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Bibliotecas populares: pensamiento crítico en tiempos de barbarie. Por Oscar Rodríguez*

«En las bibliotecas populares se produce comunidad, memoria, pensamiento, política. Y eso es peligroso para quienes gobiernan sin pueblo», sostiene el autor.

Bibliotecas populares: pensamiento crítico en tiempos de barbarie

Por Oscar Rodríguez*

Instruirse porque necesitamos toda nuestra inteligencia”. Rodolfo Walsh

Cuando la destrucción se disfraza de eficiencia, y la crueldad se presenta como virtud de mercado, las bibliotecas populares emergen como uno de los últimos bastiones de la dignidad colectiva.

Estas instituciones encarnan una forma de vida alternativa, que se construye desde abajo, en comunidad, y contra las lógicas dominantes del capital.

El Decreto 345/2025, dictado por el actual gobierno nacional, marca un punto de inflexión brutal en esta batalla silenciosa. Con la excusa de “reorganizar” organismos culturales, se degrada a la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) y se condena a muerte a una de las redes más democráticas de acceso al conocimiento en nuestro país. Este no es un hecho administrativo ni técnico. Es, como bien decía Gramsci, una decisión profundamente ideológica: eliminar los espacios donde los sectores populares se apropian de la palabra, se piensan a sí mismos y desafían el relato oficial.

Hegemonía, sentido común y bibliotecas

Para Gramsci, el poder no se ejerce solo desde el Estado o la represión: se sostiene sobre la capacidad de una clase para construir hegemonía, es decir, para imponer su visión del mundo como “sentido común”. En ese marco, la disputa no es solamente económica o política, sino también cultural, simbólica, pedagógica. El neoliberalismo, en su fase más extrema, necesita destruir no solo los salarios y las leyes laborales, sino también la memoria, la solidaridad, el pensamiento crítico.

En ese terreno, las bibliotecas populares son instituciones contrahegemónicas. No porque tengan consignas políticas en sus estantes, sino porque encarnan una ética de lo común, donde el saber no se compra ni se vende, donde el tiempo no se mide en productividad, donde el otro no es enemigo ni competencia, sino interlocutor y compañero.

Cuando las bibliotecas se vacían, no es solo el silencio lo que queda. Es el campo fértil para que el discurso único avance. Oscar Rodríguez

Contra el individualismo: comunidad, palabra y resistencia

El individualismo burgués —ese que nos promete libertad mientras nos condena al aislamiento, al mérito y al sálvese quien pueda— encuentra en las bibliotecas populares su antídoto más silencioso y profundo. Allí no hay algoritmo que seleccione por vos. Hay conversación. Hay preguntas. Hay desacuerdo. Hay escucha. Hay cuerpo.

Allí no hay consumo pasivo de información, sino apropiación crítica del conocimiento.

La biblioteca popular no adoctrina: invita a pensar, a interpelar, a construir sentido colectivo.

Por eso molesta. Por eso el poder la quiere arrasar.

El DNU 345 no solo destruye fuentes de financiamiento: intenta borrar el entramado social que permite que el saber circule por fuera de las corporaciones y del Estado disciplinador.

Se desfinancia la biblioteca, sí. Pero también se desfinancia la conversación en ronda, el taller de escritura en el barrio, la lectura compartida, el archivo vecinal que resguarda la historia silenciada. Se ataca la potencia de la palabra colectiva.

La biblioteca popular no adoctrina: invita a pensar, a interpelar, a construir sentido colectivo». Oscar Rodríguez

 La biblioteca como praxis emancipadora

Defendemos que la cultura y el conocimiento no pueden ser privilegio de unos pocos, ni estar subordinados a la lógica del capital. Las bibliotecas populares, muchas veces construidas con el esfuerzo de vecinos, militantes, docentes, jubilades, trabajadores, son formas de poder popular territorializado. Son espacios donde se ejercita, día tras día, una pedagogía de la igualdad.

Se produce comunidad, memoria, pensamiento, política. Y eso es peligroso para quienes gobiernan sin pueblo.

En estos tiempos donde la crueldad se naturaliza, donde la inteligencia se subordina al algoritmo, y donde se pretende suprimir toda forma de organización colectiva, mantener viva una biblioteca es un acto revolucionario.

Cuando las bibliotecas se vacían, no es solo el silencio lo que queda. Es el campo fértil para que el discurso único avance. Para que la ignorancia se convierta en bandera. Para que la historia se borre. Para que el miedo se imponga. Por eso defendemos las bibliotecas populares no como un bien cultural más, sino como trincheras concretas del pensamiento crítico, de la democracia real, de la posibilidad de otro mundo**.

Frente al Decreto 345 y su plan de saqueo simbólico, no nos queda otra que organizarnos. Porque la historia no se escribe sola. Y porque la palabra —cuando es de todos— puede más que cualquier decreto.

*Militante socialista y defensor de la democratización del conocimiento

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