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La justificación teórica del capitalismo. Por Oscar Rodríguez

Cada vez que una sociedad comienza a clasificar seres humanos según su utilidad económica, su origen étnico o su supuesta capacidad biológica, se abre la puerta a la deshumanización
La justificación teórica del capitalismo
Por Oscar Rodríguez

Ningún sistema de dominación se sostiene únicamente por la fuerza. Necesita construir un sentido común que haga parecer natural aquello que en realidad es una construcción histórica. El capitalismo no fue la excepción. Desde sus orígenes buscó apoyarse en discursos científicos, filosóficos y económicos que presentaran la desigualdad, la competencia y la concentración de la riqueza como si fueran leyes inevitables de la naturaleza.

No fueron estas teorías las que crearon el capitalismo. Fue el capitalismo el que encontró en determinadas interpretaciones de ellas una poderosa herramienta para justificar su expansión y convertir la explotación en un fenómeno aparentemente natural e incuestionable.

Malthus: la pobreza como una ley natural

Uno de los primeros aportes utilizados en esa dirección provino de Thomas Robert Malthus. En su «Ensayo sobre el principio de la población»sostuvo que la población crece más rápidamente que los recursos disponibles y que, en consecuencia, la naturaleza impone límites mediante el hambre, las epidemias y las guerras.

Su teoría fue rápidamente apropiada para responsabilizar a los pobres de su propia situación. Si la miseria era consecuencia de leyes naturales y no del modo en que se distribuía la riqueza, entonces la desigualdad dejaba de ser un problema político para convertirse en una fatalidad biológica.

Karl Marx y Friedrich Engels cuestionaron duramente esta visión. Señalaron que el problema no era el exceso de población sino un sistema económico que necesitaba mantener una enorme reserva de trabajadores para abaratar salarios y maximizar las ganancias del capital.

Darwin y la apropiación ideológica de la selección natural

La historia demuestra que las ideas nunca son neutrales cuando se convierten en instrumentos del poder»

Décadas después, la teoría de la evolución de Charles Darwin revolucionó la biología al explicar cómo las especies cambian a través del tiempo.

Sin embargo, rápidamente algunos pensadores trasladaron conceptos biológicos al terreno de la organización social, una extrapolación que Darwin nunca desarrolló como teoría política.

Fue Herbert Spencer quien popularizó la idea de la «supervivencia del más apto», aplicándola a las relaciones sociales y económicas. De esta manera nació el llamado darwinismo social.

Según esta interpretación, la competencia permanente entre individuos era considerada una ley natural. Si algunos triunfaban y otros quedaban excluidos, ello no era consecuencia de relaciones de poder ni de estructuras económicas injustas, sino del propio funcionamiento de la naturaleza.

Esta idea resultó extraordinariamente funcional para el capitalismo industrial. La pobreza dejó de interpretarse como producto de la explotación y pasó a considerarse consecuencia de la incapacidad individual para adaptarse al mercado.

Del darwinismo social a la eugenesia

La apropiación ideológica de estas ideas no terminó allí.

El darwinismo social fue utilizado para justificar el colonialismo, el racismo, el imperialismo y posteriormente las teorías eugenésicas que proponían la existencia de pueblos superiores e inferiores.

Cuando estas ideas alcanzaron su máxima expresión política durante el nazismo, la consecuencia fue la persecución y el exterminio sistemático de millones de personas consideradas «inferiores» o «improductivas».

Cada vez que una sociedad comienza a clasificar seres humanos según su utilidad económica, su origen étnico o su supuesta capacidad biológica, se abre la puerta a la deshumanización.

Adam Smith y la naturalización del mercado

En el plano económico, Adam Smith elaboró una teoría que otorgó al mercado un papel central en la organización de la sociedad.

El interés individual pasó a convertirse en el principal motor del desarrollo económico y el libre mercado fue presentado como el mecanismo más eficiente para asignar recursos.

Con el tiempo, estas ideas fueron reinterpretadas por distintas corrientes liberales y neoliberales hasta convertir el mercado en una institución casi sagrada, capaz de resolver por sí sola todos los problemas sociales.

¿La población crece más rápido que los recursos? ¿O distribuyendo equitativamente se podría vencer el hambre, las epidemias y las guerras?

La competencia pasó a ocupar el lugar de la solidaridad y el éxito económico comenzó a medirse exclusivamente por la capacidad de acumular riqueza.

La construcción del sentido común capitalista

Así, distintas teorías provenientes de campos muy diferentes fueron articuladas para construir una narrativa coherente.

Si la naturaleza elimina a los menos aptos, si la pobreza es consecuencia inevitable del crecimiento poblacional y si el mercado recompensa naturalmente a quienes más se esfuerzan, entonces la desigualdad deja de ser una injusticia para convertirse en una supuesta ley natural.

Ese fue uno de los mayores triunfos ideológicos del capitalismo: transformar relaciones históricas de poder en aparentes leyes universales.

Recuperar el pensamiento crítico

Hoy estas ideas continúan presentes bajo nuevas formas.

Se repite que «el mercado acomoda todo», que «el que quiere puede», que «cada uno llega hasta donde se esfuerza» o que «los pobres sobran porque el Estado los mantiene».

Son expresiones distintas de una misma lógica: individualizar problemas que tienen causas estructurales.

Frente a ello, el desafío sigue siendo recuperar el pensamiento crítico, comprender que ninguna desigualdad social es producto inevitable de la naturaleza y recordar que ninguna teoría científica puede utilizarse para justificar la explotación, el racismo, la concentración de la riqueza o la negación de los derechos humanos.

La historia demuestra que las ideas nunca son neutrales cuando se convierten en instrumentos del poder. Por eso es necesario disputar también el sentido de las teorías, desmontar sus usos ideológicos y defender una concepción de la sociedad basada en la solidaridad, la justicia social y la dignidad humana antes que en la competencia permanente y la ley del más fuerte.

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