Pulpería Adela: un Zorzal en la arboleda, en el mostrador y en el alma. Por Hugo Gulman
Este texto forma parte del programa Cofradía Buenos Aires, los sábados de 13 a 15 por la 2×4 – FM 92.7, con Mariana Fossati, Jorge Sábato y Hugo Gulman
Pulpería Adela: un Zorzal en la arboleda, en el mostrador y en el alma.
Por Hugo Gulman
La Pulpería Adela (Km 134, Ruta 2) es un portal al pasado. Aunque la daban por perdida después de años de abandono, su reapertura en 2024 la devolvió a la vida.
Abierta en 1870, es una construcción típica de pulpería. Fue un almacén de ramos generales, despacho de bebidas y punto de encuentro para gauchos, reseros y descanso viajeros en el camino.
La pulpería nació antes que la ruta 2, ligada a la Estación Adela del FFCC. Los ingleses que trabajaban en el tren vivían en una casona trasera que aún se conserva. El pueblo Adela incluye unas pocas casas, la vieja estación de tren y una laguna.
La pulpería le debe su nombre a Adela Dodds, la mujer del entonces propietario de la estancia, Para que el FFCC pasara por sus tierras, puso como condición a los ingleses que la estación se llamara como ella. Ahí nacieron la estación y esa pulpería que huele a criollismo y donde te abriga la tranquilidad del paraje rural. Adela Dodds era descendiente de británicos, pero, como se dice en el campo, más criolla que el rastro del sulky, lo que explica esa mezcla de arquitectura ferroviaria inglesa con alma de pulpería federal.
El lugar te invita a viajar al pasado porque conserva su esencia histórica. Fachada y paredes interiores de ladrillo, de afuera pintadas de rosa, con mínimas modificaciones estructurales. Pisos de ladrillo antiguo, techos de pinotea y ventanas con barrotes al estilo rural. Tiene un salón con mesas de madera rústica y afuera, mucho espacio bajo enormes árboles para días cálidos y noches tranquilas.
Apenas entrás ya se respira historia. La conexión más fuerte con el tango es por Gardel, que en la década de 1920 viajaba en tren y se bajaba en la estación Adela para visitar a su amigo Santiago Rocca, el compositor que vivía en la zona cercana a la pulpería.
Cuando llegaba, el pulpero cerraba la puerta para que nadie lo molestara. Se sentaba cerca de una de las ventanas, desde donde le gustaba ver pasar el tren. Quería ser un paisano más tomando un «clavo», la mezcla de ginebra con algo dulce. Según relatos transmitidos de generación en generación por los vecinos, siempre terminaba tocando la guitarra y cantando para los presentes.
El boliche es como un pequeño museo criollo y gardeliano. Las paredes están cubiertas de fotografías, vinilos, manuscritos, placas conmemorativas, libros y documentos históricos que homenajean a Gardel: hasta una copia del testamento del Zorzal. Hay retratos que no son los clásicos de estudio con el peinado a la gomina, sino en situaciones relajadas durante sus visitas a la estación Adela, el campo de los Losa y sus encuentros con Santiago Rocca.
El piano antiguo permanece y lo usan tanto los músicos como algún comensal que se anima a un tango. Se mencionan a Yupanqui, Mercedes Sosa y otros artistas que han hecho una pausa, camino a la costa.

Luis Landriscina contaba que lugares como Adela son escuelas del silencio y que allí aprendió que el paisano primero observa, mide a la visita y, si el recién legado respeta el código del lugar, ahí se abre a la charla. Era un enamorado de la Pulpería. Fue como cliente y su aporte no fue solo presencial, sino material, al donar objetos y haber participado en los boletines tradicionales del lugar.
No está mal sentarse a comer un choripán en el mismo boliche al que iba Rivero, que tenía una obsesión con las pulperías. Cuando abrió El Viejo Almacén buscó inspiración en los boliches de campo y pasó unas cuantas veces por Adela: medía la altura del mostrador, el grosor de las rejas que separan al pulpero de la clientela, la distancia entre las mesas. Quería replicar el misterio de las pulperías. Para él, Adela era un templo acústico por sus techos altos, donde su voz de bajo sonaba como un trueno.
Ignacio Corsini era ídolo en la zona. Con su estampa de caballero, su presencia generaba contraste con los gauchos. Cuando él y Gardel se encontraron un par de veces al visitar a sus amigos, evitaban competir. Cuando uno cantaba, el otro se sentaba en un rincón a escuchar con absoluto respeto, rompiendo la rivalidad que algunos diarios querían inventar. Corsini amaba el lugar y decía que el aire de Adela le limpiaba la garganta mejor que cualquier medicina.
En Adela, a Landriscina, Corsini y Rivero los unía el clavo o la ginebra con ruda. En ese mostrador pedían lo mismo las figuras internacionales y el peón de campo que acababa de apearse del caballo. Tampoco era raro encontrar a Gabino Ezeiza en sus recorridas y a otros payadores que hacían posta antes de seguir.
Actualmente, el lugar mantiene una publicación tradicional llamada «El Chasque», una especie de boletín informativo sobre cultura criolla, carruajes y pelajes de caballos, manteniendo viva la veta intelectual y artística que siempre tuvo el paraje.
La cocina está a cargo de Nicolás Bunge de Pa’l Que Guste, un restaurante criollo de Bs. As. Hoy es un restaurante de campo con folklore en vivo y espectáculos.
Con la nueva gestión, Adela se convirtió en un imán para el mundo tradicionalista: Bunge, además de gestionar el lugar, organiza muestras de fajas tradicionales y ponchos del siglo XIX. Además, grupos y solistas de Chascomús suelen presentarse los fines de semana, con conciertos de folklore y tango.
La propuesta gastronómica actual honra ese pasado con platos que parecen salidos de una olla de 1870: locro, guiso de lentejas y tamales, pastel de papa, empanadas y parrilla. La Laguna le suma a ese entorno verde en el que organizan días de campo y catas de vinos. Y para el día de la tradición y otras festividades arman celebraciones especiales.
Detrás del mostrador de madera, el original donde se apoyaron Corsini y Rivero, hay una colección de botellas que son verdaderas piezas de arqueología: botellas antiguas de ginebra en envases de cerámica, elixires añejos y bitters que ya no se fabrican son botellas que no se tocan. Están ahí para demostrar que el tiempo pasó, pero las pulperías resisten.
Música recomendada
Abranse las pulperías – ÁNGEL D’AGOSTINO – TINO GARCIA