La batalla por nuestra mente. Por Oscar Rodríguez
La percepción de la realidad surge del encuentro entre la información, nuestra subjetividad y el entorno que organiza esa información. La clave es cómo decodificamos la información
La batalla por nuestra mente
Por Oscar Rodríguez
Durante mucho tiempo creímos que las grandes disputas de la humanidad se libraban sobre los territorios, los recursos naturales o la economía. Discutimos quién controla el petróleo, quién domina los mercados o quién posee la tecnología más avanzada. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que la verdadera batalla del siglo XXI se está librando en otro lugar: dentro de nuestra mente.
No hablo de una conspiración capaz de controlar cada pensamiento. Eso sería una simplificación absurda. Hablo de algo mucho más profundo y, justamente por eso, mucho más peligroso: la disputa por controlar las condiciones mediante las cuales construimos nuestra percepción de la realidad.
Hoy solemos analizar los problemas por separado. Hablamos de redes sociales. Hablamos de inteligencia artificial. Hablamos de noticias falsas. Hablamos de la crisis económica. Hablamos de la ansiedad que atraviesa a los jóvenes. Pero rara vez entendemos que todos estos fenómenos forman parte de un mismo proceso histórico.
Vivimos en una economía donde la materia prima dejó de ser únicamente el petróleo o el acero. Hoy la materia prima es nuestra atención.
Cada segundo que pasamos frente a una pantalla produce información sobre nosotros. Produce hábitos, emociones, preferencias, miedos y deseos. Esa información tiene un enorme valor económico. Por eso las plataformas no compiten solamente por ofrecernos contenido. Compiten por quedarse con nuestro tiempo consciente. Porque cuanto más tiempo permanecemos conectados, mayor es la capacidad de conocer nuestro comportamiento y convertirlo en un activo económico.
La información nunca llega sola. Siempre atraviesa nuestra historia, nuestras emociones, nuestros valores y el entorno en el que vivimos»
Aquí aparece el primer gran problema. Un cerebro permanentemente interrumpido pierde la capacidad de sostener una atención profunda. Y sin atención profunda resulta muy difícil desarrollar pensamiento crítico.
Pero la batalla no termina allí.
La información nunca llega sola. Siempre atraviesa nuestra historia, nuestras emociones, nuestros valores y el entorno en el que vivimos. Por eso sostengo una idea que resume buena parte de este problema: la percepción de la realidad surge del encuentro entre la información, nuestra subjetividad y el entorno que organiza esa información.
Durante siglos ese entorno estuvo formado principalmente por la familia, la escuela, las bibliotecas, los medios de comunicación y la comunidad. Hoy debemos agregar un actor completamente nuevo: los algoritmos.
Los algoritmos no piensan por nosotros. Pero sí organizan gran parte del mundo que vemos. Deciden qué aparece primero, qué desaparece, qué se repite cientos de veces y qué jamás llegará a nuestra pantalla. No crean la realidad, pero influyen en la percepción que construimos sobre ella.
Y las personas no actuamos únicamente según los hechos. Actuamos según la realidad que creemos estar viviendo.
Por eso dos ciudadanos pueden habitar el mismo país y sentir que viven en mundos completamente diferentes.
Aquí es donde la discusión deja de ser tecnológica y pasa a ser profundamente política y cultural.
Porque cuando alguien consigue organizar la percepción de millones de personas, también adquiere una enorme capacidad para orientar decisiones económicas, sociales y electorales.
No hace falta decirle a una sociedad qué pensar.
Alcanza con organizar aquello que esa sociedad verá todos los días.
Existe un tercer fenómeno que considero todavía más preocupante.
Mientras nuestra atención es capturada y nuestra percepción es organizada, también se debilitan los espacios donde históricamente construíamos inteligencia colectiva.
Durante décadas las personas encontraron respuestas comunes en clubes, sindicatos, bibliotecas populares, sociedades de fomento, universidades y centros culturales. Allí los problemas individuales se transformaban en debates colectivos.
ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar la inteligencia colectiva de una comunidad que debate, investiga y piensa en conjunto»
Hoy sucede exactamente lo contrario.
Si no conseguís trabajo, te dicen que el problema sos vos.
Si no llegás a fin de mes, te dicen que el problema sos vos.
Si no podés acceder a una vivienda, te dicen que el problema sos vos.
Los problemas estructurales dejan de discutirse políticamente para convertirse en frustraciones individuales.
Y una sociedad fragmentada es mucho más fácil de administrar que una sociedad organizada.
Los grandes poderes económicos no necesitan que todos pensemos igual. Necesitan consumidores aislados, permanentemente conectados, emocionalmente estimulados y convencidos de que cada dificultad depende exclusivamente de su esfuerzo individual.
Un ciudadano organizado puede discutir reglas.
Un consumidor aislado solamente puede elegir entre productos.
Por eso creo que la batalla cognitiva termina produciendo una nueva forma de inmovilidad.
Los antiguos romanos utilizaban la palabra *stupere* para describir el estado de quien queda paralizado, atónito, incapaz de actuar.
Esa idea me resulta mucho más interesante que la definición moderna de estupidez.
La verdadera estupidez no consiste en carecer de inteligencia.
La verdadera libertad nunca consistió únicamente en poder hablar. Consiste en poder pensar con autonomía»
Consiste en perder la capacidad de transformar el conocimiento en acción.
Podemos leer cientos de artículos.
Escuchar miles de horas de información.
Consumir noticias durante todo el día.
Y aun así permanecer completamente inmóviles.
Esa inmovilidad representa la victoria más importante de cualquier sistema de dominación.
La historia ofrece ejemplos valiosos para comprender este fenómeno.
El nazismo no se sostuvo únicamente mediante la violencia estatal. También desplegó una maquinaria propagandística destinada a moldear la percepción colectiva, simplificar la realidad, apelar a las emociones y construir enemigos comunes. Sería un error afirmar que vivimos hoy bajo las mismas condiciones históricas o políticas: no es así. Pero sería igualmente un error ignorar una enseñanza fundamental de aquella experiencia: quien consigue influir de manera sistemática sobre la percepción social adquiere una enorme capacidad para orientar conductas.
La diferencia es que hoy esa influencia ya no depende exclusivamente del Estado.
Las Bibliotecas Populares pueden convertirse en uno de los grandes pilares de esa reconstrucción democrática. Ya no solamente como lugares donde se guardan libros, sino como espacios donde las personas recuperen la capacidad de pensar sin interrupciones, discutir con respeto, verificar información y reconstruir comunidad»
Puede emerger de plataformas digitales, modelos de negocio basados en la atención, campañas de comunicación altamente segmentadas y tecnologías capaces de personalizar el flujo informativo para millones de personas al mismo tiempo.
La lógica cambió.
El objetivo sigue siendo influir sobre la percepción.
Los instrumentos son distintos.
Por eso sostengo que la gran tarea democrática de nuestro tiempo no consiste solamente en garantizar el acceso a la información.
Consiste en recuperar la soberanía cognitiva.
Necesitamos volver a aprender a concentrarnos.
Necesitamos comprender cómo funcionan los algoritmos.
Necesitamos reconocer nuestros propios sesgos.
Necesitamos verificar información antes de compartirla.
Pero, sobre todo, necesitamos volver a encontrarnos.
Porque ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar la inteligencia colectiva de una comunidad que debate, investiga y piensa en conjunto.
Creo profundamente que las Bibliotecas Populares pueden convertirse en uno de los grandes pilares de esa reconstrucción democrática. Ya no solamente como lugares donde se guardan libros, sino como espacios donde las personas recuperen la capacidad de pensar sin interrupciones, discutir con respeto, verificar información y reconstruir comunidad.
La verdadera libertad nunca consistió únicamente en poder hablar.
Consiste en poder pensar con autonomía.
Y una sociedad comienza a perder esa libertad mucho antes de que alguien le prohíba expresarse.
Empieza a perderla cuando otros organizan su atención.
Continúa perdiéndola cuando otros organizan su percepción.
Y termina de perderla cuando deja de creer que actuar colectivamente todavía puede cambiar la realidad.
Esa, estoy convencido, es la verdadera batalla de nuestro tiempo.
Y esa batalla se libra, todos los días, dentro de nuestra mente.