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El tango y el billar – La Geometría del 2×4. Por Hugo Gulman

Este texto forma parte de Cofradía Buenos Aires, los sábados de 13 a 15 por la 2×4 – FM 92.7, con Mariana Fossati, Jorge Sábato y Hugo Gulman

El tango y el billar – «La Geometría del 2×4

Por Hugo Gulman

Hay quienes dicen que el tango se escribía con la pluma, pero en Buenos Aires se escribió con un taco de billar y que muchas veces la inspiración llegaba con el choque seco de dos bolas de marfil sobre el paño verde.

Se dice que el billar impuso una ética del silencio y una estética del movimiento, que los poetas tradujeron en versos donde se esperaba el amanecer entre el humo, el tinto y el café. Hay tangos que mencionan el billar: Viejo billar de boliche dice: hasta fuiste mostrador, otras veces escenario de algún punto estrafalario con berretín de cantor….

Tango y billar. El bailarín busca el dibujo perfecto en el piso, el billarista busca la carambola con sus movimientos. La muñeca y el taco, el pie (en el tango) y el palo de billar son extensiones del cuerpo.

En la literatura tanguera, el billar representa el destino. Roberto Arlt en Los siete locos, describe los billares como refugios de «hombres que matan el tiempo». Sus personajes suelen ver la mesa de billar como un espacio donde un golpe preciso cambia una trayectoria.

El billar ha dejado huella en el habla cotidiana. No dar bola es quizás la más famosa. En los años 20, los mozos tenían orden de «no dar bolas» a los pibes que faltaban al colegio para que no arruinaran el paño con tiros inexpertos. El tiempo la convirtió en ignorar a alguien.

Con calma y tiza es otra. Estar en la banda: La banda es el borde de la mesa. Cuando una bola queda «pegada a la banda», es muy difícil de jugar. Y estar en la banda estar en una situación límite.

Hacer una pifia: Ocurre cuando el taco resbala sobre la bola y el tiro sale mal. La Carambola es el azar. Darle «efecto» a la bola es la picardía, no ir de frente y saber engañar para ganar. El tacazo, una decisión firme o un acontecimiento que cambia el juego.

Mientras en la parte delantera del café se discutía de política, en el fondo el billar imponía un ritual de silencio: el billarista, igual que el bailarín, necesita concentrarse en sus movimientos. Osvaldo Soriano unía perfectamente ambos mundos: él decía que el billar era el ajedrez de los que no tienen paciencia para estar sentados.

En el Café de García, si un cliente apoyaba un vaso sobre el borde de la mesa de billar, el mozo retiraba la bebida. No importaba quién fuera el cliente: la mesa era un altar. Horacio Ferrer decía que observar una partida de billar en el García era una coreografía de tango en cámara lenta: mucho pensamiento para un solo movimiento preciso.

Manuel Pielbuena fue un campeón famoso en Los 36 Billares. Una vez un joven, creyéndose un fenómeno, lo desafió. Pielbuena lo dejó ganar tres partidas para que el hombre subiera la apuesta. Cuando la cifra fue importante, se sacó el saco, pidió un café y liquidó la partida en cinco minutos sin dejarlo tocar el taco. Es la esencia del «vivo» porteño que retratan algunos tangos.

 Troilo no jugaba mucho, pero era un gran observador. Decía que el sonido de las bolas daba el «tempo» para las variaciones de bandoneón y que, para él, el billar era “una «música de silencios». Pero hubo otros músicos tangueros y taqueros: Homero Manzi: Se dice que algunas de sus metáforas sobre el destino y la «esquina» surgieron de las carambolas imposibles que intentaba en los billares de Boedo. Cátulo Castillo definía el billar como un «ajedrez de pie».

Virgilio Expósito: se le escuchó decir que armonizar un tango era como calcular el efecto de una bola, “si le dabas mucha fuerza, te pasabas; si le dabas poca, no llegabas a la banda”.

¿Y los habitués de los distintos bares quiénes eran? Los 36 Billares, Café Tortoni (Por allí pasaron todos, desde Gardel hasta los poetas que luego escribirían las letras que hoy cantamos. El San Bernardo: el opuesto al Tortoni; es la bohemia pura y ruidosa. El billar convive con el ping-pong, el pool y el dominó.

El Progreso, uno de los bares más antiguos (1911), tenía un aire orillero y portuario. Era el refugio de los trabajadores de las fábricas cercanas y se dice que en sus mesas se jugaba «a cara de perro». Bar El Federal (Carlos Calvo y Perú), en su época de oro los billares eran territorio de expertos. Los mozos tenían prohibido interrumpir una jugada importante.

 Cuando hace unas semanas hablamos de La Academia habíamos mencionado las mesas Casa 314. Esas mesas eran fabricadas en Argentina y exportadas al mundo. Su nivelación era tan perfecta que los músicos decían que el rodar de la bola no producía vibración, solo un sonido «puro», casi como una nota de un contrabajo.

Pero no podemos dejar afuera a los «grandes» que, además de garganta o dedos prodigiosos, brillaban en el paño. El Polaco era un fanático. Su lugar eran las mesas de los billares de Saavedra. Afirmaba que una buena carambola era como un verso bien dicho. Alberto Castillo no solo era médico y cantor: era billarista en bares de Mataderos y Liniers. Edmundo Rivero decía que el billar le servía para «templar el pulso» antes de agarrar la guitarra. Julio Sosa traía la escuela de los cafés de Montevideo, donde el billar es religión. Le gustaban las carambolas de tres bandas. Se lo veía en los bares Corrientes, desafiando a quien se le plantara.

Enrique Cadícamo lo jugaba. Para él, el billar era el «ajedrez de los barrios bajos». Muchas de las historias que luego terminaron en tangos las escuchó apoyado en un taco, esperando su turno. Jorge Riestra, en su libro El taco de ébano, define al billar como «una forma de la soledad acompañada». También escribió Salón de billares. Bioy Casares en sus crónicas junto a Borges con el seudónimo de Bustos Domecq, retrataba el billar como el centro de la escena social masculina.

Hasta Albert Einstein se involucró en el billar: lo definió como «el arte de la anticipación, donde el éxito depende de prever el movimiento de las bolas antes de ejecutar el tiro.

El Gran Final: Una partida que no termina

Imaginemos por un momento esos bares que nunca cerraban, mezcla de La Academia, los 36 y La Paz Arriba. En el fondo, la luz de tulipa deja ver el humo de los puchos flotando. Pappo tiza el taco en silencio y espera que el Polaco termine de calcular una carambola, con la misma pausa con la que decía un verso de Cadícamo.

En otra mesa Rivero apoya sus manos sobre el borde de madera y observa cómo Julio Sosa arriesga un tiro imposible, mientras Pugliese marca el ritmo del juego golpeando suave el piso con el pie.

Es una partida que no termina nunca, porque en Buenos Aires el billar, más que un deporte, es un sentimiento y el refugio donde el tiempo se detiene y donde, entre el aroma del café y la tiza, el tango encuentra su métrica perfecta: la de una bola que rueda hacia el destino, empujada por una historia que se niega a ser olvidada.

Tango recomendado:

A TRES BANDAS – Tango -Homenaje al billar y a Juan Navarra

Tango de Bautista Bonacossa – Grabado en septiembre de 1952 por Héctor Varela

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