + Entorno = Percepción de la realidad → Conocimiento
Quizás ahora podamos observar funcionando dentro de uno de los episodios más oscuros de la historia.

Porque la propaganda no llegaba a una mente vacía.
Llegaba a una subjetividad.
Una subjetividad construida por experiencias.
Miedos.
Frustraciones.
Identidades.
Resentimientos.
Esperanzas.
Y llegaba también dentro de un entorno.
Una familia.
Un barrio.
Una escuela.
Una iglesia.
Un lugar de trabajo.
Una organización.
Un periódico.
Una radio.
Una sociedad.
El nazismo comenzó a intervenir sobre esas variables.
Y, sobre todo, sobre una pregunta fundamental:
¿cómo debía interpretarse aquello que estaba ocurriendo?
Hay momentos históricos en los cuales una sociedad deja de buscar solamente información.
Busca una explicación.
¿Por qué perdimos?
¿Por qué no tengo trabajo?
¿Por qué mi dinero perdió valor?
¿Por qué nuestro país dejó de ser poderoso?
¿Por qué tengo miedo?
¿Por qué siento que el futuro desapareció?
La conquista más profunda sucede cuando comenzamos a mirar espontáneamente la realidad utilizando las categorías que ese poder consiguió instalar
Son preguntas enormes.
Complejas.
Las respuestas verdaderas probablemente también lo sean.
Economía.
Política.
Historia.
Relaciones internacionales.
Conflictos sociales.
Decisiones de gobiernos.
Transformaciones productivas.
Intereses contrapuestos.
Procesos que pueden tardar años en comprenderse.
Pero hay otra posibilidad.
Una respuesta mucho más sencilla.
Encontrar un culpable.
Entonces todo comienza a ordenarse.
El mundo deja de parecer caótico.
Si existe un culpable, existe una causa.
Si existe una causa, existe una explicación.
Y si existe un enemigo, aparece también una solución.
El mecanismo es poderoso porque reduce la complejidad.
Nosotros.
Ellos.
La nación.
El enemigo.
Los puros.
Los corruptores.
Los verdaderos alemanes.
Los responsables de nuestra desgracia.
El nazismo construyó buena parte de su propaganda alrededor de ese esquema y presentó reiteradamente a los judíos como una amenaza interna, vinculándolos según las necesidades del discurso tanto con el capitalismo financiero como con el bolchevismo, incluso cuando esas acusaciones fueran contradictorias entre sí.
Pero aquí aparece algo que siempre me resulta inquietante.
Quizás una propaganda eficaz no necesite construir una explicación perfectamente coherente.
Puede alcanzar con construir una explicación emocionalmente satisfactoria.
Primero una palabra
Imaginemos nuevamente aquella familia frente a la radio.
No pensemos todavía en campos de exterminio.
Ese es precisamente el error que solemos cometer cuando miramos la historia desde el final.
Nosotros conocemos Auschwitz.
Ellos todavía no.
Nosotros conocemos las cámaras de gas.
Ellos todavía no.
Nosotros conocemos seis millones de judíos asesinados.
Ellos todavía no saben hasta dónde llegará aquello.
Y justamente por eso debemos mirar lo que ocurrió antes.
Antes del asesinato estuvo la exclusión.
Antes de la exclusión estuvo la discriminación.
Antes de la discriminación estuvo la clasificación.
Y antes de muchas de esas cosas hubo algo aparentemente insignificante.
Palabras.
Palabras repetidas.
Imágenes.
Caricaturas.
Estereotipos.
Los seres humanos actuamos de acuerdo con la realidad que creemos estar viviendo
Rumores.
Discursos.
El otro comenzó a ser presentado como diferente.
Después como sospechoso.
Después como peligroso.
Después como enemigo.
Y finalmente como alguien cuya presencia parecía incompatible con la supervivencia de la comunidad.
El desplazamiento no ocurre necesariamente de un día para otro.
Ahí está una de las claves.
Porque probablemente una sociedad rechazaría una monstruosidad si la monstruosidad apareciera completa delante de sus ojos.
Pero la historia rara vez funciona así.
La frontera moral puede desplazarse centímetros.
Un poco hoy.
Otro poco mañana.
Hasta que un día miramos hacia atrás y descubrimos que estamos parados en un lugar que tiempo antes habíamos considerado imposible.

Creo que éste es uno de los conceptos fundamentales para comprender la batalla por la mente.
Normalizar.
Algo aparece una vez y sorprende.
Aparece diez veces e inquieta.
Aparece cien veces y comienza a formar parte del paisaje.
No significa necesariamente que todos estén de acuerdo.
Eso también debemos entenderlo.
En la Alemania nazi existieron opositores.
Personas que desconfiaban.
Personas que ayudaron a perseguidos.
Personas que resistieron.
Personas que nunca aceptaron completamente la ideología.
La propaganda jamás convirtió a toda una sociedad en una mente única.
Pero tampoco necesitaba hacerlo.
Éste es quizás el punto más perturbador.
Para que determinadas políticas avancen no es necesario que absolutamente todos las celebren.
Puede alcanzar con que algunos apoyen.
Otros colaboren.
Otros obedezcan.
Otros tengan miedo.
Antes del asesinato estuvo la exclusión; antes de la exclusión, la discriminación; antes de la discriminación, la clasificación. Y antes de muchas de esas cosas hubo palabras
Otros miren hacia otro lado.
Y una enorme cantidad termine pensando:
“No es asunto mío.”
La propaganda nazi contribuyó precisamente a crear un clima en el cual la persecución podía presentarse como comprensible, necesaria o simplemente tolerable. El Museo del Holocausto de Estados Unidos señala que las campañas propagandísticas ayudaron a generar una atmósfera favorable o pasiva frente a medidas antijudías y a la posterior radicalización de la persecución.
Entonces la conquista de la mente adquiere otra dimensión.
No siempre consiste en conseguir que alguien ame al verdugo.
A veces alcanza con conseguir que deje de mirar a la víctima.
Hay algo terrible en todo proceso de deshumanización.
La víctima no desaparece físicamente al principio.
Desaparece primero simbólicamente.
Deja de ser el vecino.
El comerciante.
El médico.
La compañera de escuela.
El profesor.
La mujer que vivía enfrente.
El hombre con quien alguna vez conversamos.
Comienza a transformarse en una categoría.
“Ellos”

Y cuando una persona deja de ser una persona y se convierte exclusivamente en una categoría, algo empieza a romperse.
Porque sentimos empatía por individuos.
Por rostros.
Por historias.
Por nombres.
Es mucho más sencillo odiar una abstracción.
Entonces aparece la caricatura.
El estereotipo.
La repetición visual.
La asociación permanente con enfermedades, conspiraciones, criminalidad o decadencia.
Ya no vemos a alguien.
Vemos aquello que nos enseñaron a representar cuando pensamos en ese alguien.
Y aquí regresamos otra vez a la caverna de Platón.
Las sombras.
Siempre las sombras.
El prisionero observaba una representación y creía estar contemplando la realidad.
Dos mil años después, una sociedad tecnológicamente avanzada podía observar una caricatura de un grupo humano y comenzar a incorporarla como representación del grupo real.
La caverna no había desaparecido.
Había aprendido a imprimir diarios.
A producir películas.
A utilizar altavoces.
A transmitir por radio.
La radio entra en la casa
Goebbels comprendió rápidamente el potencial de la radio.
El régimen impulsó receptores económicos, los llamados Volksempfänger, para extender las emisiones a una enorme cantidad de hogares. Los discursos también llegaban a fábricas y calles mediante altavoces.
Para 1935 se habían vendido aproximadamente 1,5 millones de esos receptores baratos.
Detengámonos un segundo.
Porque aquí ocurre algo nuevo.
El discurso político ya no exige desplazarse hasta una plaza.
La voz del poder entra en la casa.
Cruza la puerta.
Se instala en el comedor.
Acompaña la cena.
Forma parte de la vida cotidiana.
El espacio público y el espacio privado comienzan a mezclarse.
La propaganda ya no aparece únicamente cuando alguien decide asistir a un acto político.
Puede aparecer mientras trabaja.
Mientras come.
Mientras conversa.
Mientras descansa.
Cada nueva tecnología amplía la capacidad de penetración del mensaje.
Para que determinadas políticas avancen no es necesario que absolutamente todos las celebren. Puede alcanzar con que algunos apoyen, otros obedezcan y una enorme cantidad termine pensando: «No es asunto mío»
Y entonces uno entiende por qué aquella radio barata era mucho más que un electrodoméstico.
Era una puerta.
Pero la propaganda necesitaba otra cosa
Emitir no alcanza.
Podemos recibir miles de mensajes y rechazarlos.
Por eso el verdadero interrogante no es:
¿Qué decía Goebbels?
La pregunta importante es:
¿por qué determinados mensajes encontraron terreno donde arraigar?
Y aquí volvemos a la subjetividad.
El mensaje que consigue instalarse muchas veces no es aquel que contiene mejores argumentos.
Es aquel capaz de conectarse con algo que ya existe dentro de nosotros.
Un miedo.
Una humillación.
Un deseo.
Un prejuicio.
Una pérdida.
Una identidad amenazada.
Una sensación de injusticia.
La propaganda puede tomar esa emoción y ofrecerle una dirección.
Estoy angustiado.
Alguien me dice por qué.
Estoy enojado.
Alguien me señala contra quién.
Tengo miedo.
Alguien identifica al enemigo.
Me siento humillado.
Alguien me promete recuperar la grandeza.
Entonces la propaganda deja de ser simplemente información.
Se convierte en una arquitectura emocional de interpretación de la realidad.
Y eso modifica completamente nuestra fórmula.
Porque la Información no cae sobre una razón pura.
Cae sobre una subjetividad.
Y ambas existen dentro de un Entorno.
I + S + E = Pr → C.
No recibimos el mensaje.
Lo interpretamos.
Y después actuamos según esa interpretación.
La propaganda nazi contribuyó precisamente a crear un clima en el cual la persecución podía presentarse como comprensible, necesaria o simplemente tolerable. El Museo del Holocausto de Estados Unidos señala que las campañas propagandísticas ayudaron a generar una atmósfera favorable o pasiva frente a medidas antijudías y a la posterior radicalización de la persecución.
La mentira más eficaz no siempre es una mentira completa
Hay algo más.
La propaganda sofisticada rara vez necesita inventarlo absolutamente todo.
Puede seleccionar.
Recortar.
Exagerar.
Ocultar.
Jerarquizar.
Descontextualizar.
Repetir un hecho y silenciar otro.
Mostrar una imagen hasta convertirla en símbolo.
La construcción de percepción no necesita necesariamente fabricar una realidad desde cero.
Puede trabajar sobre fragmentos de realidad.
Este punto es central.
Porque si todo fuera falso, bastaría con demostrar la falsedad.
Pero una narrativa construida con fragmentos verdaderos seleccionados estratégicamente puede resultar mucho más resistente.
Existe desempleo.
Existe una crisis.
Existe inseguridad.
Existe malestar.
Existe corrupción.
Existe miedo.
Esos hechos pueden ser reales.
La disputa aparece después.
¿Cómo los relacionamos?
¿Quién aparece como responsable?
¿Qué causas desaparecen?
¿Qué acontecimientos se repiten?
¿Qué emoción acompaña a la noticia?
¿Qué palabras utilizamos para nombrarla?
¿Qué solución comienza a parecernos inevitable?
Allí trabaja la construcción de percepción.
10 de mayo de 1933
Volvamos a Berlín.
Es de noche otra vez.
Hay fuego.
Mucho fuego.
Miles de libros terminan arrojados a las llamas.
Autores considerados incompatibles con la nueva Alemania son expulsados simbólicamente de la cultura.
Goebbels habla aquella noche.
Pero quizá lo más importante no sea solamente su discurso.
Miremos el fuego.
Porque destruir un libro significa algo más que destruir papel.
Significa decidir qué voces merecen permanecer dentro de una sociedad.
Qué ideas pueden circular.
Qué preguntas pueden hacerse.
Qué memoria debe conservarse.
Y cuál debe desaparecer.
La propaganda necesita repetir.
Pero para que una voz pueda repetirse sin obstáculos muchas veces necesita también otra operación:
silenciar las voces que podrían discutirla.
Propaganda y censura comenzaron a funcionar juntas. El régimen cerró o tomó control de medios opositores, intervino contenidos periodísticos y radiales, prohibió obras consideradas “no alemanas” y utilizó el sistema educativo para transmitir la cosmovisión nazi.
Entonces el entorno vuelve a modificarse.
No porque una persona pierda mágicamente su capacidad de pensar.
Sino porque empieza a pensar dentro de un espacio donde algunas ideas aparecen permanentemente…
y otras comienzan a desaparecer.
El silencio también comunica
Ésta puede ser una de las enseñanzas más importantes.
Pensamos mucho en aquello que se dice.
Pensamos menos en aquello que deja de decirse.
Pero el silencio también organiza la percepción.
Si un hecho aparece todos los días, pensamos que es importante.
Si otro jamás aparece, puede comenzar a parecer inexistente.
Si una víctima nunca tiene rostro, sufrimos menos por ella.
Si solamente escuchamos la versión del victimario, podemos terminar interpretando incluso la violencia desde su lenguaje.
Y entonces sucede algo extraordinario.
El poder ya no necesita necesariamente convencerme de cada uno de sus argumentos.
Puede intentar delimitar el terreno dentro del cual voy a construir mis preguntas.
Esto nos devuelve directamente a la primera entrega.
¿Quién mueve las sombras?
Quizás ahora tengamos una parte de la respuesta.
Mueve las sombras quien consigue intervenir sobre aquello que una sociedad ve.
Pero también quien consigue intervenir sobre aquello que una sociedad deja de ver.
1935
Llegan las Leyes de Núremberg.
El antisemitismo deja de ser solamente discurso.
Se transforma en norma jurídica.
La exclusión adquiere papeles.
Definiciones.
Procedimientos.
Sellos.
Funcionarios.
El Estado empieza a determinar quién pertenece plenamente a la comunidad y quién comienza a quedar fuera.
Pero para entonces algo había ocurrido antes en el terreno simbólico.
El otro ya venía siendo señalado.
Clasificado.
Representado.
Convertido en amenaza.
La propaganda no creó por sí sola las leyes.
Tampoco produjo por sí sola el terror.
Pero ayudó a construir un universo de sentido dentro del cual medidas que deberían haber resultado moralmente insoportables podían comenzar a presentarse como aceptables para sectores de la sociedad.
Y entonces aparece una idea que me parece fundamental.
Primero se modifica la percepción.
Después puede modificarse el umbral de aquello que estamos dispuestos a tolerar.
+1938
Otra noche.
Esta vez el ruido no viene de una radio.
Viene de vidrios que se rompen.
Sinagogas incendiadas.
Comercios destruidos.
Personas golpeadas.
Detenciones.
La conocemos como la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos.
La violencia ya no es solamente verbal.
Está en la calle.
Y, sin embargo, tampoco apareció de la nada.
Había sido precedida por años de exclusión, propaganda, legislación antisemita y construcción sistemática del enemigo.
El régimen incluso trabajó propagandísticamente para presentar la persecución bajo marcos que reducían o desviaban la responsabilidad estatal.
Y entonces la pregunta ya no puede ser solamente:
¿Cómo pudieron hacerlo?
Hay otra pregunta.
Mucho más incómoda.
¿Cómo pudo volverse imaginable?
Antes del crimen está la imaginación del crimen
Ninguna sociedad comienza aceptando el horror en su forma final.
El horror necesita recorrido.
Necesita lenguaje.
Necesita categorías.
Necesita justificaciones.
Necesita acostumbramiento.
Necesita silencios.
Necesita que aquello que ayer parecía intolerable empiece a discutirse hoy como una posibilidad.
Después como una necesidad.
Y finalmente como algo inevitable.
Por eso la batalla por la mente no es un concepto abstracto.
Porque antes de ejecutar determinadas acciones existe un territorio donde esas acciones comienzan a adquirir sentido.
Ese territorio es la percepción.
Y cuando una percepción se transforma profundamente también cambia el universo de decisiones que parecen posibles.
No porque desaparezca completamente nuestra libertad.
No porque alguien controle mecánicamente nuestro cerebro.
Sino porque decidimos dentro del mundo que creemos estar habitando.
No todos fueron nazis
Y aquí debemos detenernos.
Porque existe otro peligro.
Simplificar la historia.
No todos los alemanes pensaron igual.
No todos fueron fanáticos.
No todos participaron de la misma manera.
Hubo resistencia.
Hubo disidencia.
Hubo indiferencia.
Hubo miedo.
Hubo oportunismo.
Hubo adhesión sincera.
Hubo obediencia.
Hubo personas que protegieron a perseguidos y otras que se beneficiaron de su exclusión.
El Holocausto no puede explicarse solamente mediante Goebbels.
Ni mediante la propaganda.
Existieron estructuras estatales.
Organizaciones represivas.
Leyes.
Burocracias.
Guerra.
Violencia.
Intereses.
Antisemitismo previo.
Colaboradores.
Perpetradores.
Y decisiones políticas concretas.
Reducir todo aquello a “manipulación mental” sería históricamente falso.
Pero ignorar la construcción previa de percepción también impediría comprender algo esencial.
Antes de que una maquinaria pueda perseguir a millones de personas necesita que suficientes seres humanos participen, obedezcan, colaboren, acepten o simplemente dejen de impedirlo.
Ésa fue una de las funciones decisivas de la propaganda.
No fabricar robots.
Construir condiciones.
Entonces quizás debamos cambiar nuestra idea de lo que significa conquistar una mente.
Conquistarla no significa necesariamente introducir pensamientos dentro de ella.
Puede significar algo mucho más sutil.
Modificar su mapa.
Decidir dónde está el peligro.
Dónde está el enemigo.
Dónde está la amenaza.
Quién merece nuestra empatía.
Quién merece nuestra sospecha.
Qué hechos relacionamos.
Cuáles separamos.
Qué recordamos.
Qué olvidamos.
Qué preguntas formulamos.
Y cuáles dejan incluso de ocurrírsenos.
La conquista más profunda quizá no sucede cuando repetimos exactamente aquello que el poder dice.
Sucede cuando comenzamos a mirar espontáneamente la realidad utilizando las categorías que ese poder consiguió instalar.
Entonces ya no hace falta repetir constantemente:
“Éste es tu enemigo.”
Miramos.
Y creemos reconocerlo solos.
Goebbels no necesitaba entrar en cada cabeza
Ese sería un trabajo imposible.
Necesitaba algo distinto.
Intervenir sobre el espacio común.
La radio.
Los diarios.
El cine.
La escuela.
La cultura.
Las imágenes.
Los discursos.
Las palabras.
El entorno.
Y desde allí influir sobre las condiciones mediante las cuales millones de individuos construyen su percepción.
Otra vez:
I + S + E = Pr → C
Quizás ahora la fórmula revele su dimensión política más profunda.
Porque si nuestra percepción de la realidad surge de la interacción entre Información, Subjetividad y Entorno, entonces controlar completamente la mente humana sería innecesario.
Puede ser suficiente para disputar sus condiciones.
Y ahora volvamos a nuestra época
Cerremos por un instante los ojos.
Apaguemos aquella radio.
Dejemos atrás Berlín.
Dejemos los carteles.
Los enormes actos.
Los diarios.
Los altavoces.
Las películas.
Volvamos.
Abramos los ojos.
Tenemos un teléfono en la mano.
Y aquí aparece una diferencia extraordinaria.
Goebbels necesitaba construir un mensaje capaz de alcanzar a millones de personas.
Un mensaje masivo.
La misma radio.
El mismo discurso.
El mismo cartel.
La misma narrativa.
Pero nuestro tiempo introdujo otra posibilidad.
Millones de mensajes diferentes para millones de individuos diferentes.
La propaganda del siglo XX necesitaba conocer a la masa.
El sistema informacional del siglo XXI puede empezar a conocer nuestros comportamientos individualmente.
Qué miramos.
Cuánto tiempo.
Qué compartimos.
Qué ignoramos.
Qué nos indigna.
Qué nos asusta.
Qué deseamos.
Qué compramos.
Con quién hablamos.
Dónde nos detenemos.
Ya no existe solamente un emisor intentando imponer un mensaje.
Existe algo más complejo.
Una enorme arquitectura que observa nuestras interacciones y reorganiza permanentemente parte de aquello que veremos después.
Goebbels tenía radios.
Nosotros tenemos algoritmos.
Pero sería demasiado fácil decir que son lo mismo.
No lo son.
Y justamente por eso la próxima pregunta es todavía más inquietante.
Porque la propaganda tradicional tenía un centro.
Un ministerio.
Un ministro.
Un discurso reconocible.
Podíamos señalarlo.
Podíamos identificar quién hablaba.
Pero…
¿Qué ocurre cuando nadie necesita decidir personalmente qué debe ver cada uno?
¿Qué sucede cuando esa selección se automatiza?
¿Qué ocurre cuando la información ya no necesita ser prohibida porque queda sepultada debajo de cantidades prácticamente infinitas de nueva información?
¿Y qué ocurre cuando creemos estar eligiendo libremente entre miles de contenidos sin preguntarnos quién decidió cuáles llegaron primero hasta nosotros?
Tal vez la censura del futuro no necesite quemar libros.
Tal vez alcance con conseguir que nunca lleguemos a encontrarlos.
La hoguera podría haber desaparecido.
La radio también.
Goebbels murió en 1945.
Pero la disputa que comprendió continúa abierta.
La disputa por decidir qué vemos.
Qué tememos.
Qué creemos.
Y finalmente…
qué realidad pensamos que estamos viviendo.
La caverna había producido sombras.
El panóptico había producido vigilancia.
La propaganda aprendió a producir enemigos.
Pero nuestra época está construyendo algo diferente.
Un sistema donde la información circula a una velocidad que ningún ministerio de propaganda hubiera podido imaginar.
Un mundo donde no falta información.
Sobra.
Millones de imágenes.Millones de opiniones.Millones de noticias.
Millones de voces compitiendo por unos pocos segundos de nuestra atención.
Y entonces aparece nuestra próxima parada.
Un filósofo surcoreano que vive en Alemania.
Su nombre es Byung-Chul Han.
Y tiene una advertencia inquietante.
Quizás el problema de nuestro tiempo ya no sea que alguien nos oculte la información.
Quizás el problema sea exactamente el contrario.
Que haya tanta información que ya no podamos distinguir el conocimiento del ruido.
Próxima entrega de La batalla por la mente
INFOCRACIA
Cuando para controlar la percepción ya no hace falta esconder la información.


