La estupidez organizada: cuando el problema ya no es no saber, sino no querer entender. Por Oscar Rodríguez
En un contexto de sobreabundancia informativa proliferan discursos simplistas, binarios y emocionalmente cargados. Lo que está en juego es la capacidad de discernimiento
La estupidez organizada: cuando el problema ya no es no saber, sino no querer entender
Por : Oscar Rodríguez
Hay una frase atribuida a Albert Einstein que suele repetirse con liviandad: “La estupidez humana es peor que la ignorancia”. Pero si uno la toma en serio —y la somete a una lectura política, no meramente moral— aparece un problema bastante más inquietante que un simple juicio sobre la inteligencia individual.
La ignorancia es, en términos estructurales, una condición. Es el resultado de desigualdades materiales concretas: acceso desigual a la educación, a la información, a las herramientas simbólicas para interpretar la realidad. Es, si se quiere, un déficit que puede ser corregido mediante políticas públicas, mediaciones culturales, instituciones como la escuela o la biblioteca.
La estupidez, en cambio, es otra cosa. No es falta de información: es rechazo activo a procesarla. Es una forma de clausura cognitiva. Y ahí es donde deja de ser un problema individual para convertirse en un fenómeno político.
Se trata de entender qué condiciones sociales, mediáticas y políticas hacen posible que la estupidez no solo exista —eso es inevitable— sino que se vuelva dominante»
Porque la estupidez contemporánea no aparece en el vacío: se produce, se estimula y se organiza. No es casual que en un contexto de sobreabundancia informativa —donde nunca hubo tanto acceso a datos— proliferen discursos simplistas, binarios, emocionalmente cargados. Lo que está en juego no es el conocimiento, sino la capacidad de discernimiento.
En ese sentido, la estupidez funciona como un dispositivo de poder. Reduce la complejidad de lo real a consignas. Desactiva el pensamiento crítico. Convierte al sujeto en un reproductor de narrativas ajenas, muchas veces diseñadas algorítmicamente para reforzar prejuicios y sostener identidades políticas cerradas.
Cuando que se expande la estupidez —entendida como negación activa del pensamiento— el problema ya no es pedagógico: es político-cultural»
La ignorancia puede ser interpelada. La estupidez, en cambio, se defiende. Se atrinchera. Y, lo más grave, se legitima socialmente cuando logra convertirse en sentido común.
Ahí es donde la frase deja de ser una provocación y pasa a ser una advertencia. Una sociedad puede combatir la ignorancia con educación. Pero cuando lo que se expande es la estupidez —entendida como negación activa del pensamiento— el problema ya no es pedagógico: es político-cultural.
Porque en ese escenario, el debate público se degrada. La discusión se reemplaza por la consigna. Y la democracia, que requiere ciudadanos capaces de deliberar, empieza a vaciarse de contenido.
No se trata, entonces, de una cuestión de inteligencia individual. Se trata de entender qué condiciones sociales, mediáticas y políticas hacen posible que la estupidez no solo exista —eso es inevitable— sino que se vuelva dominante.
Y ahí la responsabilidad ya no es de quien no sabe, sino de quienes necesitan que no se piense.