NEXUS. Cuando la información deja de ser solamente un mensaje y la red comienza a convertirse en poder. Por Oscar Rodríguez
Un recorrido para entender cómo las nuevas tecnologías controlan nuestras conexiones, cambian el poder y transforman toda nuestra cultura en simples datos
LA BATALLA POR LA MENTE
Una saga sobre información, poder y construcción de la realidad
Por Oscar Rodríguez
ENTREGA V
NEXUS
Cuando la información deja de ser solamente un mensaje y la red comienza a convertirse en poder
La habitación quedó a oscuras.
Así terminamos nuestra última entrega.
Una persona había apagado su teléfono después de horas de deslizar imágenes, noticias, opiniones, publicidades, indignaciones y fragmentos de un mundo imposible de abarcar.
Pero antes de apagarlo había hecho algo.
Se había detenido durante algunos segundos frente a una publicación.
Nada extraordinario.
No comentó.
No compartió.
Ni siquiera puso “me gusta”.
Simplemente permaneció allí.
Ocho segundos.
Quizás diez.
Después siguió.
Para nosotros, un gesto insignificante.
Para la red, una señal.
La pantalla se apagó.
El dato quedó.
Y en algún lugar comenzó a formar parte de algo muchísimo más grande.
Millones de personas haciendo millones de pequeñas cosas.
Mirar.Buscar.Comprar.Leer.Preguntar.Compartir.Viajar.Trabajar.Discutir.Desear.
Todo conectado.
Todo dejando rastros.
Entonces cerramos Infocracia con una pregunta:
¿Qué ocurre cuando la red deja de ser solamente el lugar por donde circula la información y comienza a transformarse en un actor capaz de intervenir sobre la realidad?
Para intentar responder tendremos que alejarnos por un momento del teléfono.

Muchísimo más.Tenemos que volver hacia atrás.Miles de años.Porque esta historia no comenzó con internet.
Ni con Google.
Ni con las redes sociales.
Ni siquiera con las computadoras.
Comenzó cuando los seres humanos descubrimos algo extraordinario.
Que podíamos conectarnos alrededor de información compartida.
Y esa capacidad cambiaría para siempre nuestra historia.
Una fogata
Imaginemos una noche.
No sabemos exactamente cuándo.
Quizás hace veinte mil años.
Quizás más.
Un pequeño grupo de seres humanos está reunido alrededor del fuego.
La oscuridad empieza apenas unos metros más allá.
Afuera puede haber animales.
Frío.Peligros.Dentro del círculo iluminado ocurre algo distinto.Alguien habla.
Cuenta dónde encontró agua.
Otro explica dónde vio animales.
Alguien recuerda un camino.
Otro advierte sobre una tormenta.
Información.Información verdadera.Necesaria para sobrevivir.
Pero después alguien comienza a contar otra cosa.
Habla de los antepasados.De espíritus.De fuerzas invisibles.De historias que explican quiénes somos.
Quizás aquellas historias nunca ocurrieron exactamente como se cuentan.
Pero producen algo extraordinario.
Conectan.Crean identidad.Construyen memoria.
Permiten que un grupo de individuos diferentes empiece a imaginarse como parte de uno mismo nosotros.
Y ahí aparece una idea central de Yuval Noah Harari.
Una idea que atraviesa Nexus.
La información no sirve solamente para describir la realidad.
También sirve para conectar.
Para construir redes.
Harari insiste en una distinción fundamental: información y verdad no son sinónimos. Una información puede organizar, coordinar o conectar a miles de personas sin representar fielmente la realidad.
Detengámonos ahí.
Porque esa idea modifica buena parte de lo que venimos pensando.
La información no es solamente conocimiento
Durante mucho tiempo asociamos información con conocimiento.
Cuanta más información tengamos, pensamos, más sabremos.
Y cuanto más sepamos, mejores decisiones tomaremos.
¿Qué sucede cuando para construir la memoria de una máquina comenzamos a desarmar físicamente una parte de nuestra propia memoria?
Parece lógico.
Pero la historia nos obliga a desconfiar de esa ecuación.
Una sociedad puede disponer de enormes cantidades de información y construir, al mismo tiempo, interpretaciones falsas de la realidad.
Ya lo vimos.
Goebbels disponía de información.
Los aparatos burocráticos del nazismo producían información.
Listas.Registros.Estadísticas.Documentos.Clasificaciones.Información por todas partes.
El problema nunca fue simplemente su existencia.
El problema era qué red estaba construyendo.
Qué personas conectaba.
Qué identidad fortalecía.
Qué enemigo fabricaba.
Qué acciones se volvieron posibles.
Y aquí Nexus introduce una palabra decisiva.
Red.

Porque quizás durante toda esta saga estuvimos mirando demasiado el mensaje.
Y demasiado poco la estructura que lo hace circular.
Del mensaje a la red
Pensemos en algo sencillo.
Una noticia existe.
Pero una noticia aislada tiene poco poder.
Necesita un periódico.
Un periodista.Un editor.Una imprenta.Un vendedor.Un lector.Necesita una red.
Una orden presidencial también.
Puede existir en una hoja de papel.
Pero sin funcionarios que la interpreten, organismos que la ejecuten, fuerzas que la hagan cumplir y ciudadanos que la reconozcan, esa hoja posee poco poder.
Una moneda.Un título universitario.Una ley.Una frontera.Una religión.Una empresa.Un Estado.
Todos existen, en buena medida, porque existe una red de personas, instituciones, reglas e información que reconoce determinadas cosas como válidas.
Entonces quizás el poder nunca estuvo solamente en la información.
Estuvo en algo más complejo.
En la capacidad de la información para coordinar comportamientos.
Y cuanto mayor es la red…
mayor puede ser ese poder.
La humanidad construyó redes gigantescas
Un pequeño grupo puede conocerse personalmente.
Cien personas todavía pueden reconocerse.
Pero ¿cómo cooperan millones?
¿Cómo construimos ciudades?
Ejércitos.Universidades.Bancos.Estados.Sistemas sanitarios.Mercados.Sindicatos.Bibliotecas.
¿Cómo conseguimos que millones de desconocidos coordinen acciones?
Mediante redes de información.
Registros.Leyes.Normas.Relatos.Documentos.Dinero.Instituciones.Símbolos.Bases de datos.
La humanidad no conquistó el planeta solamente porque un cerebro humano individual fuera extraordinariamente inteligente.
Lo hizo porque fuimos capaces de conectar millones de cerebros.

Ésa es una diferencia enorme.
Nuestra verdadera potencia no está únicamente en el individuo.
Está en la red.
Y eso nos devuelve a una idea que venimos defendiendo desde hace tiempo.
El conocimiento nunca es completamente individual.
Pensamos con otros.Aprendemos de otros.Heredamos palabras que inventaron otros.
Leemos libros que escribieron otros.Habitamos instituciones construidas por otros.
Hasta aquello que llamamos pensamiento propio está hecho, en parte, con materiales colectivos.
La red estaba allí mucho antes de Internet.
Internet solamente la aceleró.
Después apareció la máquina
Durante miles de años hubo algo relativamente estable.
Las redes estaban compuestas fundamentalmente por seres humanos.
Los documentos podían almacenar información.
Una biblioteca podía conservarla.
Una imprenta podía reproducirla.
Una radio podía transmitirla.
Pero todas esas tecnologías tenían una característica.
Por más poderosas que fueran, necesitaban a un ser humano para interpretar y decidir.
Una imprenta imprime.
No decide qué gobierno debe ganar una elección.
Una radio transmite.
No decide qué persona recibe un crédito.
Un libro conserva palabras.
No decide quién obtiene un empleo.
Una computadora tradicional podía calcular.
Pero durante mucho tiempo aquello que debía hacer estaba definido mediante instrucciones relativamente explícitas.
Entonces llegó algo distinto.
Sistemas capaces de encontrar patrones.
Clasificar.Predecir.Recomendar.Generar contenido.Interactuar mediante lenguaje.
Y progresivamente ejecutar acciones.
En ese momento ocurrió algo que todavía estamos intentando comprender.
La red dejó de estar formada exclusivamente por seres humanos que utilizan herramientas.
Comenzaron a aparecer componentes capaces de intervenir en procesos de decisión.
Harari plantea precisamente esta diferencia: la inteligencia artificial no debería pensarse solamente como otro medio de comunicación, porque ciertos sistemas pueden procesar información, generar contenidos y tomar decisiones sin que exista una intervención humana específica en cada una de ellas.
Y entonces aparece una pregunta enorme.
¿Qué ocurre cuando dentro de nuestras redes aparece una inteligencia que no es humana?
La palabra inteligencia nos confunde
Cuando hablamos de inteligencia artificial cometemos un error frecuente.
Imaginamos una persona electrónica.
Una máquina que piensa como nosotros.
Un cerebro humano fabricado con silicio.
Y entonces discutimos si siente.
Si piensa.
Si tiene conciencia.
Si algún día será como nosotros.
Puede ser una discusión interesante.
Pero quizá nos distraiga del problema inmediato.
Porque una máquina no necesita pensar como un ser humano para tener poder.
Un mercado financiero tampoco piensa como una persona.
Una burocracia tampoco.
Una institución tampoco.
Sin embargo producen consecuencias.
La pregunta importante no es solamente:
¿La inteligencia artificial piensa?
La pregunta es:
¿Qué puede hacer dentro de la red?
¿Puede ordenar información?
Sí.
¿Puede seleccionar?
Sí.
¿Puede clasificar?
Sí.
¿Puede recomendar?
Sí.
¿Puede predecir determinadas probabilidades?
Sí.
¿Puede generar textos, imágenes, código?
Sí.
¿Puede interactuar con otras máquinas?
Sí.
¿Puede ejecutar algunas acciones cuando se la integra a sistemas y herramientas?
Sí.
Entonces quizá estamos formulando mal la pregunta.
No necesitamos esperar una máquina consciente para discutir el problema del poder.
El poder puede aparecer mucho antes.
La red empieza a tener una capacidad operativa que ya no depende de que un humano intervenga conscientemente en cada paso
El funcionario invisible
Imaginemos un banco.
Hace treinta años una persona solicitaba un crédito.
Otra persona podía estudiar su situación.
Ingresos.
Trabajo.
Antecedentes.
Y finalmente tomar una decisión.
Hoy ese proceso puede incluir modelos automáticos.
Datos.
Puntajes.
Correlaciones.
Variables.
El solicitante recibe una respuesta.
Aprobado.
Rechazado.
Pero aparece algo interesante.
Puede que nadie pueda explicar de manera intuitiva cada relación interna que llevó a determinada salida de un sistema complejo.

No significa necesariamente que la máquina sea misteriosamente consciente.
Significa otra cosa.
La escala y complejidad del sistema puede superar nuestra capacidad cotidiana de reconstruir cada paso de manera comprensible.
Ahora multipliquemos ese fenómeno.
Seguros.
Trabajo.
Publicidad.
Educación.
Seguridad.
Logística.
Mercados.
Salud.
Información.
Las decisiones algorítmicas empiezan a aparecer en distintos espacios de nuestra vida.
Muchas veces como asistencia.
Otras como recomendación.
Otras como filtro.
Otras como automatización.
Y poco a poco emerge una figura extraña.
Un funcionario que no duerme.
Que procesa millones de datos.
Que no tiene rostro.
Que quizá ni siquiera sabemos que está participando en una decisión.
La red empieza a observar
En la entrega anterior habíamos construido este circuito:
I + S + E → Pr → C → A → D ↺ E
Información.
Subjetividad.
Entorno.
Percepción.
Conocimiento.
Acción.
Datos.
Y otra vez Entorno.
Nuestra conducta genera datos.
Los datos regresan al sistema.
El sistema modifica el entorno.
Nosotros volvemos a percibir.
Pero Nexus obliga a incorporar otra posibilidad.
Porque entre los Datos y el nuevo Entorno empieza a aparecer un mediador.
Un sistema capaz de procesarlos.
Podríamos llamarlo:
R
Red.
Entonces:
I + S + E → Pr → C → A → D → R ↺ E
La red recibe datos.
Los procesa.
Clasifica.
Relaciona.
Predice.
Prioriza.
Y devuelve algo al entorno.

Una recomendación.
Una ruta.
Un precio.
Una noticia.
Una respuesta.
Una publicidad.
Una decisión.
En ese momento dejamos de hablar solamente de circulación de información.
Empezamos a hablar de retroalimentación.
Y una red que se retroalimenta puede comenzar a producir comportamientos que ningún participante individual diseñó completamente.
Nadie está en el centro
Quizás ésta sea una de las ideas más difíciles de aceptar.
Estamos acostumbrados a buscar responsables.
Un rey.
Un presidente.
Un empresario.
Un ministro.
Un director.
Alguien que manda.
Alguien que decide.
Alguien que mueve los hilos.
Nuestra imaginación política necesita un centro.
Pero las redes complejas pueden funcionar de otra manera.
Millones de pequeñas decisiones interactúan.
Una plataforma modifica una regla.
Los usuarios reaccionan.
Los anunciantes cambian comportamientos.
Los algoritmos reajustan recomendaciones.
Los medios responden a tendencias.
Los políticos reaccionan a los medios.
Los usuarios reaccionan a los políticos.
Los datos vuelven a entrar.
¿Quién tomó la decisión final?
Quizás nadie.
O, mejor dicho:
todos participaron un poco.
Pero nadie controló completamente el resultado.
Eso es una red.
Y ahí aparece el misterio.
Porque hemos construido sistemas inmensos precisamente porque ninguna persona podría administrarlos individualmente.
Pero cuanto más dependemos de ellos…
más difícil resulta comprenderlos como totalidad.
La ciudad que nadie conoce
Pensemos en Buenos Aires.
Millones de personas.
Calles.
Semáforos.
Hospitales.
Escuelas.
Empresas.
Bibliotecas.
Subtes.
Bancos.
Mercados.
Cámaras.
Antenas.
Servidores.
Celulares.
Computadoras.
Cada minuto circulan cantidades gigantescas de información.
Nadie conoce la totalidad.
El jefe de Gobierno no.
El presidente no.
Las empresas no.
Los ciudadanos tampoco.
Cada uno observa una parte.
Sin embargo, la ciudad funciona.
Más o menos.
Porque existen miles de redes superpuestas.
Ahora imaginemos que cada vez más decisiones dentro de esas redes son asistidas por sistemas algorítmicos.
Tránsito.
Consumo energético.
Crédito.
Seguridad.
Información.
Empleo.
Diagnóstico.
Educación.
Administración.
Poco a poco podría ocurrir algo curioso.
El sistema completo sabría hacer cosas que ningún individuo podría explicar por sí solo.
No porque exista una mente gigante escondida debajo de la ciudad.
Sino porque la inteligencia puede estar distribuida.
¿Dónde está entonces el poder?
Ésta es la pregunta.
Durante siglos relacionamos poder con propiedad.
Tierra.
Oro.
Petróleo.
Fábricas.
Armas.
Después comprendimos la importancia de controlar información.
Pero quizás el siglo XXI introduzca otra forma.
Poder de conexión.
Quien controla un nodo crítico puede influir sobre una red enorme.
Una máquina no necesita pensar como un ser humano para tener poder
Una plataforma que conecta millones de personas.
Un sistema operativo.
Una nube.
Una infraestructura de pagos.
Un buscador.
Una red social.
Un modelo de inteligencia artificial integrado en miles de servicios.
El poder ya no reside únicamente en aquello que alguien posee.
Puede residir en aquello que alguien conecta.
Y todavía más:
en las reglas mediante las cuales se produce esa conexión.
¿Qué entra?
¿Qué sale?
¿Qué prioridad tiene?
¿Qué se recomienda?
¿Qué se bloquea?
¿Qué se registra?
¿Quién puede participar?
¿Quién queda afuera?
Quizás el poder del futuro tenga menos aspecto de palacio…
y más aspecto de protocolo.

La red sabe cosas que nosotros no sabemos
Hay una escena que se repite diariamente.
Abrimos una plataforma.
Nos recomienda algo.
Una canción.
Una película.
Un video.
Un producto.
Y pensamos:
—¿Cómo sabía?
No sabía.
Calculó.
Encontró una relación.
Personas con comportamientos parecidos al nuestro hicieron determinada cosa.
Probablemente nosotros también.
A veces acierta.
A veces no.
Pero mientras seguimos interactuando dispone de más señales.
Nosotros conocemos nuestra historia desde adentro.
La red observa nuestro comportamiento desde afuera.
Son conocimientos diferentes.
Y no debemos confundirlos.
Un sistema puede predecir correctamente una conducta sin comprender quiénes somos.
Pero si esa predicción es suficientemente buena…
¿cuánto importa la diferencia para quien quiere vendernos algo?
¿O mostrarnos algo?
¿O clasificarnos?
Quizás la red no necesite comprendernos
Ésa puede ser una de las ideas más incómodas.
Durante siglos pensamos que para gobernar a seres humanos había que comprenderlos.
Conocer sus ideas.
Sus deseos.
Sus necesidades.
Sus miedos.
Pero una máquina puede encontrar correlaciones sin comprender su significado humano.
No necesita saber qué significa realmente estar enamorado para detectar patrones de comportamiento asociados.
No necesita comprender el miedo como experiencia subjetiva para detectar conductas vinculadas con él.
No necesita sentir indignación para reconocer qué contenidos generan más interacción.
Entonces la pregunta cambia.
Ya no es solamente:
¿puede la máquina comprendernos?
Quizás sea:
¿cuánto poder puede obtener sin comprendernos?
Y nosotros seguimos entregando información
Volvamos al teléfono.
Lo llevamos encima.
Todo el día.
Sabe dónde estamos si le permitimos registrar ubicación.
Conoce búsquedas.
Interacciones.
Contactos según los permisos y servicios utilizados.
Horarios.
Hábitos.
Consumos.
No necesariamente existe una persona observando cada movimiento.

Ésa sería una imagen antigua del poder.
La información se procesa automáticamente.
Y aquí Foucault vuelve a entrar en la habitación.
Pero su torre ya no está.
No hace falta.
El panóptico observaba cuerpos.
La red observa datos.
Goebbels quería conocer qué pensaba la masa.
La red puede segmentar individuos.
Han nos mostró que el exceso de información podía convertirse en poder.
Harari da un paso más.
Nos obliga a mirar la arquitectura completa de la conexión.
Platón también vuelve
Y quizá ahora podamos entender por qué nunca conseguimos abandonar la caverna.
Platón preguntaba por las sombras.
Nosotros preguntamos quién las proyectaba.
Después descubrimos que el poder podía disciplinar a quien las observaba.
Después vimos que podía construir enemigos.
Después que podía saturarnos de información.
Y finalmente llegamos aquí.
A una pared que ya no es pasiva.
Una pared que observa nuestra mirada.
Registra cuánto tiempo permanecemos frente a cada sombra.
Compara nuestro comportamiento con el de millones de personas.
Y después decide cuál podría ser la próxima sombra que nos interese.
Platón no imaginó eso.
La pared que aprende.
Pero cuidado
Llegados hasta aquí sería muy fácil caer en una nueva mitología.
La inteligencia artificial todopoderosa.
La máquina que sabe todo.
El algoritmo infalible.
Eso también sería una construcción peligrosa.
Los sistemas fallan.
Alucinan.
Reproducen sesgos.
Dependen de datos.
Dependen de objetivos definidos por personas e instituciones.
Dependen de infraestructura.
Electricidad.
Capital.
Chips.
Servidores.
Decisiones humanas.
Regulación.
No son dioses.
No debemos convertirlos en tales.
Pero tampoco necesitamos que sean perfectos para transformar una sociedad.
La máquina de vapor era imperfecta.
Transformó el mundo.
La imprenta tenía límites.
Transformó el mundo.
Internet estaba lleno de errores desde el comienzo.
Transformó el mundo.
El problema nunca fue la perfección de una tecnología.
Fue su incorporación dentro de redes humanas.
El verdadero Nexus
Entonces quizás comprendamos finalmente el título de Harari.
Nexus.
Conexión.
Nexo.
La historia humana puede pensarse como una sucesión de redes que permitieron que cantidades cada vez mayores de personas coordinaran comportamientos.
Religiones.
Imperios.
Estados.
Mercados.
Ciencia.
Burocracias.
Medios.
Internet.
Pero ahora aparece un componente nuevo.
Por primera vez construimos redes informativas en las cuales algunos nodos pueden producir contenido, clasificar información y ejecutar determinadas decisiones automáticamente.
La novedad no consiste solamente en que la máquina sea inteligente.
Consiste en que la incorporamos al tejido donde tomamos decisiones.
Ese es el punto.
La red empieza a tener una capacidad operativa que ya no depende de que un humano intervenga conscientemente en cada paso.
Y eso abre posibilidades extraordinarias.
También riesgos extraordinarios.
Una red puede curar
No quiero construir una distopía.
Porque sería demasiado sencillo.
Las mismas redes pueden detectar enfermedades.
Compartir investigaciones.
Traducir conocimientos.
Coordinar ayuda durante una catástrofe.
Optimizar recursos.
Conectar bibliotecas.
Democratizar información.
El poder ya no reside únicamente en aquello que alguien posee. Puede residir en aquello que alguien conecta
Permitir que alguien en un pequeño pueblo acceda a conocimientos que antes estaban concentrados en universidades lejanas.
Pueden ayudar a descubrir medicamentos.
Analizar cantidades de información imposibles para un individuo.
Expandir nuestras capacidades.
El problema nunca fue simplemente la red.
La pregunta siempre fue:
¿bajo qué reglas funciona?
¿Quién establece sus objetivos?
¿Quién controla su infraestructura?
¿Quién puede auditarla?
¿Quién responde cuando falla?
¿Quién puede modificarla?
¿Quién tiene acceso a los datos?
¿Quién queda excluido?
La tecnología no elimina la política.
La vuelve todavía más importante.
Porque alguien construye la red
Las redes pueden producir resultados emergentes.
Pero no aparecen de la nada.
Hay empresas.
Estados.
Ingenieros.
Inversores.
Trabajadores.
Reguladores.
Usuarios.
Decisiones.
Intereses.
No debemos caer en la comodidad intelectual de culpar al algoritmo como si fuera una fuerza natural.
Decir:
“Lo decidió el algoritmo”
puede convertirse en una forma extraordinariamente eficiente de esconder responsabilidad.
El algoritmo fue diseñado.
Entrenado.
Implementado.
Integrado.
Alguien decidió utilizarlo.
La red puede producir resultados que nadie anticipó completamente.
Pero eso no elimina la responsabilidad humana.
La vuelve más difícil de localizar.
Y justamente por eso necesitamos discutirla.
Imaginemos que una red toma miles de pequeñas decisiones todos los días.
Cada una parece razonable.
Una recomendación aquí.
Una clasificación allá.
Un precio.
Una prioridad.
Un filtro.
Una puntuación.
Ninguna parece cambiar la historia.
Pero acumuladas durante años pueden transformar comportamientos sociales.
Y quizá descubramos el resultado demasiado tarde.
Entonces aparece la verdadera caja negra.
No solamente la del algoritmo.
La caja negra social.
Sabemos qué ponemos dentro.
Datos.
Objetivos.
Incentivos.
Sabemos qué sale.
Recomendaciones.
Clasificaciones.
Decisiones.
Pero quizá no comprendemos plenamente qué sociedad emerge cuando millones de esos procesos interactúan.
Ése puede ser uno de los grandes problemas del siglo XXI.
No solamente construir inteligencia artificial.
Sino comprender qué ocurre cuando la integramos profundamente dentro de nuestras redes de poder.
Llegados hasta aquí aparece nuevamente una institución que nos acompañó durante toda esta saga.
La biblioteca.
No es casual.
Durante miles de años acumulamos conocimiento en objetos.
Tablillas.
Rollos.
Códices.
Libros.
Una biblioteca representa algo extraordinario.

Memoria fuera del cerebro.
Un ser humano muere.
Pero una idea puede permanecer.
Cada libro extiende nuestra memoria colectiva.
Por eso las bibliotecas fueron siempre mucho más que depósitos.
Son redes.
Una conversación entre personas que quizá jamás estuvieron vivas al mismo tiempo.
Un autor muerto hace tres siglos puede modificar hoy el pensamiento de un adolescente.
Eso es una red informativa.
Una de las más hermosas que construimos.
Pero ahora ocurre algo nuevo.
Estamos enseñando a las máquinas utilizando esa memoria.
Millones de textos.
Libros.
Artículos.
Documentos.
Código.
Imágenes.
Una parte enorme de la producción cultural humana convertida en datos.
Y aquí nuestra historia comienza a cerrarse.
O eso parece.
Todas las voces dentro de una máquina
Imaginemos por un instante una biblioteca gigantesca.
No una biblioteca pública.
Una biblioteca cerrada.
Millones de libros.
Filosofía.
Historia.
Novelas.
Ciencia.
Poesía.
Manuales.
Biografías.
Todo.
Ahora imaginemos que esos libros dejan de ser consultados uno por uno.
Sus palabras son procesadas.
Fragmentadas.
Convertidas en unidades computables.
Utilizadas para entrenar sistemas capaces de encontrar regularidades dentro de cantidades inmensas de lenguaje.
La biblioteca deja de funcionar solamente como memoria.
Empieza a convertirse en materia de entrenamiento.
De allí puede emerger una máquina capaz de escribir.
Responder.
Resumir.
Traducir.
Programar.
Relacionar conceptos.
No guarda necesariamente los libros como los guarda una biblioteca tradicional.
Aprende patrones a partir de ellos.
Entonces aparece una imagen fascinante.
Y perturbadora.
La cultura humana enseñándole a hablar a una máquina.
¿De quién es la memoria?
La pregunta parece jurídica.
Derechos de autor.
Licencias.
Propiedad.
Y efectivamente lo es.
Pero también es filosófica.
¿Quién controla la memoria colectiva?
¿Quién puede convertirla en datos?
¿Quién decide qué textos ingresan?
¿Qué idiomas?
¿Qué culturas?
¿Qué perspectivas?
¿Qué voces quedan afuera?
Porque ninguna inteligencia aprende de “la humanidad”.
Aprende de conjuntos concretos de información.
Seleccionados.
Recopilados.
Procesados.
Y entonces vuelve nuestra primera fórmula.
La información no sirve solamente para describir la realidad. También sirve para conectar. Para construir redes
Información + Subjetividad + Entorno = Percepción.
Pero ahora la pregunta se desplaza.
¿Existe algo parecido para una máquina?
No subjetividad humana.
Pero sí datos.
Arquitectura.
Objetivos.
Entrenamiento.
Contexto.
¿Qué clase de representación del mundo emerge de aquello con lo que decidimos entrenarla?
Todavía no tenemos una respuesta simple.
Quizás nunca la tengamos.
Y aquí debería terminar nuestra saga
Platón.
Foucault.
Goebbels.
Han.
Harari.
Cinco estaciones.
Cinco maneras de entrar al mismo problema.
Comenzamos preguntándonos cómo conocemos la realidad.
Descubrimos que recibimos fragmentos.
Descubrimos que esos fragmentos atraviesan nuestra subjetividad y nuestro entorno.
Después vimos que el poder podía intervenir sobre ese entorno.
Que podía disciplinar.
Construir enemigos.
Saturar nuestra atención.
Organizar redes.
Y finalmente descubrimos que las redes mismas pueden incorporar sistemas capaces de procesar información y participar en decisiones.
Quizás podríamos cerrar aquí.
Decir que entendimos.
Escribir una conclusión.
Poner un punto final.
Pero hay algo que no me deja hacerlo.
Una imagen.
Un depósito
No estamos en una biblioteca.
Al menos no parece una.
Hay cajas.
Pallets.
Montañas de libros.
Miles.
Quizás millones.
Novelas.
Ensayos.
Manualitos olvidados.
Ediciones viejas.
Libros usados.
Algunos seguramente llevaron años en una mesa de luz.
Otros estuvieron en bibliotecas.
Otros quizá fueron regalos.
Alguien los subrayó.
Alguien escribió un nombre en la primera página.
Un cumpleaños.
Una fecha.
Una dedicatoria.
Cada uno fue alguna vez un objeto.
Tuvo peso.
Olor.
Papel.
Pasó de una mano a otra.
Ahora están allí.
Esperando.
No sabemos todavía exactamente para qué.
Una máquina comienza a trabajar.

Primero hay que retirar la encuadernación.
Después cortar.
Separar.
Escanear.
Página tras página.
Las palabras ingresan.
El papel sale.
En 2025 una orden de un tribunal federal estadounidense describió precisamente un proceso utilizado por Anthropic: la empresa había gastado millones de dólares comprando millones de libros impresos; proveedores retiraron las encuadernaciones, cortaron las páginas, las digitalizaron y descartaron los ejemplares físicos, mientras las copias digitales ingresaban en una biblioteca interna utilizada, entre otros fines, en el desarrollo de modelos de lenguaje.
Detengamos la escena.
No quiero analizarla todavía.
No quiero decir si aquello fue correcto.
Incorrecto.
Legal.
Ilegal.
Justificable.
Injustificable.
Eso vendrá después.
Por ahora quiero mirar solamente el objeto.
Un libro.
Entra.
Una cuchilla.
El lomo desaparece.
Las páginas se separan.
Una luz recorre cada una.
La información queda.
El libro no.
Y entonces aparece una pregunta que no estaba cuando comenzamos esta saga.
Quizás sea la más extraña de todas.
¿Qué sucede cuando para construir la memoria de una máquina comenzamos a desarmar físicamente una parte de nuestra propia memoria?
La máquina sigue trabajando.
Página.
Página.
Página.
En algún servidor, las palabras comienzan otra vida.
En el depósito queda papel.
Pienso entonces en Platón.
En aquella pared.
En las sombras.
Pienso en Foucault y su torre.
En Goebbels junto a la radio.
En Han mirando el flujo infinito de información.
En Harari observando las redes.
Todos parecían conducir hasta aquí.
Hasta esta escena absurda.
Un libro siendo abierto por una máquina que nunca lo leerá como nosotros.
No sentirá la textura.
No recordará quién se lo regaló.
No encontrará una flor seca entre sus páginas.
No descubrirá una anotación escrita por alguien muerto hace treinta años.
Para el sistema aquello es otra cosa.
Información.
Datos.
Patrones.
Materia prima.
Nexus.
La conexión.
Y quizá entonces comprendemos que nuestra batalla nunca fue solamente por la mente.
Fue por algo todavía más profundo.
Por quién conserva la memoria.
Por quién la organiza.
Por quién decide qué entra en la red.
Y por aquello que estamos dispuestos a destruir para alimentarla.
La cuchilla vuelve a bajar.
Otro lomo se separa.
Después otro.
La pantalla del escáner se ilumina.
Por un instante alcanza a verse una página.
No llegamos a leerla.
La máquina sí.
O algo parecido.
Después desaparece.
Negro.
Podríamos poner aquí:
FIN.
Pero sería mentira.
Porque nuestra historia no terminó.
Acabamos de encontrar otra puerta.
Y detrás de ella hay millones de libros.
La batalla por la mente continuará.
PRÓXIMA INVESTIGACIÓN
EXCLUSIVA DE MIRADA GREMIAL
LA BIBLIOTECA QUE DESAPARECIÓ
Cuando los libros dejaron de ser solamente memoria humana y comenzaron a convertirse en alimento para las máquinas.
Anthropic, millones de libros, escáneres destructivos y una pregunta que esta saga ya no puede evitar: qué estamos construyendo cuando transformamos la cultura humana en datos para entrenar inteligencias artificiales.