Cuando los algoritmos juegan el Mundial y la derecha convierte el fútbol en una batalla cultural. Por Oscar Rodríguez
El conflicto actual no es solamente una disputa electoral. Es una lucha por nuestra capacidad de pensar, de sentir empatía y de reconocernos como parte de un destino común
Cuando los algoritmos juegan el Mundial y la derecha convierte el fútbol en una batalla cultural
Por: Oscar Rodríguez
Hay algo de lo ocurrido alrededor de la Selección Argentina que no deberíamos mirar solamente como una polémica deportiva. Tampoco alcanza con reducirlo a una discusión en las redes sociales o a una nueva provocación de Javier Milei. Lo que estamos viendo es la articulación de tres fenómenos que hoy condicionan profundamente nuestra vida democrática: el funcionamiento de los algoritmos, la manipulación de nuestras emociones y una forma de ejercer el poder basada en el enfrentamiento permanente.
Yo no creo que las redes sociales sean espacios neutrales. No son una plaza pública donde todas las voces circulan en igualdad de condiciones. Son estructuras privadas, administradas por grandes corporaciones, que organizan nuestra atención de acuerdo con sus propios intereses económicos.
El algoritmo no nos muestra necesariamente aquello que es más importante, más verdadero o más útil. Nos muestra aquello que tiene mayores probabilidades de producir una reacción. Y las emociones que más rápidamente generan comentarios, reproducciones y enfrentamientos son el miedo, la indignación, la bronca y el odio.
En otras palabras, las plataformas descubrieron que nuestro enojo es rentable.
Cuando aparece una polémica vinculada con la Selección, con la bandera o con la identidad argentina, la respuesta emocional es todavía más intensa. Para muchos argentinos, la Selección no es solamente un equipo de fútbol. Es una representación de nuestra historia, de nuestras alegrías colectivas, de nuestras frustraciones y de una identidad nacional que sobrevive incluso en los momentos más difíciles.
Milei comprendió que, en esta etapa histórica, la política puede organizarse mediante la activación emocional permanente»
Por eso, cuando alguien critica a la Selección, muchas personas sienten que están atacando a la Argentina y, de alguna manera, a ellas mismas.
Frente a una amenaza contra nuestra identidad, se activan redes cerebrales relacionadas con la detección del peligro, la memoria emocional y la preparación de respuestas defensivas. La amígdala participa en la identificación de estímulos amenazantes; el hipocampo relaciona el episodio actual con experiencias y recuerdos anteriores; y el hipotálamo interviene en las respuestas corporales asociadas con el estrés.
El sistema nervioso funciona mediante redes integradas. Pero cuando predominan el miedo, la bronca o la sensación de humillación, puede debilitarse relativamente la capacidad de detenernos, controlar el impulso inicial y analizar críticamente aquello que estamos viendo.

La corteza prefrontal cumple una función central en esa regulación. Nos permite evaluar consecuencias, comparar distintas explicaciones, inhibir una respuesta inmediata y preguntarnos si una información es verdadera. El problema es que las redes sociales están diseñadas para impedir esa pausa.
Todo está construido para que reaccionemos antes de pensar.
El desplazamiento infinito, los videos breves, los titulares alarmistas y las notificaciones permanentes reducen el tiempo entre el estímulo y la respuesta. Vemos una publicación, sentimos indignación y la compartimos. Después buscamos argumentos que justifiquen lo que ya sentimos.
El algoritmo aprende de esa conducta. Si reaccionamos ante un mensaje agresivo, nos mostrará otros similares. Si miramos contenidos que presentan al mundo como enemigo de la Argentina, recibiremos cada vez más publicaciones que confirmen esa interpretación. Así se construye una burbuja dentro de la cual la realidad parece coincidir completamente con nuestros prejuicios.La denominada cámara de eco.
No vemos el mundo. Vemos una versión seleccionada del mundo.
Y este es el terreno en el que el gobierno de Javier Milei se mueve con enorme eficacia.
Milei comprendió que, en esta etapa histórica, la política puede organizarse mediante la activación emocional permanente. Su comunicación no apunta principalmente a explicar políticas públicas, presentar estadísticas o promover discusiones complejas. Su estrategia consiste en mantener a la sociedad en un estado constante de excitación, conflicto y amenaza.
Siempre debe existir un enemigo.
A veces son los trabajadores organizados. Otras veces, los docentes, los científicos, las universidades, los artistas, los periodistas, los jubilados, los movimientos sociales o los gobiernos extranjeros. Cambian los nombres, pero permanece la estructura: de un lado estarían los argentinos de bien y, del otro, aquellos que impedirían que el país avance.
Esta simplificación cumple una función política muy concreta. Cuando la sociedad discute quién es el enemigo, deja de preguntarse quién se beneficia con las decisiones económicas del gobierno.
Mientras las redes se llenan de insultos y batallas culturales, los salarios pierden capacidad adquisitiva, se debilitan las políticas públicas, se desfinancia la ciencia, se atacan la educación y la cultura, y se deterioran las condiciones de vida de millones de argentinos.

La indignación funciona como una cortina de humo.
Por eso Milei necesita apropiarse simbólicamente de todo aquello que despierta una emoción colectiva. La Selección, la bandera, la patria y los triunfos deportivos son incorporados a su
relato político. El Presidente intenta presentarse como el defensor de la Argentina frente a un mundo supuestamente hostil.
Pero la Selección no pertenece a Milei. La bandera no pertenece a un gobierno. La patria no puede ser reducida a una facción política.
La Argentina es mucho más amplia que el proyecto individualista y excluyente de la ultraderecha. Está constituida por sus trabajadores, sus jubilados, sus científicos, sus docentes, sus artistas, sus bibliotecas, sus clubes de barrio y sus organizaciones comunitarias. Está construida por millones de personas que sostienen todos los días una vida colectiva que el discurso oficial desprecia.
Cuando Milei afirma que todo cuestionamiento forma parte de una conspiración contra el país, busca producir una identificación peligrosa: criticar al Presidente sería atacar a la Argentina.
Cambian los nombres, pero permanece la estructura: de un lado estarían los argentinos de bien y, del otro, aquellos que impedirían que el país avance»
Esa equivalencia es propia de los proyectos autoritarios. El líder intenta confundirse con la nación para colocarse por encima de cualquier crítica.
Desde las neurociencias podemos comprender por qué este discurso resulta eficaz. La construcción de un enemigo fortalece la cohesión del propio grupo. El miedo y la bronca generan respuestas rápidas. El reconocimiento recibido en las redes actúa como una recompensa social. Cada “me gusta”, cada comentario favorable y cada publicación compartida refuerzan la pertenencia.
Así se conforma un circuito de retroalimentación: aparece una amenaza, reaccionamos emocionalmente, recibimos reconocimiento del grupo y buscamos nuevos estímulos que confirmen nuestra posición.
La verdad queda en un segundo plano. Lo importante pasa a ser la pertenencia.
Esto explica por qué muchas personas defienden decisiones que perjudican sus propias condiciones de vida. No están evaluando solamente una política económica. Están protegiendo una identidad emocional y defendiendo el lugar que ocupan dentro de una comunidad digital.

La derecha logró convertir la crueldad en una señal de pertenencia. Reírse del sufrimiento del otro, insultar a quien reclama o celebrar el cierre de una institución pública se transforman en formas de demostrar fidelidad al grupo.
El adversario deja de ser alguien con quien discutir y pasa a ser una amenaza que debe ser eliminada. Primero se lo descalifica, después se lo deshumaniza y finalmente se naturaliza el daño que se le provoca.
Por eso no debemos subestimar el lenguaje presidencial. Los insultos no son solamente exabruptos personales. Cumplen una función política: debilitar la empatía y preparar a la sociedad para aceptar medidas que, en otras circunstancias, serían consideradas injustas o inhumanas.
Frente a esta situación, no alcanza con corregir una información falsa. Una persona emocionalmente activada puede rechazar cualquier dato que contradiga su identidad. La discusión democrática necesita recuperar el tiempo de la reflexión.
La verdadera libertad no consiste en reaccionar inmediatamente ante cada estímulo. Consiste en poder detenernos, comprender lo que sentimos y decidir qué hacer con esa emoción»
Necesitamos preguntarnos qué emoción busca producir cada mensaje, quién se beneficia con nuestra reacción y qué cuestiones quedan ocultas mientras discutimos en las redes.
Necesitamos reconstruir el papel de las escuelas, las universidades, las bibliotecas populares y los medios comunitarios como espacios de pensamiento crítico. La alfabetización digital no puede limitarse a enseñar cómo utilizar una aplicación. Debe permitirnos comprender cómo las aplicaciones utilizan nuestros datos, nuestras emociones y nuestras vulnerabilidades.
También debemos recuperar la conversación con el otro. No para renunciar a nuestras convicciones ni para aceptar discursos violentos, sino para impedir que el algoritmo decida quiénes son nuestros enemigos.
La salida no puede ser individual. Ninguna persona puede enfrentar sola una maquinaria tecnológica, económica y política construida para capturar su atención. La respuesta debe ser colectiva, democrática y organizada.
Defender nuestra autonomía mental también es defender la democracia.
La verdadera libertad no consiste en reaccionar inmediatamente ante cada estímulo. Consiste en poder detenernos, comprender lo que sentimos y decidir qué hacer con esa emoción.
Por eso el conflicto actual no es solamente una disputa electoral. Es una lucha por nuestra capacidad de pensar, de sentir empatía y de reconocernos como parte de un destino común.
Milei gobierna desde la bronca porque necesita una sociedad fragmentada. Los algoritmos amplifican esa bronca porque obtienen ganancias con ella. Y nosotros corremos el riesgo de confundir la reacción con el pensamiento, la crueldad con la valentía y el enfrentamiento con la libertad.
Una sociedad que solamente reacciona termina obedeciendo. Pero una sociedad que piensa, se organiza y comprende cómo intentan manipularla todavía conserva la posibilidad de transformar su destino.
