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La Revolución Cubana bajo asedio. Por Andrés Ruggeri

Cuba enfrenta su injusta soledad con la solidaridad de los pueblos

La Revolución Cubana bajo asedio

Cuba atraviesa casi en soledad la enorme presión del recrudecimiento del bloqueo ordenado por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que llevó a la isla a la mayor crisis en las más de seis décadas desde el triunfo de la Revolución en 1959. Esa soledad geopolítica contrasta con la enorme historia de internacionalismo del gobierno revolucionario cubano, y cuya memoria es uno de los recursos que motiva la aparición de un movimiento mundial de solidaridad. África Austral es, posiblemente, la zona del planeta en que ese reconocimiento se activa en conexión con el resurgimiento del panafricanismo.

Un artículo del analista cubano Josué Veloz Serrano, publicado el 17 de marzo en la revista La Tizza, destaca amargamente la gravedad de la situación y la soledad de la Revolución Cubana frente a un recrudecimiento del bloqueo económico decretado por los Estados Unidos en los primeros años 60, endurecido en los 90 con la ley Helms-Burton y otras herramientas de coerción económica y jurídica. El “embargo”, como le llaman los norteamericanos, ya se ha convertido en lo que propiamente podemos llamar un asedio, que busca el colapso social y humanitario como forma de acabar con el proceso revolucionario triunfante desde 1959.

El bloqueo energético y comercial total intenta conducir a la sociedad cubana al límite físico de la resistencia, para poder llevar adelante la deseada recolonización de Cuba. El presidente Miguel Díaz-Canel admitió el 13 de marzo que desde finales de 2025 no había entrado a la isla ni una gota de petróleo, lo que llevó a la caída en forma reiterada del ya obsoleto sistema eléctrico cubano, con los consiguientes apagones —que recuerdan a la población el sufrimiento del “período especial” que siguió a la caída de la Unión Soviética en los años 90— y problemas de todo tipo que afectan no solo al transporte y la iluminación, sino a la capacidad productiva, a la conservación de alimentos, la provisión de agua potable, al sistema de salud, a la educación y a complicar innumerables situaciones de la vida cotidiana.

El sufrimiento que se prodiga a la población civil es propio de tiempos de guerra, en su faceta más cruel, buscando provocar la insurrección por hambre y hartazgo que haga caer al “régimen” o justifique una intervención. Este levantamiento, que entra en los cálculos de los estrategas de los Estados Unidos y el poderoso lobby cubanoamericano, seguramente alentado por las protestas que esporádicamente aparecen, no ha sucedido y no tiene visos de que se vaya a producir. Al contrario, la percepción del peligro en que está la misma existencia de Cuba como nación soberana ha galvanizado la voluntad de resistencia.

La amenaza no es solo económica, sino militar, como se encarga de insinuar Donald Trump cada vez que tiene la ocasión, con la poca sutileza de que es capaz. El presidente estadounidense, que se jactaba de terminar con las guerras en lugar de provocarlas, está recurriendo con cada vez mayor frecuencia al empleo de la fuerza, decidido a aprovechar la enorme superioridad militar que los Estados Unidos detentan sobre cualquier otro país del globo. No se trata de retórica, como es notorio en varias zonas del planeta. La agresión inaudita contra Venezuela y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores no solo mostró esa fuerza, sino también que las amenazas de Trump deben tomarse en serio. Cuba lo sufrió en carne propia, al morir en defensa de Maduro gran parte de su custodia personal cubana, 32 militares de alta preparación bélica y convicción ideológica. Estas muertes causaron gran impacto en la sociedad cubana, pero el resultado fue galvanizar la voluntad de defensa, como mostró el músico Silvio Rodríguez pidiendo su fusil AKM, el arma básica del ejército cubano (citando el mencionado artículo de Josué Veloz Serrano).

La posibilidad de la agresión militar está latente, aunque parece ser un recurso de última instancia. Sin embargo, el ataque a Venezuela y la guerra contra Irán lo pone en el campo de lo posible como nunca desde hace décadas, quizá desde la crisis de los misiles de 1962, aunque en un contexto muy diferente, especialmente en el campo de las alianzas. El incidente con una lancha que fue capturada por la guardia costera cubana, el 25 de febrero, con el saldo de varios muertos entre el grupo que había partido de la Florida, pareció indicar una escalada que, posteriormente y hasta el momento, no continuó. En este plano, aunque las capacidades militares de Cuba no pueden compararse con la abrumadora fuerza del imperio vecino, es posible que la evaluación del Pentágono sea que se trata de una operación mucho más riesgosa que la sorprendentemente fácil acción sobre Venezuela, en la que la defensa cubana, a pesar de su masacre, demostró estar a la altura de sus antecedentes históricos. Optar por un ataque sin la implicancia de fuerzas en el terreno, como en Irán, sería lo más factible, aunque con la dificultad extra de que, casi con certeza, podría tener el rechazo de gran parte de la amplia colectividad cubana en los Estados Unidos, que conserva lazos familiares fuertes con la población de la isla.

Por estas cuestiones, a pesar de las bravuconadas permanentes de Donald Trump, es el ahogo energético y económico extremo la estrategia definida por Estados Unidos, en una suerte de asedio por hambre que recuerda más al sitio de Leningrado que a Playa Girón.

La soledad geopolítica y la solidaridad internacional

Ante este dramático panorama, Veloz Serrano argumenta que la situación límite de la isla caribeña “es la convergencia letal de la guerra económica tradicional —el bloqueo— y un nuevo contexto internacional donde los actores que deberían equilibrar la balanza han optado por lo que podríamos denominar una geopolítica de mínimos”. Lo que el articulista expresa es la pregunta y la desazón de muchos ante la inacción —real o no— del resto del mundo, especialmente de los aliados geopolíticos, pero también de los históricos receptores de la solidaridad internacionalista cubana, en algunos casos objetivamente impedidos o demasiado débiles para hacer algo efectivo, pero en otros afirmados en un silencio ofensivo.

Las razones del aislamiento son bastante claras: la brutalidad de la política exterior desplegada por el gobierno de Trump, que proclama abiertamente la actualidad de la doctrina Monroe y señala el continente americano como zona de influencia exclusiva, deja poco margen para la ayuda efectiva de otros Estados sin exponerse a costosas y potencialmente violentas represalias. Incluso, en los últimos días de marzo, el Pentágono ha declarado como “perímetro de seguridad nacional” un amplio territorio que abarca desde Groenlandia al norte de Sudamérica. La agresión inaudita a Venezuela, con el secuestro de Maduro y un desembozado tutelaje sobre ese país, es una muestra clara del peligro.

Para potencias como China y Rusia, el Caribe está a gran distancia de sus intereses geopolíticos inmediatos, aunque tengan, especialmente Moscú, fuertes lazos con Cuba. A pesar de eso, algo de esa sensación de abandono se empezó a romper el 31 de marzo con la llegada de un petrolero ruso, que se sumó a algunos barcos mexicanos con ayuda humanitaria, y las más bien simbólicas pero alentadoras cargas transportadas por pequeños barcos solidarios. Sea que la ruptura del bloqueo por el barco Anatoli Kolodkin haya sido acordado a altos niveles de la ambigua relación entre Trump y Putin o, sencillamente, que los norteamericanos hayan preferido no provocar una crisis con los rusos, el petrolero llegó, aunque es evidente que es insuficiente si no se logra establecer un flujo constante. Otro tanto pasa con los envíos de ayuda provenientes de México, aunque el gobierno de Claudia Sheinbaum, por las presiones de Trump, con una economía altamente imbricada con la de los Estados Unidos y sin el peso militar de Rusia, cedió a la exigencia de suspender los envíos de petróleo, al igual que Venezuela después del ataque del 3 de enero. Es posible que, en próximos días, México logre una suerte de permiso de Trump para enviar una ayuda más consistente. Hay algunas otras señales de que otros países se van animando o mantienen cierto flujo comercial de bajo perfil, como Vietnam y Brasil. De todos modos, está claro que incluso si aparecen mayores intercambios, van a estar lejos de los que podría hacer Cuba si no estuviera sometida a un bloqueo bestial y con complejas aristas económicas, jurídicas y, por supuesto, políticas.

A pesar de los esporádicos anuncios de ayuda y de la intensa búsqueda diplomática de alianzas de Cuba, a la ausencia, impotencia o tibieza de los gobiernos solo parece oponerse la ayuda de los pueblos. Aunque es evidente que la capacidad de la solidaridad internacional al margen de los Estados —o contra ellos— es irrisoria frente a las necesidades de todo un país en situación de asedio, hay una respuesta que está empezando a crecer a partir de miles de iniciativas individuales o colectivas en muchos países. Se trata principalmente de redes para la recolección de fondos y compra y envío de paneles solares, medicinas, insumos, alimentos, junto con actos políticos, manifestaciones, visitas de dirigentes y activistas a la isla —como el Convoy Nuestra América que arribó a La Habana el 21 de marzo, en su mayor parte de Europa y América Latina— y otras iniciativas similares motorizadas por militantes u organizaciones sociales de todo tipo.

Como en los años 90, en el “período especial” que siguió a la caída de la URSS y el bloque socialista que representaba el grueso del comercio exterior y apoyo económico y político a Cuba, la supervivencia de la Revolución Cubana es vista como una batalla por la persistencia de los valores y aspiraciones de gran parte de la izquierda y los movimientos populares de muchos países, en especial latinoamericanos y africanos.

Sin embargo, las condiciones son aún más duras que en aquellos años, y las redes de todos los países deben enfrentarse al problema de cómo hacer llegar la ayuda a un país insular y cuyas vías logísticas son activamente obstruidas por los Estados Unidos, tanto en forma física, impidiendo la llegada de barcos —de ahí la incertidumbre generada por la llegada del petrolero ruso—, como mediante sanciones y castigos económicos a empresas y personas que comercien o envíen bienes a Cuba. Los circuitos financieros convencionales están totalmente obstaculizados, incluidas las billeteras virtuales y otras herramientas digitales, en general manejadas por las grandes corporaciones tecnológicas que son parte del entramado de poder que sostiene el proyecto de Trump (por ejemplo, las cuentas para donaciones que mencionan su propósito o son rastreadas como destinadas a Cuba en PayPal y otras billeteras digitales son inmediatamente bloqueadas). Y mucho peor es con el traslado físico de ayuda solidaria a la isla, no solo con empresas navieras o petroleros, sino que hasta los pocos vuelos que aún van hacia Cuba controlan el equipaje adicional de los pasajeros o directamente impiden agregarlo. Es decir, no se trata solo de recolectar fondos o insumos, como en otras épocas, sino además de que logren llegar. La odisea de los dos pequeños veleros con ayuda humanitaria que tardaron más de una semana para recorrer un trayecto relativamente corto desde costas mexicanas es solo una muestra de estos obstáculos.

Todos estos ejemplos, desde el bloqueo económico hasta las desventuras de viajeros y donantes para hacer llegar sumas de dinero o insumos médicos indispensables muestran la radicalidad de la ofensiva impuesta por Donald Trump y su equipo de relaciones exteriores con enorme influencia del anticastrismo cubanoamericano, empezando por el secretario de Estado, Marco Rubio. La situación humanitaria es tan peligrosa que los discursos críticos de gran parte del progresismo, que tienden a minimizar el bloqueo responsabilizando de la crisis al “régimen” o al socialismo, quedan superados por la realidad descarnada que vive Cuba y que no responde a las falencias, reales o no, del gobierno revolucionario. No hay “modelo” que aguante semejante presión de la superpotencia hegemónica —y en semejante asimetría, visible a simple vista observando un mapa— sin caer rápidamente en una crisis terminal. Se trata de un momento de supervivencia, en que no caben medias tintas, a pesar de lo cual la movilización internacional en contra del asedio a Cuba es mucho menor de lo esperable, aunque va creciendo lentamente. La clave de esta visión sesgada y que justifica la falta de compromiso no está tanto en el socialismo cubano y sus problemas (que son una discusión abierta en la isla, reconocida por la propia dirigencia revolucionaria) sino en las renuncias ideológico-políticas de amplias porciones de la izquierda y los movimientos progresistas, en lo político e intelectual, y que la propia resistencia de Cuba deja expuestas.

La huella del internacionalismo cubano en África

Toda esta situación pone en discusión no solo la geopolítica y las relaciones internacionales convencionales sino el papel histórico y actual del internacionalismo entre los pueblos, que no es una cuestión teórica sino concreta. Se habla constantemente de la historia de la Revolución Cubana con la solidaridad internacional, especialmente las brigadas médicas, pero esa historia es mucho más amplia y, hasta los 80, se expresó en ayuda civil y militar a los movimientos revolucionarios y de liberación nacional de América Latina, Asia y África. Los ecos de esa política, de unas dimensiones difíciles de imaginar hoy en día, desproporcionadas incluso para el tamaño y el poderío de una isla de poca extensión y población como Cuba, llegan hasta la actualidad.

Especialmente relevante fue esa participación cubana en las luchas de liberación africanas, especialmente en el sur del continente, siendo fundamental el aporte cubano para rechazar la invasión de las tropas del apartheid sudafricano a Angola en dos oportunidades, en 1975 (el año de su independencia) y a fines de los 80, provocando la retirada del régimen racista e indirectamente, su posterior caída, asegurando también la independencia de Namibia. Es por eso que en la formación de los distintos núcleos de solidaridad con Cuba se destaca lo que sucede en África.

En recuerdo de esa participación fundamental cobra fuerza una red de solidaridad centrada en Sudáfrica y Namibia, pero que se extiende a numerosos países, bajo el nombre de CSN (Cuba Solidarity Now, Solidaridad con Cuba Ahora). Formada por cientos de militantes y dirigentes políticos y sindicales de Sudáfrica y Namibia (y de algunos otros países de varios continentes), entre los cuales se encuentran académicos, sindicalistas, dirigentes políticos, muchos de ellos veteranos de la lucha contra el régimen del apartheid, el grupo se plantea la obligación de devolver a Cuba una pequeña parte de la enorme contribución de la revolución cubana a la caída del régimen racista y la independencia de Namibia y Angola.

Los organizadores del grupo sudafricano de apoyo a Cuba señalan, entre otras cosas, que la solidaridad urgente es “lo menos que podemos hacer por nuestros hermanos cubanos, que desde Cuito Cuanavale a los médicos en nuestros hospitales públicos nos apoyaron incondicionalmente mientras Occidente nos llamaba terroristas. Tenemos con Cuba una enorme deuda de gratitud que no seremos nunca capaces de pagar. Arriesgaron sus vidas y su Estado por nuestra libertad”.

Las razones de ese sentimiento por gran parte del pueblo sudafricano y, en especial, de aquellos que debieron luchar para acabar con el oprobioso régimen racista continúan siendo desconocidos para el gran público fuera del África Austral. La referencia a Cuito Cuanavale no es caprichosa. En ese pequeño y remoto poblado del sudeste de Angola se dio en 1988 la batalla decisiva que selló la derrota militar de las fuerzas del apartheid y abrió camino a las negociaciones entre Angola, Sudáfrica, Estados Unidos y Cuba que culminaron, el 22 de diciembre del mismo año, en los acuerdos de paz que llevaron a la independencia de Namibia y, a la postre, a la liberación de Nelson Mandela y el fin del apartheid.

El valor de esa acción protagonizada por Cuba es difícil de apreciar desde la distancia tanto geográfica como temporal. Los acontecimientos de África, por lo general, son ampliamente desconocidos en la agenda mediática mundial, y más aún en países como la Argentina. Se suele interpretar la guerra de Angola como un acontecimiento menor de la Guerra Fría, en la que se enfrentaron los bloques en pugna, siendo representados el bando soviético por los cubanos y el occidental por los sudafricanos blancos. Además de que ninguno de los dos fue un peón obediente en la confrontación global, sino que tuvieron una enorme autonomía y objetivos y motivos propios, se subestima la legitimidad de la lucha de los pueblos africanos por su independencia, se ignora sus víctimas (mayoritarias, por cierto) y se desprecia la importancia de la caída de los regímenes coloniales europeos o de ese origen en el continente africano, subsumiendo el proceso sin más en el conflicto Este-Oeste. Cuba, una isla del Caribe que vivió su revolución socialista poco tiempo antes, enfrentando (como aún hoy) la hostilidad de los Estados Unidos, expresada en el tenaz bloqueo y las aún frescas acciones violentas orquestadas por la CIA que intentaban dar por tierra con el gobierno revolucionario de Fidel Castro, se comprometió abiertamente en la causa de los movimientos de liberación africanos desde los tempranos años 60. Para dimensionar el hecho: en la Operación Carlota (la misión internacionalista cubana en Angola, nombrada así en honor a una esclava sublevada en la Cuba colonial), Cuba sostuvo un contingente militar permanente desde fines de 1975 (el momento de la independencia de Angola de la metrópoli portuguesa) hasta mediados de 1991, llegando a tener 50000 soldados en suelo angolano. Se calcula que en total unos 350000 cubanos participaron a lo largo de los años de ese despliegue. A eso hay que sumarle miles de especialistas y asesores civiles que ayudaron a Angola a edificar su Estado independiente en el ámbito educativo, científico, industrial, de salud, cultural, etc. Según cifras oficiales, 2077 cubanos murieron en Angola en ese tiempo, más una cifra mayor de heridos y afectados de distintas maneras por la guerra. Sus restos fueron lo único que se llevó Cuba de tierras africanas, y no se trata de una frase hecha, sino de un hecho estrictamente apegado a la verdad.

No es (sólo) geopolítica

Esta historia está muy presente en aquellos países africanos en donde Cuba luchó, pero también en el resto del continente. En la solidaridad africana (como la organizada en el grupo CSN), aunque abocada estrictamente a la solidaridad práctica, aparecen también los componentes ideológicos de la vieja corriente panafricanista. En momentos en que se empieza a ver, a partir de la aparición de la Alianza de Estados del Sahel, un resurgimiento del panafricanismo como lucha de unidad africana anticolonial y antiimperialista, el lazo con el internacionalismo cubano, que se imbricó con esa corriente, resurge. Aunque no alcanza, ni mucho menos, a responder a la demanda de respaldo que plantea Josué Veloz Serrano, y difícilmente pudiera hacerlo, el retorno de la vieja e indispensable solidaridad entre los pueblos debe ser considerado y bienvenido.

El internacionalismo militante, escaso como es en estos tiempos, no alcanza a compensar la debilidad de las alianzas comerciales, políticas y militares que podrían hacer retroceder o provocar una actitud más prudente por parte de los Estados Unidos. Sin embargo, no está tan lejos del nudo del problema. Quienes esperan —dentro y fuera de Cuba— una actitud más decidida de los aliados, como pasó con la URSS durante la Guerra Fría, quizá estén esperando algo que no va a suceder. En ocasiones, se comete el error de pensar a los BRICS+ como si fueran un nuevo Pacto de Varsovia —que era efectivamente una alianza militar— cuando es un muy importante acuerdo económico que, en ocasiones, reúne a países heterogéneos y con sistemas políticos poco afines entre sí, y hasta intereses geopolíticos regionales enfrentados, como China y la India. Asombrarse de que no intervenga ni se plante frente a los abusos del imperio estadounidense es no entender la naturaleza de esa alianza.

Pero la solidaridad internacional sí se conecta, desde su opuesto, con la visión de Trump y Rubio. Si buscamos los motivos de la agresión, no son los intereses económicos estratégicos, como puede ser en Medio Oriente, lo que vuelve a Cuba tan importante como para intentar hacer caer su gobierno por la fuerza. Desde un punto de vista geopolítico, tampoco hay una disputa abierta que provoque un cambio en la correlación de fuerzas a partir de intervenciones cubanas (como pudo haber sido en el momento más álgido de la guerra de Angola), ni se trata de uno de los puntos de fricción entre bloques que justifique una política agresiva o un conflicto caliente. Solo la pretensión de Trump de hegemonizar totalmente la amplia zona hemisférica que transcurre entre el Ártico y la línea del Ecuador podría incluir a Cuba, como un país adversario en su “zona de influencia”. Tampoco es Cuba una economía relevante ni abundante en recursos energéticos o minerales estratégicos, como lo prueba la extrema vulnerabilidad frente al bloqueo en su fase actual, que intenta aprovechar ese hecho para llevar a la isla al colapso. En cambio, el gobierno de Estados Unidos busca sofocar a la única revolución socialista triunfante en el hemisferio, una espina clavada desde el 1 de enero de 1959. Su agenda es política, es el sometimiento de uno de los símbolos más potentes de la lucha antiimperialista.

La Revolución Cubana, que se animó a proclamar el socialismo en las mismas puertas de los Estados Unidos, es un objetivo permanente que atraviesa todos los gobiernos norteamericanos desde ese entonces, con mayor o menor nivel de intensidad. Con posterioridad a la caída de la URSS, la obsesión se volvió mayor, pero Cuba no cayó como se pronosticaba con liviandad en los primeros 90. Que el segundo gobierno de Trump iba a intensificar enormemente la presión era absolutamente previsible, con solo observar lo que había hecho en el primer gobierno, en que desarticuló todos los avances hechos durante la administración Obama para normalizar las relaciones y cerró la embajada en La Habana con el inverosímil pretexto de un “ataque sónico” sobre su personal.

La lectura puramente geopolítica de los conflictos y zonas objetivo de la agresividad del imperio tiende a subestimar un componente más profundo que la disputa económica con los BRICS e incluso con China, y es el intento evidente de destruir todo proyecto alternativo al neoliberalismo global, y con más saña aún a quienes cuestionan al capitalismo. Cuba y Venezuela, en América Latina, Irán y sus aliados del “eje de la resistencia”, no son solo parte de las líneas de fractura globales en la confrontación de los bloques político-económicos, también son ejemplos de rebeldía a destruir. El ascenso del proyecto del capital corporativo, políticamente expresado por los gobiernos ultraderechistas como el de Donald Trump y satélites como Javier Milei, se ensaña con los proyectos alternativos, provengan de revoluciones o procesos que se manifiestan socialistas, o con aquellos que no se subordinan a los dictados de Occidente.

Marco Rubio sostuvo, en un encendido discurso ante los líderes europeos, que Occidente debía revertir las conquistas de los pueblos en el proceso de descolonización. Es mucho más que una disputa por la hegemonía: es un intento de retrotraer la historia. El cerco contra Cuba se inscribe dentro de esa visión. Por eso no son suficientes las escasas alianzas interestatales, hace falta la solidaridad activa de los pueblos, incluso el de los propios Estados Unidos. Es ahí que cobra sentido la solidaridad desde abajo, como está sucediendo en África y en numerosos países del mundo.

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