El hartazgo puede vaciar las urnas ¿Y después qué? Por Oscar Rodríguez
El autor profundiza en el riesgo al que la política reciclada expone al pueblo cuando el poder necesita que no creamos en nada
El hartazgo puede vaciar las urnas. ¿Y después qué?
Por Oscar Rodríguez, bibliotecario
La política argentina se ha transformado en un circo de reciclaje infinito, una maquinaria que se regenera con las mismas piezas oxidadas para perpetuar la idea de que “no hay alternativa”. Esta no es solo una dinámica espontánea: es una estrategia calculada de desmovilización social. El poder necesita que el pueblo no crea en nadie, que se retire, que se rinda. Y mientras tanto, los partidos se reacomodan con la destreza de estafadores profesionales.
Los libertarios, que llegaron con el discurso incendiario de “terminar con la casta”, hoy son un calco de lo peor de esa misma casta: punteros reciclados, negocios turbios, listas llenas de obedientes, no de pensadores. El peronismo, experto en sobrevivir a todo, se refugia en aparatos vacíos de proyecto real, mientras parte de su dirigencia se calla ante la injusticia más grosera: la condena política y mediática a Cristina Fernández de Kirchner. Una condena construida más en los sets de TV que en tribunales imparciales, con un objetivo claro: destruir cualquier liderazgo popular que pueda romper este status quo.
La condena como estrategia para inmovilizar al pueblo
La persecución a CFK no es solo contra una persona: es un mensaje disciplinador para toda la sociedad. Quieren dejar claro que cualquier figura que cuestione el orden económico y mediático será triturada, mientras se nos ofrecen “alternativas” fabricadas en laboratorios de marketing.
¿Dónde está la opción real ante esta condena? No existe. El sistema electoral se ha vuelto un mercado de figuritas repetidas, un escenario donde lo que cambia es el color de las campañas, pero no los intereses que defienden. Todos, de alguna forma, juegan para que el pueblo permanezca inmóvil, resignado, convencido de que votar es apenas un trámite sin sentido.
No nos confundamos: el reciclado político es funcional a una desmovilización planificada. Se promueven liderazgos superficiales, se fabrican debates de cartón y se bombardea a la gente con discursos vacíos para que la única reacción social sea la apatía. Así, cuando la mitad del electorado ni siquiera se acerca a las urnas, el poder celebra: menos participación significa más control.
Las caras nuevas no van a salir de los partidos tradicionales, porque su negocio es justamente impedir que algo nuevo crezca. Lo nuevo, lo verdadero, solo puede emerger desde las bases, desde la organización popular que nace en los espacios invisibles: una biblioteca, un club de barrio, un sindicato que no se arrodilla, un colectivo de vecinos que se planta. Es en esos lugares donde todavía hay memoria y donde el futuro no es una palabra hueca.
Nos quieren convencer de que todo es lo mismo, de que nadie vale la pena, de que la democracia es apenas un espectáculo más. Y mientras nos convencen de eso, nos roban la capacidad de elegir con dignidad. No podemos aceptar esa condena social al desinterés, porque la historia nos demuestra que el silencio del pueblo siempre termina pagándose caro.
Votar con conciencia hoy es un acto de rebelión. Exigir profundidad, compromiso y coherencia no es utópico: es urgente. Porque si seguimos entregando el poder a quienes nos desprecian, no habrá más culpables que nosotros. Y entonces, sí, será demasiado tarde para decir “basta”.